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Seúl, moderna y detallista

[publicado para Visiones]

Seúl desprende modernidad en cada una de sus esquinas, restaurantes y avenidas, como si las pocas horas de avión te hubieran trasladado no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Cuando paseas entre sus rascacielos, te metes en sus centros comerciales o te acercas a un ordenador, uno tiene la impresión de que esto todavía no ha llegado a muchos países, pero que llegará tarde o temprano.

Por encima de esta apariencia exterior, de esas luces de neón que toman las calles por la noche, la modernidad surcoreana se siente como algo interno, algo que emana del comportamiento y la personalidad de sus ciudadanos. En el metro, cada uno de los pasajeros ve los culebrones coreanos en la pantalla de su teléfono móvil. Algunos llevan gafas de pasta sólo por el gusto estético, sin dioptrías de por medio. En las oficinas de información turística, los mapas y folletos han sido sustituidos por lápices de memoria (USB) que los viajeros descargan en su ordenador o teléfono móvil. La surcoreana es una sociedad cableada, moderna, donde las tecnologías han dejado de ser un canal para convertirse en parte importante de la vida. Y esta sensación te produce tantos escalofríos como el de un hombre de la Edad Media que hubiera saltado hasta el siglo XX.

En Seúl, la modernidad ha sido hasta hace bien poco sinónimo de capitalismo (no en vano, el país lleva más de cincuenta años en guerra contra el vecino comunista del Norte). Y la ciudad muchas veces parece sólo existir como una empresa: se encarga de facilitar el transporte, la comida y las horas de trabajo, mientras por la noche las calles se llenan de clientes con ganas de gastarse todo el dinero que han ganado durante el día. Seúl tiene el centro comercial subterráneo más grande del mundo, el Coexmall, un laberinto bajo tierra de tiendas, cafeterías, librerías, salas de máquinas, cine y hasta un aquarium. Y en muchos sentidos, paseando por unas calles llenas de tentaciones a pocos euros, uno siente que en realidad no está en una ciudad, sino en un inmenso centro comercial. Seúl pasa por ser un supermercado gigante.

Como todo lugar lleno de contradicciones, a Corea del Sur se le podría intercambiar la etiqueta de “moderna” por “tradicional”. No habría ningún problema en ello y todo el mundo lo entendería como algo natural. Porque Seúl es dinámica y estática, innovadora y conservadora. Aunque uno se puede pegar un baño en un spa, hacerse las uñas y cantar en un karaoke (todo ello al mismo tiempo), a nadie se le ocurriría romper con la armonía de sus parques. Los surcoreanos construyeron sus templos y palacios atendiendo más a la naturaleza que al hombre, y en el Changdeokgung, un antiguo palacio imperial, uno puede sentir como cada una de las piedras se colocó pensando en las hojas de los árboles que estaban en frente.

Otra de las características de Seúl es su simpleza, marca de la casa en el arte y las consideraciones estéticas. Y el orden, la dedicación, el detalle. Si durante el siglo XIII los coreanos grabaron en tablas de madera los 26 millones de caracteres de las escrituras budistas, con un gusto preciso por el detalle, la sociedad actual se ha dedicado a hacer lo mismo con chips electrónicos. De cuidar bonsáis a ser líderes en tecnología. Todo por ese gusto por la precisión y el detalle, que se siente en las frutas que se colocan en la calle (“armonía”, que dirían ellos) y las piedras que uno encuentra por el camino.

Pekín, guantes y bufandas

En Pekín, hace tanto frío que los árboles se han quedado sin hojas de tanto tiritar. Los barrenderos las recogen con esmero envueltos en guantes y bufandas, y las calles se han llenado de gorritos y cazadoras que cruzan semáforos y conducen bicicletas.

Pekín es una ciudad ruda y cruel, empezando por su clima. En estos días en los que nos levantamos a varios grados bajo cero, uno es consciente de la geografía donde vive. Al norte, muy al norte. En una región seca como pocas (nadie se acuerda de cuando fue la última vez que llovió). Y donde soplan unos vientos que nos recuerdan la cercanía del desierto. Pekín es frío o calor, sin término medio. Y ahora toca el frío.

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Vuelve Visiones

Después de unos meses de descanso, hemos vuelto. Estamos dispuestos a seguir conectando todos los lunes esas dos ciudades, Madrid y Pekín, Pekín y Madrid, para seguir contando las cosas que nos emocionan de nuestras ciudades.

¿Qué es Visiones?
Despertar en Madrid-Pekín

De viaje: Beijing, Guangzhou, Shenzhen, Taipei

Pekín, en la estación de trenes más grande de Asia. Miles de personas cruzan sus caminos y sus deseos, sus lugares de origen con su próximo destino. Un lugar donde asombrarse con la inmensidad de China: pequineses que van a Shanghai, gentes de Xinjiang que vuelven a sus hogares, niños de Guangdong que echan de menos a sus abuelas. En la estación, algunos mayores comen palos de caramelo, cientos de bolsas gigantes de cuadros forman montañas en el suelo, y en las esquinas se juega a las cartas.

Rostros pálidos y casi negros, miradas perdidas y soñadoras, acentos de Henán y de Cantón, perillas con bigote, mayores todavía imberbes. Una estación que respira humanidad en cada uno de sus metros cuadrados, y donde parece posible que, de un momento a otro, en los pasillos, una mujer vaya a dar a luz frente a miles de personas.

Guangzhou, una ciudad de andar por casa. Un lugar donde “La Plaza del Pueblo” no es sólo un nombre propio, sino una realidad llena de sentido. En esta plaza se improvisa todos los días una especie de circo entre vecinos: con clases de baile, un coro, ejercicios con espada, práctica de artes marciales y conciertos de música tradicional. Un lugar donde la frontera entre el hogar y la calle parece haber desparecido. Una ciudad de siete millones de personas donde los vecinos todavía bajan en pijama y zapatillas a la calle.

Shenzhen, un museo de almohadas. La cultura china llegó a ser tan refinada que la decoración de almohadas se convirtió en un arte. De cerámica o de jade, blancas, verdes o amarillas. Algunas adoptaban la forma de un tigre para proteger al que dormía; en otras se escribían poemas para poder leerlos antes de irse a la cama.

Taipei, un apartamento de estudiantes. Conviven en la casa una taiwanesa, un japonés y dos españolas. Al grupo nos unimos otras ocho personas, cada uno de un país distinto, convirtiendo la casa en una mini reunión de Naciones Unidas. Hablamos de un país y de otro, de diferencias y estereotipos. Mientras, fumamos tabaco de Estados Unidos, bebemos cerveza de Japón y comemos jamón serrano de España.

En medio del humo y las cervezas vacías, de pronto se hace el silencio. Suena una canción japonesa en la cadena de música. Nuestro amigo japonés, con los ojos mirando al techo, comienza a cantar con una voz profunda hasta entonces desconocida. El resto, asombrados, escuchamos en silencio. Él no nos explica nada. Tan sólo señala la cadena de música con una mano y se toca el pecho con la otra. Y mientras su voz y la música toman la habitación, tal vez se acuerda de su primer beso, de aquel adiós que no tuvo tiempo a decir, de esa persona a la que todavía ama en secreto. La canción es en japonés y ninguno entiende la letra; pero todos comprendemos algo.

[Texto publicado dentro del Proyecto Visiones. Que es Visiones?]

Conexion Madrid – Pekin

Aunque en la distancia (ahora en Macao), seguimos con nuestras Visiones.

- Bostezar en Madrid

- Un parque en Pekin

- Encuentro en el camino

24 de diciembre con sabor a 4 de febrero

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Ni anuncios de Navidad, ni cordero, ni lucecitas por la calle. Ni sopa de marisco ni los mazapanes de la abuela. Ni cestas de la compra ni “hay que ver lo caros que están los langostinos este año”. El teléfono no suena más de lo habitual en casa y no se escuchan villancicos en los supermercados. Nadie grita por las calles “Feliz Navidad”; y el viejo Papá Noel, presente en algunas tiendas y con ojos achinados, parece más cansado que de costumbre.

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China en color

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La ciudad ocupada

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La ciudad estaba ocupada. Sitiada por un ejército de instantes que revoloteaban entre las piernas a cada paso. La ciudad entera sumergida; tan empapada de invasión que era imposible salir a la calle sin mojarse.

La ocupación sucedió deprisa, cuestión de semanas. Profunda e inevitable como un cambio de estaciones. Y con más dolor que miedo. Con más miedo que lamento. Indefensa, la ciudad aceptó su propia conquista.Sigue leyendo en… Visiones

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La mujer de seda

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En uno de los rincones del mercado de la seda, unos zapatos tropiezan en mi camino. Cuando me quiero dar cuenta estoy sentado en la tienda y hablando con su dependiente, una mujer que parece haber nacido para sonreír.

Mientras me muestra todos los zapatos que se amontonan en su tienda (deportivos, de traje, serios, desenfadados, marrones, negros) mi mirada se concentra en su silueta (esbelta, casi como un rascacielos convertido en persona). Lleva el maquillaje justo y necesario; sin la exageración de algunas chinas que intentan pasar por modernas, sin el infantilismo de las caras vírgenes. Miro a mí alrededor y me doy cuenta de que casi todo el mundo viste ropas grises; sólo ella parece hacerlo de azul…

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Conexión Madrid-Pekín

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Tiempo de merienda

“Para leche cuatro, dos crema y un gordo” = Cuatro cafés con leche, dos napolitanas de crema (buque insignia del local) y un auténtico rascacielos en materia de bizcochos. Es el código La Mallorquina, recitado entre el tintineo incesante de platos y cubiertos. En una esquina de la Puerta del Sol, Madrid se ha detenido durante más de un siglo para el desayuno llegando tarde, el café de media mañana, la merienda interminable y llevar unos dulces a la cena de esta noche.

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