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Archive for the ‘viajes’ Category

La enigmática frontera entre las dos Coreas

[publicado para el portal de viajes de El Mundo, Ocholeguas]

Para los amantes de intrigas y espionaje, el límite entre las dos Coreas es un lugar fascinante. Desde Seúl es muy fácil acercarse hasta la Zona Desmilitarizada para avistar al vecino comunista del Norte y pasear por uno de los túneles construidos para preparar la invasión del Sur.

A pesar de que la Guerra de Corea cesó en la práctica en 1953, no hace falta llegar hasta la frontera para darse cuenta de que todavía no ha terminado. A pocos kilómetros de los rascacielos de Seúl, en el trayecto que llega hasta la Zona Desmilitarizada, se pueden contemplar las torres de vigilancia, alambradas metálicas y soldados surcoreanos armados con metralletas. El motivo de estas medidas de seguridad es controlar el río Imjin, que une las dos Coreas y en el que los norcoreanos han practicado actividades de espionaje.

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Pekín is cool

[escrito para Soitu]

Un paseo por la escena underground de la capital china

La primera vez que me encontré con Lifu, un joven de la escuela de cine que siempre viste de negro y al que todo el mundo confunde con un coreano, me di cuenta de que me adentraba en terreno desconocido. Los sitios a los que me llevaba no aparecían en las guías de viaje y no era el típico joven chino obsesionado con los estudios y el dinero. Fue gracias a Lifu, este veinteañero amante del rock británico, que comencé a explorar el Pekín más cool, los lugares donde se mueve la cultura underground en China.

La zona preferida de Lifu está en torno a la Torre del Tambor (conocida popularmente como Gulou), en el centro de Pekín, un lugar que todavía conserva el espíritu de pueblo de la que hoy es una urbe de 17 millones de almas. En medio de estas casas de un solo piso, hutongs enrevesados y el lago de Houhai, han surgido locales de diseño de ropa, restaurantes minimalistas, salas de conciertos, tiendas de música y cafés para bohemios. Una marca de ropa popularizó el espíritu de estos jóvenes alternativos en una de sus camisetas, donde tres caracteres y un corazón lo resumían perfectamente: “Amo a Gulou”.

Mi amigo Lifu me hizo darme cuenta de una cosa: en Pekín, los lugares más cools están casi siempre relacionados con el Rock and Roll, un estilo de música que la mayoría de chinos consideran “demasiado ruidoso”. Es por eso que el Mao Livehouse, un local en Gulou que programa conciertos de miércoles a domingo y cuenta con el mejor equipo de sonido de la ciudad, se ha convertido en uno de los lugares más emblemáticos de Pekín. Por aquí han pasado algunos de los grupos chinos más conocidos (Carsick Cars, Brain Failure, Lonely China Day, Queen Sea Big Shark), que tocan con la imagen de fondo de Mao Zedong (otra paradoja más de la nueva China) y ante los que la audiencia se vuelve loca. En los grandes conciertos, no hay nada como el Mao para romper con los estereotipos de la juventud china: saltos, empujones, compañerismo, gritos… lo importante es dejarse llevar por la música.

En eso están muchos otros locales de Pekín, como The Star Live, 2 Kolegas, 13 Club o Yugong Yishan. Otro del que uno no puede olvidarse, a pesar de estar en la alejada zona de las universidades, es el D-22. Este local es un refugio con estilo, sin vanas pretensiones, con mucha personalidad y con el rock independiente chino como bandera de su parrilla musical. El local tiene su propia discográfica, Maybe Mars, y se ha encargado de promocionar a algunos de los grupos underground más famosos del momento: Hedgehog, PK14, The Scoff o Joyside. “Dentro de 30 años, la gente en China va a pensar que estos años fueron una locura”, me comentó Michael Pettis, el trotamundos estadounidense que dirige el D-22. Este bar es uno de los causantes de mantener esa locura todos los fines de semana.

Lo bueno de la escena de música alternativa de Pekín es que todavía no se ha profesionalizado. Todos los grupos, a pesar de que alguno haya cosechado premios internacionales, no se pueden desprender de un aire amateur al subir al escenario. Al contrario de lo que pasa en algunas capitales europeas, las oportunidades para los principiantes son muchas: mi amigo Lifu, con su reciente grupo Oliver, ya ha tocado en los principales garitos de la capital de China.

De vuelta a Gulou, el rock ha dado paso a una nueva tendencia en el mundo de la moda. Los que quieren ser diferentes en Pekín acuden a las numerosas tiendas que han surgido en esta zona, donde hay establecimientos de ropa de segunda mano, marcas alternativas asiáticas y toda una nueva fiebre de diseñadores independientes. Entre estos últimos, que se han instalado hace tan sólo un par de años, se puede echar un vistazo a las nuevas creaciones de Zakka, Plastered-8, la retro Bye Bye Disco o Navel. En China es complicado encontrar gente rara, pero en Gulou el paisaje urbano es distinto: pantalones sueltos, tatuajes, piercings, fundas de guitarra, pelos teñidos de cualquier color, sombreros del siglo XIX, hombres que se meten mano y camisetas reivindicativas forman parte de un barrio lleno de historias nocturnas.

Cuatro siglas, NLGX, (que incluso se han convertido en otra marca de ropa) llevan a otro de los templos de lo cool en Pekín: Nanluoguxiang. Este antiguo hutong, aunque se haya convertido en una atracción turística de tercer orden, ofrece la oportunidad perfecta para imitar a los bohemios parisinos: puedes comprarte una pipa a lo Sherlock Homes, escribir tus notas sobre las libretas de tapas de cuero a 40 yuanes (4 euros) y apurar tu café en los cómodos sillones que dan a la calle. Nanluoguxiang, con una red wifi que recorre toda la calle gracias a sus restaurantes y cafeterías, se ha convertido en el refugio de corresponsales, artistas, escritores y bohemios.

Todos estos bares, cafeterías y tiendas de diseño de Gulou se encargan también de promocionar otro tipo de actividades underground: desde pequeños conciertos con guitarra en el Guitar Bar hasta lecturas de poesía china en el Jianghu, pasando por grupos de Xinjiang en el hispano Salud, películas todos los días en cinéfilo 16mm o exposiciones de fotografía en el Interesting Photo. También es un buen lugar para comprar películas chinas y rusas de la época comunista, posters de la Revolución Cultural o la música alternativa que se escucha en los locales cercanos y que es imposible conseguir en el resto de la ciudad (y del país).

Lejos de Gulou, al noreste de la ciudad, tres números dan la clave para descubrir otro de los lugares más chulos de Pekín: 798, el distrito artístico más famoso de China. Este antiguo complejo industrial se ha reconvertido en un agradable conjunto de galerías de arte, librerías y cafés, un lugar imprescindible para tomarle el pulso al movimiento cultural de Pekín. Para aquellos que todavía quieran explorar más, Songzhuang, un pueblo situado a las afueras de la ciudad, se ha convertido en el lugar de residencia y trabajo de los artistas más marginales y desconocidos. Y Sunzhuangcun, cerca de la estación de metro Liyuan, donde los salarios son más asequibles para aquellos que viven de sus creaciones artísticas, también se ha transformado en un reducto interesante de los rockeros más ruidosos.

Por si te has quedado con ganas, más sitios guapos:

* Bed and Bar: un local donde te puedes tomar una cerveza tumbado en la cama. Tendrás que tener cuidado de no quedarte dormido, porque el lugar es de ensueño: las habitaciones privadas, el patio interior tradicional chino y la vegetación hacen de este sitio uno de los más cools de Pekín.

* Jiangjinjiu Bar: a diez pasos de la Torre del Tambor, el Jiangjinjiu Bar es un lugar ideal para escuchar los sonidos de las minorías étnicas chinas: los grupos mongoles, tibetanos y de Xinjiang siempre se pasan por aquí.

* 2 kolegas: otro de los lugares más guays para escuchar música alternativa, innovadora y arriesgada. El local parece la casa desordenada de un adolescente (en el baño te puedes encontrar el cepillo de dientes de alguno de los trabajadores), pero ahí reside su encanto.

* Jianghu: como en muchos otros casos, lo más guay del momento está muchas veces relacionado con la vuelta al pasado. El Jianghu es buen ejemplo de ello: este local situado en las inmediaciones de Nanluoguxiang organiza lecturas de poesía china, piezas de teatro y conciertos con instrumentos tradicionales chinos.

* Yugon Yishan: de todas las actividades que organiza este local, una de las más interesantes son las películas de los domingos. La asociación Cherry Lanes se encarga de traer películas que no están a las salas comerciales, pero que casi siempre responden a las expectativas del cinéfilo más exigente.

* Music Space: situada en Nanluoguxiang, esta tienda es el lugar ideal para comprar los CD´s de los grupos más interesantes del momento.

* Festivales de música: son la mejor ocasión para disfrutar de los mejores grupos de rock del país y ver concentrados en unos pocos metros cuadrados a todos los locos (en el buen sentido) de Pekín. El más conocido es el Midi Festival, que normalmente se celebra en mayo. Otro que uno no puede perderse es el Modern Sky Festival, en octubre.

Nueve años en la universidad

La primera vez que pisé una Universidad tenía 18 años, había llegado a Madrid con dos cajas llenas de libros y mis padres me acompañaron hasta allí para sacarme una foto frente a la facultad. Hoy, nueve años más tarde y cinco universidades después, he escrito las últimas líneas de un examen. Paseando en torno a la pagoda y al lago de mi última escuela, la Universidad de Pekín, me ha entrado la nostalgia después de tantos años de lecturas, proyectos y profesores de todo tipo. Me ha parecido que hoy era un buen momento para compartir mis experiencias durante estos nueve años.

Universidad Complutense de Madrid, 2000 – 2004


Cuando con 18 año abandoné Gijón para estudiar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), no sabía muy bien qué era aquello de la universidad. Me sentía orgulloso de haber llegado a donde nunca tuvieron oportunidad mis padres. Incluso me imponía respeto. “La Universidad es otra cosa”, me decía todo el mundo. Allí los profesores serán más exigentes, tendrás que estudiar duro, “la universidad es otra dimensión”.

La realidad resultó bien distinta. Decir que la Facultad de Ciencias de la Información era un desastre sería un eufemismo. La burocracia era interminable, la eficacia de la administración inexistente, el nivel de los profesores mediocre y los medios de los que disponíamos insuficientes. Cada año entraban a la Facultad, sólo en la rama de periodismo, 900 alumnos. En cada clase había 150 estudiantes. En toda la Facultad (unos 10.000 estudiantes) disponíamos de cuatro cámaras de televisión. Yo una vez llegué a ver una, el cuarto año de carrera, cuando tuvimos cuatro horas de prácticas en una especie de plató de televisión.

Mucha gente (sobre todo aquellos que no han estudiado allí) considera la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM como uno de los mejores centros para estudiar periodismo en España. La plantilla de profesores está llena de nombres gloriosos y académicos ilustres, periodistas que han trabajado al más alto nivel en los mejores medios españoles. No dudo de que en determinados medios profesionales o académicos puedan ser brillantes, pero, como profesores universitarios, su nivel no llegaba al de mis profesores de instituto. La mayoría de ellos consideraba las clases como una ocupación secundaria (seguramente tendrían cosas más importantes que hacer) y la preparación y empeño que ponían en las clases era mínima. En los cuatro años que estudié allí, ningún profesor supo entregarnos el primer día un programa coherente (y seguirlo) de lo que íbamos hacer durante el año. Las clases se reducían a escuchar al profesor y tomar notas. El único método de evaluación que funcionaba en la Facultad era el de un examen al final del cuatrimestre.

La mayoría de profesores, que crecieron en una sociedad y educación muy diferentes a las de los estudiantes de entonces, estaban desfasados a todos los niveles, desde el educativo hasta el profesional. Llevaban décadas enseñando los mismos libros y dando las clases de la misma manera, sin darse cuenta de que el mundo a su alrededor había cambiado. Recuerdo que uno de nuestros profesores, en el primer año de carrera, todavía se empeñaba en defender la enseñanza del tipómetro para los periodistas de hoy. Los profesores vivían (y enseñaban) en una sociedad que ya no existía.

Toda la facultad giraba en torno a esta dinámica de dejadez e indiferencia. Los profesores faltaban a clase cuando les daba la gana (como los alumnos), mandaban leer y estudiar sus propios libros (que las editoriales sólo publicaban porque sabían que tenían un público fiel) y, sobre todo, tomaban muchos cafés. Después de haber pasado por otras cuatro universidades, en ningún sitio he visto tanta gente aprovechándose del estado y haciendo mal su trabajo. El objetivo de los profesores, una vez alcanzado cierto status y salario, estaba claro: vivir bien. Y en la Facultad de Ciencias de la Información se vivía muy bien.

Aunque es difícil encontrar algo positivo dentro del desastre de esa facultad, no me arrepiento ni un segundo de haber tomado ese camino. La media de los profesores pudo ser lamentable, pero hubo cuatro o cinco por los que mereció la pena hacer esa carrera. Hubo profesores que sí entendieron lo que era la universidad, y que supieron, a pesar de tener clases con 150 estudiantes, hacer pensar a sus alumnos, fomentar el diálogo y llamarte por tu nombre. Estos profesores me abrieron las puertas a tantas nuevas ideas, a tantos nuevos libros e inquietudes, que sin ellos el Dani que soy hoy no existiría. Fue con estos cuatro o cinco maestros que comprendí que España no era más que un país al sur de Europa, que ya estaba tardando demasiado tiempo en aprender inglés, y que para ser periodista, como decía Kapuckinski, hay que ser buena persona.

Uno de estos profesores, Pedro Sorela, abrió muchos de los caminos que todavía hoy siguen su curso. El primer día de clase, con su barba frondosa y su mirada intimidante, utilizó su tono más duro para dejarnos las cosas claras: “Yo no estoy aquí para daros las respuestas, como mucho estoy aquí para haceros las preguntas. Si hay alguien en este aula que sólo viene a esta clase para tener un aprobado, que me lo diga al salir de clase, se lo doy y punto. Espero que todos hayan venido aquí para otra cosa”. Sus asignaturas consistían en mandarnos un trabajo semanal, casi siempre la redacción de algún texto, con unos objetivos determinados. Durante la clase los estudiantes leían estos textos y el resto de estudiantes los comentaban. El profesor hablaba poco, pero cuando lo hacía cambiaba tu forma de entender el periodismo.

Fue él también el que supo hacerme ver lo bueno que tenía nuestra Facultad: “Te deja mucho tiempo libre para hacer lo que quieras”. Y así era. La Facultad me dio la oportunidad de dedicarme a muchas otras cosas: idiomas, deportes, prácticas, literatura. Decir que lo mejor de una Universidad es el poco tiempo que le tienes que dedicar es triste. Porque triste era la Facultad.

La ciudad de Madrid supuso para mí un cambio importante. Después de vivir 18 años en Gijón, una ciudad de 300.000 habitantes, dar el salto a la capital de España supuso un cambio de escala. La variedad de opiniones, la oferta la cultura, el cine en versión original, el teatro, el número de extranjeros… Cuando ahora pienso en mi ciudad natal la veo en blanco y negro, casi sin escala de grises, monótona. Madrid era el arco iris.

De todas las cosas que viví en mis años de estudiante en la UCM, tal vez la más importante fuera la de vivir por mi cuenta. Abandonar la casa de tus padres con 18 años tiene tantas ventajas que sólo los que lo hemos hecho nos damos cuenta de su importancia. Tienes que aprender a tomar decisiones por tu cuenta, buscarte la vida, ser responsable. Tienes tu propia casa y la compartes con gente distinta. Simplemente, vives tu propia vida. Y lo haces como quieres.

Que en España (a diferencia de muchos otros países occidentales) esto sea un fenómeno casi paranormal debería hacernos reflexionar. Que alguien con 25 o 30 años siga viviendo en casa de sus padres, que se encargan todavía de lavarle la ropa y darle de comer, no es precisamente un modelo de juventud independiente y creativa. Como decía Josep Ramoneda en El País, “el retraso en la emancipación mutila a los jóvenes, a los que se somete a una superprotección que no es la mejor escuela para moverse en la vida”. Desde entonces, y cada vez que he vuelto a España, descubro diferencias abismales entre aquellos que se han ido con 18 años de casa y los que todavía siguen viviendo con sus padres.

Aunque la facultad de Periodismo no se pueda considerar como una muestra real de la Universidad española, lo cierto es que la mayoría de informes vienen a corroborar lo mismo: ninguna de las universidades españoles está entre las 100 mejores del mundo. A veces, según los estudios, situamos cuatro o cinco entre las 500 mejores. Mi facultad era un buen ejemplo de los problemas de la universidad española: masificación, falta de medios, profesores desfasados, enchufismo, administración pesada, falta de investigación y uso de nuevas tecnologías… Cuando, en cuarto año de carrera, muchos estudiantes se iban de ERASMUS, el quinto curso se solía convertir para ellos en una pesadilla. Algunos decidieron no volver a la universidad española.

Simon Fraser University de Vancouver, 2004 – 2005

Otra de las ventajas que pude obtener de mi Facultad, una vez más colateral, fue la posibilidad de estudiar un año en Canadá. Desde el segundo año de carrera estaba convencido de que me quería ir a estudiar a otro país, y entre todas las becas que pedí conseguí una para la Simon Fraser University, en Vancouver. No está considerada una de las mejores universidades de Canadá, pero a mí me servió para convencerme de que otra universidad era posible. No era una utopía. Existían.

Cuando alguien me pregunta qué es lo que me gustó tanto de esta universidad, no sé por donde empezar. La forma en la que funcionaba allí la Universidad, desde el compromiso de los profesores hasta la encargada de los estudiantes extranjeros, era tan distinto a lo que yo había vivido que a veces su eficacia me sorprendía. El primer día de clase el profesor llegaba con el programa de la asignatura: los objetivos, las lecturas obligatorias (sí, había que leer), el contenido de cada una de las horas de clase, las fechas de entrega de trabajos y los horarios de las presentaciones. Y lo más sorprendente de todo es que el programa se cumplía a rajatabla. En los 8 meses que pasé en la Universidad, ni uno sólo de los profesores llegó tarde a clase.

En cuanto al método de enseñanza, te hacía pensar. El examen final suponía en la mayoría de los casos un 40% de la nota final, y el resto se repartía entre trabajos y presentaciones. Todas las semanas tenías una lectura obligatoria que hacer y todas las semanas había una presentación que corría a cargo de los estudiantes. Frente al método de enseñanza español, en el que sólo se estudiaba antes de los exámenes, aquí había que estudiar todos los días. Las asignaturas tenían dos partes, unas que se llamaban lectures (lo que se suele llamar clase magistral) y otras que se llamaban tutorials, donde sólo estábamos unos diez estudiantes y nos dedicábamos a debatir. En España, en la mayoría de las clases era el profesor el que habla. En Canadá, los protagonistas eran los estudiantes.

Internet y las nuevas tecnologías existían en la Simon Fraser University. Cada profesor tenía su propia página web, las asignaturas se seleccionaban a través de Internet y los profesores tenían email (y contestaban en menos de 24 horas). A los estudiantes se les ofrecía directamente una cuenta de correo electrónico y una página web propia. En la biblioteca de la Universidad se podían alquilar portátiles de forma gratuita.

De los canadienses, aprendí lo que era una sociedad creativa y volcada en el futuro. Vancouver había sido creada hacía poco más de 100 años y en la ciudad nadie miraba al pasado. La universidad fomentaba la creatividad y las ideas nuevas. No había miedo a equivocarse sino a no atreverse demasiado. El contraste con la vieja europa me resultó estimulante.

En Vancouver compartí vida con muchos otros estudiantes extranjeros y me sorprendió el nivel tan elevado de inglés que tenían ya antes de llegar a Canadá. Suecos, noruegos, alemanes, finlandeses, taiwaneses, holandeses, belgas… todos tenían un nivel excelente de inglés, y lo más curioso de todo es que la mayoría no había necesitado salir de su país para hablarlo sin dificultades. Cuando les comentaba que en todos mis años de estudio en España nunca en mi vida me habían hecho un examen oral de inglés… no se lo creían. Ellos me enseñaron que aprender un idioma en tu propio país es posible. Sólo hace falta un sistema de educación en el que esto sea una prioridad y una sociedad donde las películas en versión original no sean una cosa de intelectuales con gafas de pasta. España tiene en este sentido un lastre del que debería librarse cuanto antes.

Debido a mis carencias lingüísticas por aquel entonces, es a Canadá a quien le debo el poder hablar hoy inglés, una de esas cosas que todo el mundo me había dicho era tan importante y de la que yo nunca me había dado cuenta de verdad. En estas líneas que escribo, como decía Albert Camus, hay que diferenciar entre lo que “imaginamos saber y lo que sabemos de veras”. Una cosa es que todo el mundo te diga que el inglés es muy importante; otra sentirlo en tus propias carnes.

Una vez fuera de España, comprendí que el mundo hablaba inglés. Supe que en casi todos los hostales del globo había alguien que hablaba el idioma de Shakespeare, que la mayoría de traducciones de cualquier lengua se hacían al inglés y que la cantidad de gente de tantos países con los que podías hablar en este idioma era inmensa. Poder hablarlo y leerlo me abrió las puertas a tantas publicaciones, libros y nuevos medios de comunicación, me permitió hablar con tanta gente con tantas ideas distintas, que tengo la sensación de que en mi vida significó un antes y un después. El mundo se abrió para mí después de Canadá.

En Vancouver también sentí lo que era una ciudad multicultural. Ahora, cuando alguien me comenta que en España hay muchos inmigrantes, no puedo más que soltar una carcajada. Acabamos de empezar. En Canadá, un país de inmigrantes, todo el mundo es de otro lugar. Los matrimonios mixtos están a la orden del día y los acentos se asumen como algo normal. Viví en el barrio chino de Vancouver durante cuatro meses, y tal vez fue ahí cuando me comencé a inclinar hacia China.

Después de 8 meses en Vancouver, la sensación que invadía mi cuerpo era la de “quiero más”. Quería más de lo mismo, pero diferente. Quería aprender más idiomas para seguir ampliando mi mundo, conocer más países, hablar con más gente distinta. Renegué mucho de España, porque me decía a mí mismo que ya había vivido demasiado tiempo en el mismo país (¡22 años en el mismo país!). Quería más. Más lejos.

Universidad Autónoma de Madrid, 2005 – 2006

Con estas ganas de conocer mundo, volví en abril a España, saludé a mis amigos y mi familia, y después de un mes me fui a trabajar de camarero a París. Allí estuve tres meses, viajé otro mes por el centro de Europa y me volví a España en octubre. Para entonces mi vida se había convertido en lo que yo siempre había soñado: una sucesión de gente nueva, conversaciones en tres idiomas y una mochila a la espalda para recorrer mundo.

Estaba contento de volver a España, pero sobre todo porque sabía que era sólo una parada en el camino. En un email milagroso que nunca supe de donde llegó, me enteré de una nueva licenciatura de segundo ciclo en España que parecía encajar con lo que yo estaba buscando: Estudios de Asia Oriental (China). Durante mucho tiempo había estado convencido de que para ser periodista había que “saber un poco de todo y un mucho de algo”, así que volcarme en el estudio de China y aprender su idioma, ahora que estaban pasando tantas cosas en ese país, me pareció una idea excelente. Había que especializarse. Como periodista, quería estar en un lugar donde se estuviera decidiendo el futuro del siglo XXI. Me sentía cansado de Europa, quería irme más lejos. China parecía la salidad natural a todas estas inquietudes.

Como cada vez que he estado una temporada larga en el extranjero, mi idea de España cambió a la vuelta de Vancouver. No hay nada tan sano como viajar y aislarte de tu sociedad para poder verla con claridad. Fue entonces cuando comprendí de verdad que todas las cosas que había asumido como naturales (desde el modelo político, el idioma, las costumbres, la educación) no eran sino construcciones sociales. Yo lo había oído mucho antes, pero, una vez más, no es lo mismo cuando lo experimentas en persona.

Mi vuelta a la universidad española, en este caso la Autónoma de Madrid, fue mucho más exitosa de lo que esperaba. Mi experiencia anterior, los informes internacionales y los comentarios de compañeros de otras carreras me habían hecho pensar que me encontraría con la misma incompetencia que había sufrido en la Facultad de Periodismo. La sorpresa fue mayúscula. En el departamente de Estudios de Asia Oriental los profesores estaban motivados, se preocupaban por los alumnos, tenían un programa que seguían a rajatabla, las lecturas eran interesantes y se primaba algo más que los exámenes. En este sentido se parecía a lo que había vivido en Canadá, donde los trabajos y las presentaciones eran tan importantes como el examen final. Había debate.

Los motivos por los que esta Universidad (o al menos este departamento) era tan distinta eran varios. La Licenciatura de Estudios de Asia Oriental era una carrera de reciente creación (tan sólo 4 años), los profesores eran jóvenes, todos ellos habían estudiado en el extranjero y sólo había (como mucho) 30 estudiantes por clase. En el departamento no había ningún dinosaurio que llevara dando la misma asignatura durante 30 años. Había que estudiar mucho y no tenía tanto tiempo para dedicarme a otras cosas, pero estos eran precisamente los motivos por los que yo quería ir a la Universidad.

Otro de los detalles de este departamento es que había que leer en inglés. Durante mis cuatro años en la Facultad de Periodismo, a ningún profesor se le ocurrió mandarnos una lectura en un idioma que no fuera el español. En el departamento de Estudios de Asia Oriental no había otra solución, ya que las publicaciones en español sobre Asia o China son muy limitadas.

De todos modos, España debería reflexionar sobre la presencia del inglés (y otros idiomas) en nuestras universidades. Las carreras no tienen asignaturas obligatorias de idiomas extranjeros, con lo que la mayoría de estudiantes deja de estudiar inglés a los 18 años. Nos guste o no, el mundo de la investigación, los negocios y las nuevas tecnologías habla inglés. Y los universitarios españoles no.

Los Estudios de Asia Oriental me hicieron darme cuenta del eurocentrismo absoluto en el que había vivido hasta entonces. Las clases de historia, arte y religión en China me descubrían un mundo del que hasta entonces no había escuchado hablar. El desarrollo de esta civilización era tan diferente a todo lo que yo había estudiado, que cada hora de clase suponía un descubrimiento que replanteaba todo lo que había aprendido hasta entonces. Allí ya no había Grecia Clásica, Edad Media, Renacimiento ni Ilustración, lo que yo había considerado hasta entonces como historia universal. Recuerdo que en una clase llamada “Literatura Universal” en el instituto (con una profesora excelente, por cierto) no habíamos estudiado nada más que a escritores occidentales. El mundo era muchísimo más de lo que yo había aprendido hasta entonces. La educación que había recibido me había hecho asumir que universal era igual a occidental. En la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental pude comenzar a vislumbrar lo que había pasado en otros lugares del mundo, nada más y nada menos que lo que hoy supone un quinto de la humanidad (China).

Institut National de Langues et Civilizations Orientales de París, 2006 – 2007

A pesar de estar muy contento en la UAM, quería volver a salir de España. La experiencia internacional que había vivido en Canadá se había convertido en una droga. Quería seguir viajando y aprendiendo idiomas, quería seguir conociendo gente distinta y recibir otras influencias. Esta droga me había calado hasta los huesos, y la buscaba desesperadamente.

Durante mi año en Madrid busqué todas las posibilidades para irme a China, que ya se había convertido en mi único objetivo. Quería estar allí de profesor de español, estudiante de chino o bailador de flamenco. En el fondo me daba igual. Tras varios intentos fallidos y becas denegadas, la solución intermedia fue irme a París con una Beca Erasmus, al Institut National de Langues et Civilizations Orientales (INALCO), considerada como una de las mejores universidades europeas de lenguas orientales. Siempre había sido un amante de la cultura francesa, París era una ciudad maravillosa y los profesores de la UAM me recomendaron que no dejara escapar la oportunidad de estudiar en el INALCO. Volví a París.

El INALCO me hizo darme cuenta de lo atrasada que estaba España en el estudio de las lenguas y culturas orientales. Esta universidad se había fundado en 1795 y cubría 92 lenguas, desde el chino o el japonés, lo más normal de la universidad, hasta tibetano, tailandés, vietnamita, albanés, bieloruso, armenio, quechua o tamil. Recuerdo que muchos estudiantes, cuando les decía que estaba estudiando chino, me encasillaban directamente en el grupo de los mainstream, los convencionales. Allí no sorprendía que estudiaras chino. Era lo normal.

Si en Francia y en muchos otros países (Alemania, Suecia, Reino Unido) tienen una larga tradición de estudios orientales y sinología, en España todavía hay poca gente que haya oído hablar de la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental. Somos nuevos en esto y todavía nos queda un largo camino por recorrer. La sociedad paga esta enorme laguna en el mapa del mundo.

Después de un año estudiando chino en la UAM, cuando llegué a INALCO tuve que empezar otra vez en el nivel inicial. Todo lo que yo había visto en nueve meses se despachó en uno en París. Había más horas de clase, mejor preparadas, con profesores nativos y materiales propios. Recuerdo que los responsables del departamento de la UAM se quejaban de las dificultades administrativas para contratar un profesor chino durante dos años. En INALCO el 90% de los profesores de lengua eran nativos.

Mientras la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental en la UAM duraba sólo dos años, en INALCO tenían planes de cinco años y decenas de másters y estudios complementarios. Muchos de los libros que había leído en España sobre China eran de profesores que todavía enseñaban en esta universidad. INALCO suponía una dimensión más profesional y más amplia de estudios asiáticos, con más experiencia y más recursos humanos.

De todos modos, al INALCO le pasaba un poco como a la Complutense, que era tan antigua que se había vuelto un dinosaurio que vivía del pasado. A la espera de la construcción de un nuevo edificio propio, la mayoría de clases se tenían que dar en otra universidad. Los profesores no tenían despacho propio, la burocracia era eterna, los horarios de conserjería ambiguos y el uso de Internet para jugar al solitario. En este sentido, a INALCO le faltaban las infraestructuras para aprovechar su enorme capital humano.

En Francia me di cuenta de que la administración y la burocracia todavía podían ser más pesadas que en España. Cosas tan sencillas como comprar un teléfono móvil, abrir una cuenta bancaria o alquilar una casa requerían una cantidad de tiempo y esfuerzo titánicas. Instalarte en Francia es complicado: para abrir una cuenta en una banco necesitas una dirección postal, para alquilar una casa necesitas una cuenta bancaria… y para comprar un móvil las dos cosas. Obtener una tarjeta de crédito, tras varias visitas al banco, suele llevar tres semanas. Para determinados comportamientos en ventanillas varias, uno no puede sino pensar en la supuestamente tan española frase de “vuelva usted mañana”.

Por otro lado, mi estancia en Francia coincidió con las elecciones presidenciales de 2007, que fueron un acontecimiento político fascinante. Si se suele decir que todo argentino lleva un filósofo dentro y que todo italiano es un poco artista, todos los franceses son un político en potencia. La implicación de los ciudadanos en las elecciones, el debate político y la profundidad de los medios de comunicación me mostraron una democracia como no había visto hasta entonces. Las propuestas presidenciales eran analizadas al detalle y un cambio en un impuesto desataba debates furibundos. Los políticos (no sólo dos, sino muchos) aparecían en los telediarios casi todos los días, los periodistas les cortaban cuando se enrollaban y les ponían siempre en aprietos. Que los franceses se quejaran (algo muy francés) del poco nivel de los candidatos no hizo sino aumentar mi impresión de la vitalidad democrática y social francesa.

Universidad de Pekín, 2007 – 2009

Durante todo el año en París no pensaba en otra cosa que en la mejor forma de saltar a China al año siguiente. De todas las oportunidades, la más atractiva era la beca de la Fundación ICO, que pagaba todos los gastos durante nueve meses para estudiar chino en Pekín. Durante el mes de mayo de 2007 la resolución de las becas se fue retrasando semana tras semana, y tenía tantas ganas de conocer el resultado, que la web de la Fundación ICO se convirtió en mi página de inicio durante varios días. Cuando vi mi D.N.I. entre los admitidos para el año 2007-2008, di tantos saltos y gritos por mi casa que el vecino subió para ver si necesitaba un médico. Tuve que sacar mi D.N.I. y ponerlo junto a la pantalla del ordenador para creerme que aquellos números se referían a mí. El sueño de China se hacía realidad.

La primera cosa que me sorprendió de China fue la gran hospitalidad de sus gentes hacia los extranjeros, sobre todo hacia los occidentales. No importaba donde fuera o donde estuviera, los chinos me invitaban a sus casas, alababan mi chino (que era penoso) e incluso te sentías un privilegiado en la vida diaria. En la Universidad teníamos las mejores habitaciones y notabas como, casi siempre, eran ellos los que se adaptaban a tus gustos y no al revés. Era un gran contraste con la prepotencia que la mayoría de extranjeros mostraban cuando llegaban a China. Y una diferencia abismal de como tratamos nosotros a los chinos cuando vienen a nuestro país.

Otra cosa que me sorprendió, dentro de todas las cadenas de estereotipos que se iban rompiendo día a día, fue la enorme influencia occidental en China. Casi siempre se presenta a este país como aislado del mundo y encerrado en sí mismo, y lo que yo he vivido en este país tiene muy poco que ver con esta descripción simplista. Los KFC, McDonald´s y sucedáneos se encuentran en todas las ciudades chinas, los éxitos de Hollywood lo son todavía más en China y la fiebre por aprender el inglés invade desde las guarderías hasta las universidades. Mi compañero de piso, un joven de 33 años originario de Pekín, se sabe de memoria los diálogos de series estadounidenses de las que yo ni siquiera había oído hablar (Wire, Heros). Cada vez que vuelvo a España y alguien me suelta la frase de “con lo cerrados que están los chinos al extranjero” me parece que están hablando de otro país. Cuando alguien me comenta que “los chinos nos van a invadir” yo sólo tengo una respuesta: “nosotros ya les hemos invadido”.

China me hizo desconfiar de los medios de comunicación occidentales como nunca lo había hecho hasta entonces. Mi primer año en Pekín coincidió con los altercados en Tibet, el terremoto de Sichuan y los Juegos Olímpicos. Lo que vi con mis ojos en torno a estos incidentes casi nunca se correspondía con lo que contaban los medios. Me di cuenta de que la línea editorial de los medios occidentales respecto a China consistía en resaltar sus puntos débiles y sus defectos, olvidando sus virtudes. La única respuesta que he podido encontrar a esta parcialidad es el desconocimiento que se tiene en España de este país y lo que Edward Said llamaba Orientalismo.

También me di cuenta de como funciona una maquinaria censora y propagandística, cosa que nunca antes había podido experimentar de verdad. Y pude comprobar como la mayoría de chinos no conocían las detenciones políticas, violaciones de derechos humanos o películas que trataban sobre temas sensibles. Si las conocían, tampoco les parecían algo importante. La lucha a la hora de navegar por Internet se convirtió en una batalla diaria. Pocos pensarán que vivir en este tipo de ambiente puede tener alguna ventaja, pero lo cierto es que las tiene.

Gracias a eso, supe apreciar muchos de los valores occidentales que yo había asumido hasta entonces como normales. La libertad de expresión, el carpe diem, el derecho a ser feliz, el debate político, la diversidad de ideas… Una de las cosas que más echo de menos en este país es el humor político. Mientras nosotros tenemos decenas de programas en los que se ridiculiza al Rey, al presidente o a los ministros (en prime time), en China estas cosas no existen. A mí me hizo falta llegar hasta Pekín para darme cuenta de su valor real y su contribución a una sociedad más abierta.

En la universidad, aprendí que la capacidad de esfuerzo en este país supera todo lo imaginable. Los profesores daban 6 horas seguidas de clase sin inmutarse, los exámenes se corregían al día siguiente y los estudiantes casi vivían en la biblioteca. Muchos de los alumnos chinos en el departamento de español conseguían manejar el idioma y comunicarse en un año de estudio. La única respuesta de su profesora española en la universidad era rotunda: “estudian mucho”. A sus ojos los estudiantes españoles pasábamos por unos vagos redomados.

Durante los primeros meses en la Universidad, tuve la sensación de que, en el fondo, las diferencias entre los jóvenes chinos y los occidentales no eran muy grandes. La globalización nos había acercado y, en cierto sentido, en los dos puntos del planeta se estaban viviendo fenómenos similares. Sin embargo, con el tiempo fue descubriendo que, en el fondo, veníamos de mundos muy distintos. Lo que Manel Ollé llama el “mobiliario mental” de los chinos es muy distinto al nuestro, desde los referentes culturales hasta la educación que hemos recibido, pasando por nuestra actitud ante la vida o nuestros valores.

Mi gran amigo Rafael Caro, que también estuvo en la universidad de Pekín estudiando dos años, me comentaba los problemas que había tenido a la hora de estudiar el erhu (instrumento tradicional chino): después de cierto tiempo, su técnica era perfecta y sabía tocar todas las notas al ritmo correcto, pero la profesora no le dejaba de repetir que “no sonaba a chino”. Había algo allí, la forma de entender la vida, de expresar las emociones, que delataba su procedencia española. Los chinos son muy chinos y siempre lo serán, y no conviene olvidar esto a la hora de hacer cálculos sobre el futuro del país. Será un futuro a su medida.

De estos nueve años en la universidad, me quedo con los pocos pero brillantes profesores que encontré en la Faculta de Periodismo, que supieron llenar de dudas, sembrar ilusión y abrir caminos a sus estudiantes. Mi impresión es que los universitarios españoles son capaces de casi todo, pero que las universidades no están a su altura. Me quedo con todas las posibilidades de becas e intercambios en el extranjero (bendita globalización), que me permitieron estudiar en el extranjero, abrir el mapa del mundo y conocer a un montón de personas que cambiaron mi visión de la vida. Me quedo con los pioneros en España de los Estudios de Asia Oriental, empeñados contra viento y marea en acercar esta parte del mundo a la sociedad española. Y me quedo con China y sus gentes, que me invitaron a sus casas y me hicieron no sólo descubrir su país, sino también conocerme a mí mismo.

Qingtian, la ruta china hacia España

El 70% de los más de 143.000 chinos que viven en España son de Qingtian, un pequeño distrito de 500.000 habitantes al sur de China

En verano, muchos de los emigrantes chinos en Europa vuelven a su tierra natal, donde sus euros están haciendo prosperar la región

Rodeado por montañas verdes y atravesado por el río Ou, lo primero que uno descubre al llegar a Qingtian es un letrero en inglés, italiano y español: “Bienvenido al distrito de ultramar de Qingtian”. Situado al sur de Shanghai, en la provincia de Zhejiang, este pequeño distrito chino se ha hecho famoso debido a su emigración a Europa: de sus casi 500.000 habitantes, más de 200.000 viven en el extranjero. Si comes en un restaurante chino en nuestro país o compras en un todo a cien, tienes un 70% de posibilidades de que el oriental que te atienda sea de Qingtian.

Qingtian, la ruta china hacia España from Daniel Mendez on Vimeo.

Liu Jianbiao es uno de esos emigrantes que dejó China en el año 1995. Por aquel entonces, Liu trabajaba a tiempo parcial en un banco de Qingtian y ganaba unos 1000 yuanes (100 euros) al mes. En la actualidad, con un buen dominio del español y una sonrisa siempre atenta a los clientes, alcanza los 800 euros en su tienda de Gijón (Asturias). “Ahora soy el jefe de la tienda”, dice muy contento mientras reconoce todo el esfuerzo que le lleva conseguir ese dinero. “En España sólo trabajo, no sé lo que es el descanso”.

Como la inmensa mayoría de emigrantes de este distrito, Liu llegó a nuestro país gracias a un amigo chino que ya estaba instalado en España. El fenómeno migratorio de Qingtian ha funcionado a través de las redes sociales y familiares, del boca a boca. Algunos años después, Liu se trajo a España a su hermana y a su mujer, con quienes vive en el norte de España.

En Qingtian, el sueño de una vida mejor pasa por obtener un salario en euros. En la capital del distrito, un profesor de escuela o un funcionario en la administración gana poco más de 1000 yuanes (100 euros) al mes. El salto a Europa puede multiplicar esas cantidades por diez. Hoy, este es el principal motivo para abandonar Qingtian: euros frente a yuanes.

Desde que en China se sigue la filosofía de “enriquecerse es glorioso”, pocos lo han entendido tan bien como los habitantes de Zhejiang. “La gente del sur de China es muy buena haciendo negocios”, dice Yu Fengkang, dueño de una fábrica de ropa que se dedica a la exportación. “Cuando llegan a un sitio, los qingtianeses miran a ver como está la situación y en seguida buscan la mejor forma de ganar dinero”.

En la fábrica de Yu Fengkang, con 160 empleados, se trabaja de lunes a domingo y se duerme en habitaciones de seis y diez personas. Todo esto por 2000 yuanes (200 euros) al mes y con quince días de vacaciones al año. Con estas condiciones, que son consideradas normales en China, no es extraño que cuando los chinos llegan a España sean igual de laboriosos. En la reciente redada en Mataró, donde se detuvieron a 77 personas por explotación laboral de sus compatriotas chinos, muy pocas de esas víctimas entendieron cuál era el problema. Ellos estaban en España, trabajaban duro y ganaban 600 euros al mes. A eso habían venido a Europa.

Aún así, los que lleguen a este pequeño distrito esperando un lugar pobre y miserable se llevarán una sorpresa. Las condiciones de vida en Qingtian son mucho peores que en los países occidentales, pero para ser China, un país con diez veces menos renta per cápita que España, el distrito ha tenido suerte. Situada al sur de Zhejiang, una de las provincias más ricas de China, la zona se ha beneficiado del desarrollo de ciudades cercanas como Wenzhou, Ningbo o Yiwu, todas ellas desconocidas en nuestro país pero que en China son sinónimo de éxito económico. A esto hay que añadir los euros provenientes de Europa, que se encargan de abrir restaurantes y tiendas, comprar los mejores inmuebles y montar nuevos negocios.

“La vida es dura en Europa”

Debido a la experiencia cercana de familiares y amigos, todo el mundo sabe en Qingtian que la vida en España no es el paraíso. En un contexto cultural desconocido y sin dominar el idioma, los chinos trabajan jornadas interminables para poder saldar las deudas del viaje y ahorrar dinero.
“Los chinos no nos acostumbramos a España, es muy distinto”, reconoce Liao Xin, que lleva diez años en nuestro país y ahora está de visita en Qingtian. “No tenemos donde comer o donde divertirnos”.

Algunos de ellos, como Erik (en su nombre italiano), un joven de 27 años que trabajó durante siete años en el norte de Italia y uno en Barcelona, han decidido volver . “La vida allí era muy dura. He vuelto porque aquí tengo mejores oportunidades de trabajo”. Con los euros ahorrados en Europa, Erik tiene ahora un negocio de muebles. “Con dinero, en Qingtian `la vita è bella?”, dice con una sonrisa de oreja a oreja antes de entrar en uno de los numerosos pubs que pueblan el centro de Qingtian.

Mientras en Italia y España los chinos no son bien valorados y ocupan un status social modesto, los emigrantes que vuelven a Qingtian con los bolsillos llenos de euros lo tienen fácil para saltar un escalón social. De trabajar en un todo a cien en España a montar tu propio negocio en Qingtian.

Volver para buscar esposa

Aunque muchos estén en Europa, los qingtianeses no se olvidan de su lugar de origen. Los chinos con más recursos que viven en España suelen volver una o dos veces al año a su tierra (para celebrar el Año Nuevo Chino y en verano) y en algunos casos prefieren que sus hijos más pequeños reciban la educación en su país de origen. “Al fin y al cabo, somos chinos”, dice Liao Xin, que después de diez años en España todavía tiene un hijo de siete en Qingtian del que cuidan sus abuelos. “Tal vez dentro de unos años me lo lleve a España, pero de momento prefiero que siga en China”.

Otro de los vínculos con la tierra viene a través de los matrimonios. En los meses de verano, muchos de los huaqiao (como se conoce a los emigrantes en China) vuelven a Qingtian para buscar pareja. Uno de ellos es Lin Ming, que ha vuelto desde Valencia: “No me entiendo con las mujeres españolas, a ellas no les gustamos los chinos”, dice en su lengua materna porque reconoce que no habla bien español.

En la misma situación se encuentra Andy (por su nombre en inglés), al que después de siete años en Estados Unidos sus padres le han dado un mes para volver a Qingtian, encontrar mujer, casarse con ella y llevársela de vuelta a Colorado. “Mucha gente me pregunta por qué no me caso con una estadounidense… pero la verdad es que yo soy chino y a mí me gustan las chinas. El problema es que cuando llegué a Qingtian tenía un mes… ahora ya sólo me quedan dos semanas”, comenta mientras apura un vaso de cerveza y pasea la mirada por el bar en busca de su futura esposa.

Los emigrantes revolucionan Qingtian

Los euros provenientes de Europa han modificado el paisaje de Qingtian. El sector de la construcción está en auge, se está fomentando el turismo en torno a las zonas naturales y surgen nuevas empresas que se aprovechan del crecimiento económico de Zhejiang. En el centro de Qingtian abundan los restaurantes, pubs, karaokes y peluquerías de lujo que se encargan de dar servicio a los nuevos ricos. Qingtian se ha convertido en uno de los mejores lugares de China para tomar café (traído directamente de Italia, como las máquinas de café) y uno de los pocos lugares donde la cerveza se puede acompañar con platos de jamón serrano.

Algunos extranjeros también han probado suerte en Qingtian. Entre ellos está Andreas Lombini, que junto a tres compañeros (uno de ellos de Qingtian) ha abierto hace cuatro meses un restaurante italiano donde las pizzas se cobran a 70 yuanes (7 euros) y la lasaña a 80 (8 euros). Pocos hubieran pensado hace una década que un restaurante tan exclusivo pudiera triunfar en un lugar tan remoto y pequeño como éste. “¿Has visto los coches por la calle?”, pregunta mientras ofrece un lícor de plátano a uno de los clientes. “Aquí la gente tiene mucho dinero”.

Pero la labor de los emigrantes no se reduce a bares y restaurantes. “Su influencia es muy fuerte en Qingtian, se nota en todos los aspectos”, dice Fan Kaiqing, periodista en la televisión local, que destaca su labor en la construcción de nuevas carreteras e infraestructuras, empresas que dan trabajo a los locales y fondos para conservar el patrimonio cultural. Muchos emigrantes vuelven a Qingtian para convertirse en líderes en el campo, desde donde donan generosas sumas de dinero para fomentar el desarrollo en las pobres zonas rurales que ellos abandonaron hace años.

A pesar de su importancia para los emigrantes a España y Europa, Qingtian no es más que una de las escalas de una migración mucho mayor. Con la salida al extranjero de tantos jóvenes de este distrito, ahora los trabajos más duros son realizados por gente que viene de provincias más pobres como Anhui, Henan, Hunan y Jiangxi. El camino hacia la supervivencia en China tiene varias vertientes y pasa por distintas migraciones: del campo a la ciudad, de las provincias pobres a las desarrolladas, de China al extranjero. La de Qingtian es la ruta a España.

Boda China (I): ceremonia tradicional

En un país tan grande como China, ya os podéis imaginar que las bodas varían mucho de una región a otra y de una familia a otra. En mi caso tuve la suerte de asistir a la boda de dos buenos amigos, An Guoyuan (él) y Zhaochuan (ella), en el pequeño y precioso pueblo de Wugang (provincia de Henan).

Tanto An Guoyuan como Zhaochuan decidieron celebrar su boda al estilo tradicional. No es algo frecuente en China, donde, sobre todo en las grandes ciudades, el estilo occidental se ha impuesto a la hora de hacer oficial el matrimonio. En Pekín, Shanghai o Guangzhou, casi todas las parejas visten el traje occidental, se han olvidado de la mayoría de rituales tradicionales y pasean por la alfombra roja bajo la tradicional música occidental de matrimonio. Muchos, aunque no sean cristianos, acuden frente a las iglesias de su ciudad para sacarse una foto que les recuerde a las bodas de Hollywood.

Antes de meternos de lleno con la ceremonia, conviene decir que Guoyuan y Zhaochuan ya estaban casados. Se conocieron en septiembre de 2005, se sacaron las primeras fotos vestidos de novios en julio de 2006 y obtuvieron la licencia de matrimonio (结婚证) en el verano de 2007. Es algo que hoy en día hacen muchas parejas chinas: primero acuden al juzgado y se casan y unos años después hacen la gran ceremonia. En su caso, el gran día fue el viernes cuatro de septiembre de 2009, que siguiendo la tradición china y de acuerdo a sus fechas de nacimiento y horóscopos, se presentaba como un día propicio para su matrimonio.

Sus certificados de matrimonio

Desde antes de las siete de la mañana, los novios y sus familias comienzan a prepararse para la celebración del gran día. Ella, que es originaria de Hanzhong (provincia de Shaanxi), se encuentra en un hotel con algunas amigas esperando su llegada; él agasaja con frutas, dulces, tabaco y bebidas a todo el que pasa por su casa.

El novio se pone su traje tradicional, que imita el estilo de la dinastía Song, con el bajo amarillo, sombrero azul y dragones como decoración. Antes de bajar a la calle, familiares y amigos despejan el camino con petardos, como forma de espantar a los malos espíritus y augurio de felicidad.

Ya debajo de su casa, le espera un grupo de músicos que entonan canciones tradicionales, el frente de la comitiva (compuesto por seis personas de amarillo que portan carteles de yingqin -迎亲-), un vehículo para la ocasión que lanzará petardos por todo el pueblo y un caballo que le tiene que llevar hasta la habitación de su futura mujer.

Un coche especial sólo para lanzar petardos

Frente a la casa, se ha montado tal revuelo que todos los vecinos se concentran allí para ver al novio. Aquí le espera también el vehículo en el que se deberá instalar la novia, un clásico de las bodas tradicionales chinas llamado huajiao -花轿-. Toda la ceremonia está coordinada por un joven de la empresa encargada de montar la boda, que se mueve entre el novio, los familiares y amigos dando instrucciones.

El famoso carruaje en el que va la novia

Después de salir de casa del novio y de organizarnos un poco, la comitiva se pone en marcha hasta llegar al hotel donde se encuentra la novia. Tradicionalmente el novio debe ir a casa de la novia para buscarla, pero como ella no es originaria de Wugang, se ha optado por la opción del hotel. A lo largo de la media hora de trayecto, con algunos pocos invitados siguiendo la comitiva y mucha expectación por las calles del pueblo, el novio y resto de organizadores lanzan caramelos a la gente.

Una vez frente a la puerta de la habitación de la novia, comienza una de las partes más divertidas de la ceremonia. Las acompañantes de Zhaochuan tienen el objetivo de ponerle las cosas difíciles al novio e impedir que entre, así que para eso le piden hacer determinadas pruebas. Primero el novio grita y pide que le dejen entrar; ellas se niegan. El novio les da un sobre (los famosos hongbao), una especie de soborno y muestra de que con él llega el dinero. Los acompañantes del novio gritamos el nombre de la novia desde el pasillo, iluminado sólo con unas pocas velas, intentando convencer a las acompañantes de la novia para que nos dejen entrar. No hay manera.

Al poco rato, las acompañantes piden al novio que cante una canción, y este se lanza con La luna muestra mi corazón (月亮表示我的心). Parece ser que su actuación las ha convencido, ya que éstas abren la puerta y finalmente el novio puede entrar en la habitación. Allí le está esperando su novia, vestida también con el vestido tradicional rojo chino y con un velo que le cubre el rostro.

Las acompañantes le piden al novio que levante el velo y compruebe que es ella y no le han engañado con otra mujer; no hay error. A los pocos segundos, otra prueba espera al futuro marido. La novia no tiene los zapatos puestos, así que hay que buscarlos por toda la habitación. La comitiva se pone manos a la obra y se encuentran rápidamente, recibiendo cada uno de ellos otro hongbao con unos pocos yuanes dentro.

Las acompañantes ayudan a la novia a ponerse los zapatos y la comitiva se dirige hacia la calle. La novia sigue llevando el velo puesto, con lo que no ve casi nada de lo que pasa a su alrededor. La música sigue sonando mientras el novio guía a su pareja con una tela roja por la que ambos van unidos.

Una vez abajo, Zhaochuan se instala en el carricoche y la comitiva se vuelve a poner en marcha, de vuelta a la casa del novio. Por el camino, más de lo mismo: petardos, confeti, caramelos. El novio sigue en el caballo y la novia en su carruaje.

Al llegar a la casa del novio, allí están esperandoles sus padres. Esta es la culminación de todo lo que hemos visto antes: la entrada en la familia de la novia. En la tradición china, la mujer es siempre la que abandona su familia para entrar a formar parte de la familia de su marido. Frente a los padres de él, ambos les muestran su respeto inclinándose ante ellos: el jefe de ceremonias culmina la unión deseándoles un matrimonio lleno de felicidad.

Después de esta breve ceremonia, en una casa adornada para la ocasión con globos y carteles de “felicidad” (el carácter xi, 囍, doble felicidad, que también se encuentra en el velo de la novia), los dos entran en la habitación conyugal, en la que de hecho ya llevan viviendo juntos más de un año. Ésta también ha sido preparada para la ocasión, con sábanas y cortinas nuevas, todo en color rojo.

Allí la novia se sienta, el marido le quita definitivamente el velo y comienza otra sesión de rituales. El primero de todos, y sin duda el más gracioso, es organizado por uno de los amigos de la pareja. La novia tiene que hacer pasar un huevo (con peligro de que se rompa) desde una pierna del pantalón hasta la otra, pasando, evidentemente, por las partes nobles de su pareja. El huevo simboliza la fertilidad y la consecución de esta prueba, para la que la novia necesitó por lo menos diez minutos.

A continuación, el novio le da de comer a ella una pasta (miantiao -面条-), también como símbolo de buen augurio y fertilidad. Ella repite la misma operación. Después de eso, un pequeño recipiente llega con agua, la cual utilizan los novios para lavarse la cara como símbolo de limpieza y renovación antes de entrar en el matrimonio.

Los rituales se han acabado y ahora llega la hora de las fotografías. Desde invitados hasta familiares, todos aprovechamos el momento para sacarnos fotos con la pareja. Será el único momento de toda la ceremonia en el que vistan el traje tradicional chino. Después de esto, los invitados y la pareja se preparan para el siguiente paso: cambio de traje, ceremonia en el hotel y banquete.

Jamón de Yunnan (y otras delicatessen)

No es el jamón serrano español, pero se parece mucho. Es el jamón (aquí llamado huotui -??-) que cuelga en muchos de los comercios y restaurantes de Yunnan, y que es típico de esta provincia de China. Da un aire muy castizo a sus ciudades y pueblos, para que nos vamos a engañar:

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A parte de este jamón, en Yunnan se comen muchos otros embutidos, como pude comprobar en la cena de Año Nuevo Chino. Por la provincia se pueden encontrar todo tipo de chorizos, jamones y sucedáneos:

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Mi amiga de Yunnan, Xiao Mao, me había dicho que en ocasiones este jamón se come crudo, aunque yo siempre lo he visto pasado por la sartén. En uno de los restaurantes me tomé uno que estaba exquisito, un jamón con pimientos y ajo que sólo de ver la foto me entra el hambre…

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Otra de las particularidades a la hora de comer en esta provincia de China es que muchos restaurantes no tienen carta. Los alimentos se exponen a la puerta o en el interior del local, y el cliente escoge lo que quiere comer y la forma en la que quiere que sea preparado. Es algo así como lo que pasa con determinados mariscos en España, pero aplicado a todos los platos (champiñones, berenjenas, patatas…):

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Nota: ya que hablamos de comida en Yunnan, he de decir que es uno de los lugares donde he comido el mejor pescado de mi vida. La provincia también es famosa por sus “cruzar el puente noodles de arroz” (????), una auténtica delicia, y todas sus variedades de baba -??-, una especie de pan que se cocina de mil formas. Los pinchitos de patatas se encuentran en todos los pueblos y ciudades (con gambitas dentro, picantes, en brochettes…). Yunnan también es famoso por su queso de cabra, que a pesar de todos mis intentos, no he conseguido probar.

Hospitalidad china

De todos los estereotipos que se manejan sobre los chinos, creo que el más desacertado es el de esa supuesta cerrazón hacia lo extranjero. Creo que los chinos viven fascinados por todo lo que viene de fuera, sobre todo si es de Occidente. Se mueren por ver las últimas películas de Hollywood y no dudan en copiar aquello que ha funcionado en otros países.

A esta fascinación por lo extranjero, se junta una hospitalidad desbordada. En pocos países un extranjero se puede sentir tan bien recibido como en China. Durante el viaje que estoy haciendo ahora mismo, ya he pasado por tres familias chinas, en las cuales me sentí halagado por el acogimiento que recibí. No se trata sólo de la comida y las sonrisas, sino de las zapatillas al entrar en su casa, del increíble acogimiento con el que uno es recibido en un hogar ajeno.

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En mi paso por una familia de Chongqing (la última foto), durante la cena, la abuela dijo una frase que no se me olvidará nunca. Esta señora, que tenía problemas para caminar y apenas escuchaba, soltó la frase como si tal cosa, con la curiosidad de quien nunca ha estado en el extranjero: “nosotros los chinos tratamos tan bien a los extranjeros… ¿será igual cuando nosotros vamos fuera?”.

Un cigarrito para ti, otro para mí

Otra de las cosas que forman parte de las celebraciones del Año Nuevo Chino son los cigarrillos. En China se fuma mucho (es el mayor productor de tabaco y con uno de los porcentajes más altos de fumadores del mundo) y forma parte de la vida social en este país. Durante el Año Nuevo Chino se fuma antes, durante y después de la cena, y es costumbre ofrecer cigarrillos a todo el mundo antes de empezar el tuyo propio.

En el lugar en el que yo estaba, debido a su cercanía con Yuxi (uno de los mayores productores de tabaco de Asia, con la marca Hongtashan a la cabeza), el fenómeno era extremo. El día de la víspera, cada vez que entraba en una tiendecilla a comprar una botella de agua, me ofrecían un cigarro. Durantes las comilonas, casi todos los familiares habían hecho acopio de las mejores marcas (en algunos casos la cajetilla llegaba a valer 200 yuanes -18 euros- cuando el precio normal no suele pasar de 10 yuanes). Es una forma de mostrar respeto y generosidad hacia los demás, porque en algunas ocasiones estás recibiendo cigarrillos que valen más que una cajetilla entera.

Como en muchos otros lugares, el fenómeno en este pueblo de Yunnan era masculino. En esta zona, si eres varón y tienes más de 18 años, fumas. Sin embargo, no vi a ninguna de las mujeres de la familia encender un cigarrillo durante los tres días de celebraciones. Mi amiga Xiao Mao me comentó que, cuando llegó a Pekín, se llevó una gran sorpresa al comprobar que había hombres que no fumaban.

Otra de las particularidades de la provincia de Yunnan son las pipas de agua. Las había visto en películas y son uno de los emblemas de la provincia. Es frecuente encontrar a gente en la calle, bares y restaurantes fumando por estas pipas, hechas de bambú o de madera. Suelen utilizar un tabaco especial, aunque muchos otros (por ejemplo, en la familia con la que yo estaba) utilizan cigarrillos normales. Como soy un hombre que intenta adaptarse a todas las culturas que se encuentra a su paso, no pude resistir la tentación de probarlas:

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Ya que nos hemos desviado del tema, hay que decir que Yunnan ha sido considerada durante mucho tiempo la meca de la droga en China. Debido a que es frontera con Myanmar, Laos y Vietnam, las drogas casi siempre entraban al país por esta puerta. Aunque mi amiga Xiao Mao me dijo que todo esto eran cosas del pasado y que los controles anti-droga se han intensificado mucho, lo cierto es que todavía queda algo de todo esto.

Año Nuevo Chino (III): el día después

[En anteriores ediciones: Año Nuevo (II): el gran día, Año Nuevo (I): la víspera]

Día después del Año Nuevo Chino, 27 de enero. Seguimos con las celebraciones familiares. En este caso, y después de dos días, vamos a casa de los abuelos maternos de Xiao Mao. Una vez más queda clara la preferencia por la línea paterna de la familia: los días más importantes se han pasado en casa de los familiares de su padre.

Otra cosa interesante en cuanto a la diferencia de género, y que me recuerda a España, es la división que casi siempre se produce a la hora de comer. Los hombres ocupan una mesa, donde beben alcohol y fuman (después juegan a las cartas apostando dinero). Las mujeres y los niños están en otra mesa, muy cerca, y ni beben ni fuman.

Después de comer y cenar en casa de sus abuelos maternos, las celebraciones no podían acabar de otra forma: visita al Karaoke. Gran parte de la familia acudimos juntos a un karaoke del pueblo, tanto mayores como niños. Fue una situación que me pareció bastante graciosa, porque ver juntos en un karaoke a gente de 60 y de 8 años juntos es toda una experiencia.

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Año Nuevo Chino (II): el gran día

El día de Año Nuevo Chino es uno de esos pocos días en China en los que no hay gentes por las calles y la mayoría de los comercios están cerrados. Pasear por los lugares donde antes había tanta actividad y tantos miles de personas suele impresionar bastante. China es un país muy activo, con mucha gente, con unas ciudades llenas de energía… y el día de Año Nuevo todo parece desierto, como ciudades fantasma…

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Como pasa en España con las Navidades, el día de Año Nuevo Chino casi pasa a un segundo plano: lo importante es la víspera. Aún así, el día está repleto de actividades y reuniones familiares, comidas, cigarros y bebidas.

Este día (26 de enero) nos fuimos una vez más a casa de la abuela paterna de Xiao Mao. En esta ocasión llegamos un poco antes, sobre las diez de la mañana, para poder disfrutar de la comida. Una vez más, platos, platos y más platos: comer, beber, fumar, hablar…

Por la tarde, los más jóvenes, acompañados por la abuela, acudimos al templo budista más importante del pueblo. Allí había un montón de gente, todos ellos ofreciendo comidas y bebidas a los Dioses y haciendo sus oraciones. La abuela y su hija había pasado allí toda la noche. Eran sin duda alguna las más religiosas de la familia (el resto de los mayores no pisaron un templo durante los tres días de celebración) y se habían pasado ahí toda la noche. Otra de las cosas que no hicieron durante estos días (a diferencia del resto de la familia, que nos pusimos morados) fue comer carne.

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Después de esta visita en el templo, una vez más vuelta a casa, para seguir comiendo. En este sentido el ambiente se parece mucho al de cualquier Navidad en España: al final todo se trata de estar con la familia, hablar, comer y beber.

Una de las particularidades de este día es que la gente no se puede duchar (una vez más, estoy hablando de esta familia de Yunnan). Como el año nuevo acaba de comenzar, se supone que todo lo que trae es bueno, por lo que no se puede echar a perder (por eso mismo se supone que no se puede limpiar la casa). En Yunnan, además, la mayoría de casas funcionan con energía solar, con lo cual cuando no hace sol (como fue el caso de los días previos al Año Nuevo) la gente no tiene agua caliente. Por eso mismo, parte de la familia se fue a duchar el día anterior en los baños públicos.

Este día fue bastante tranquilo, muy familiar. Como decía antes, de lo que se trata en estas fiestas es de estar con la familia.

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Más
Año Nuevo (I): la víspera
Año Nuevo (III): el día después

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