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En China se triunfa en el karaoke
[publicado en Soitu]
Olvídate de bares de copas y discotecas. En Pekín, la fiesta está en los karaokes. No importa tu edad ni tu condición social: desde adolescentes hasta mayores, pasando por pobres estudiantes y ricos empresarios, todos se lanzan al micrófono como principal forma de diversión. Según los hombres de negocios más experimentados, en China los contratos multimillonarios se firman en los karaokes. Si no has pasado por uno de ellos, se puede decir que no has estado en el país.
Para empezar, uno tiene que olvidarse de los pocos karaokes que ha visto en Occidente. En China, como casi siempre en Asia, los karaokes están formados por pequeñas salas privadas de unas diez personas. Aquí no se canta para todo el bar; se canta con y para los amigos. Aunque hay establecimientos de todo tipo, el equipo de sonido y equipamiento pueden sorprender a los más despistados: pantallas planas de más de 30 pulgadas, dos micrófonos por sala y ordenador para seleccionar las canciones. Todo muy moderno e informatizado.
Algunos locales, como el Tango de Pekín, ofrecen comida y bebida gratis (todo lo que tenga alcohol se paga aparte). En este excepcional local de la capital de China, que sorprende por su estilo vanguardista y espléndido servicio, se puede alquilar una sala por 360 yuanes (36 euros) desde las doce de la noche hasta las seis de la mañana. Seis horas durante las cuales disfrutas de buffet libre: hamburguesas, sushi, pastas, verduras, ensaladas y todos los refrescos que te puedas beber. Nada como algo de comida entre canción y canción.
¿Qué se puede cantar? Por suerte para los que no estamos demasiado familiarizados con la música china, la mayoría de karaokes suele tener una buena selección de canciones en inglés. The Beatles, Michael Jackson, The Eagles o Avril Lavigne están entre los clásicos que los expatriados no se cansan de cantar. El español suele sonar muy poquito, aunque siempre se puede probar con Shakira, Ricky Martín o Juanes. Y si quieres impresionar con tu chino y pasar por un lugareño, puedes aprenderte algunas de las canciones más emblemáticas de los karaokes chinos: entre ellas , la marchosa “La chica de enfrente, Amigos, la clásica Dulce amor o la romántica A los ratones les gusta el arroz.
Sea cantando en chino o en otro idioma (el japonés y coreano siempre están presentes), una experiencia auténtica en un karaoke (también llamados KTV) tiene que ser de la mano de los locales. Los karaokes son mucho más que un lugar para cantar: es un espacio privado donde divertirse y donde cabe todo. Bebidas, cigarrillos y ligues acompañan las canciones con naturalidad. Los karaokes, en cierto sentido, son como nuestros bares de copas. Y merece la pena descubrir como se lo montan los chinos.
En Pekín, uno de los lugares más impresionantes para darse a la canción es el Wain Wain, un desconocido karaoke y restaurante japonés situado en la planta número 35 de la parte más moderna de la ciudad. Las salas de este karaoke son como tatamis, muy acogedoras, y el local oferta servicios con comida y bebida hasta que te canses (en este caso, alcohol incluido). Pero lo más espectacular de este lugar son las vistas: con unas amplias cristaleras, puedes disfrutar de las luces de los rascacielos de Pekín mientras entonas la Macarena.
Antes de que os dejéis llevar por las luces de neón de los KTV, una advertencia: algunos de ellos disponen de señoritas que ofrecen servicios especiales. En la ciudad de Hangzhou, cerca de Shanghai, unos amigos recién hechos me llevaron al karaoke que ellos frecuentaban cada fin de semana. En cuanto nos instalamos en nuestra sala privada, y ante mi sorpresa mayúscula, la ‘mama’ del local comenzó a presentar a las chicas que estaban disponibles esa noche. No siempre se acaba en la prostitución, pero las señoritas de compañía (que cantan, beben y juegan a los dados con los clientes) son un fenómeno frecuente en China.
Una selección de los mejores de Pekín
- Partyworld: la famosa Qiangui, una empresa de origen taiwanés que se ha hecho de oro en China, es casi sinónimo de karaoke. Bajo el nombre de Partyworld, disponen de uno de los mejores equipos de sonido, la mayor variedad de canciones en inglés y un buffet inacabable. El clásico de los clásicos.
- Wain Wain: este local situado en las alturas de Pekín no sólo ofrece algunas de las mejores vistas de la capital, sino una buena selección de comida japonesa y occidental a precios razonables. A parte del karaoke, también se puede jugar a la Nintendo Wii.
- Tango: cerca de El Templo de los Lama, es una opción diferente, elegante y con muy buena comida. El local ofrece la posibilidad de grabar en un CD tus actuaciones musicales. Si te cansas del KTV, siempre puedes cambiar a la discoteca de la primera planta o a la sala de conciertos de la tercera.
- Melody: una de las cadenas de karaokes más famosas de Pekín, con varios locales en la capital. Ambiente agradable, un montón de canciones en inglés y excelente sonido. Como en el resto de karaokes, los horarios menos habituales (todo lo que no sea fin de semana por la noche) son los más económicos.
La emisión televisiva del Día Nacional
El pasado 1 de octubre, cuando se celebraron los sesenta años de la fundación de la República Popular China, todo el país estuvo pendiente de la televisión. Varios aspectos de la retransmisión de estos actos (desfile militar, desfile civil y fiesta nocturna) han traído cola y se debaten acaloradamente en Internet:
Publicidad. En el momento en el que Hu Jintao está pasando revista a las tropas, algo llamó la atención de los internautas chinos. A pesar de todo el control que rodeó a la ceremonia y de haber tapado otras marcas de publicidad, la japonesa Toshiba gozó de diez segundos de publicidad en horario de máxima audiencia. ¿Estaba así planificado o fue un despiste?

Chapuceros. Comparado con el desfile de 1999, algunos se han sentido defraudados por el espectáculo televisivo de este año. Hace diez años la encargada de la producción fue la Eight One Film Study, que prestó mucha más atención a elementos artísticos y cinematográficos. Este año la encargada fue la televisión pública china, la CCTV, que se centró en aspectos más informativos. Algunos chinos consideran que la emisión de la CCTV fue menos emotiva, con menos estilo, menos profesional.
Otros internautas han facilitado directamente imágenes de algunas de las chapuzas de la CCTV. Entre ellas, escenas en las que los propios cámaras aparecen en pantalla.

¿Dónde lo vemos? Si alguien quiere echar un vistazo al desfile militar y celebraciones, podéis ver la emisión entera en Youku. Este vídeo de aquí abajo, hecho por el fotoperiodista Dan Chung, muestra en poco más de tres minutos algunos de los mejores momentos.
China’s 60th Anniversary national day – timelapse and slow motion – 7D and 5DmkII from Dan Chung on Vimeo.
Pekín is cool
[escrito para Soitu]
Un paseo por la escena underground de la capital china
La primera vez que me encontré con Lifu, un joven de la escuela de cine que siempre viste de negro y al que todo el mundo confunde con un coreano, me di cuenta de que me adentraba en terreno desconocido. Los sitios a los que me llevaba no aparecían en las guías de viaje y no era el típico joven chino obsesionado con los estudios y el dinero. Fue gracias a Lifu, este veinteañero amante del rock británico, que comencé a explorar el Pekín más cool, los lugares donde se mueve la cultura underground en China.
La zona preferida de Lifu está en torno a la Torre del Tambor (conocida popularmente como Gulou), en el centro de Pekín, un lugar que todavía conserva el espíritu de pueblo de la que hoy es una urbe de 17 millones de almas. En medio de estas casas de un solo piso, hutongs enrevesados y el lago de Houhai, han surgido locales de diseño de ropa, restaurantes minimalistas, salas de conciertos, tiendas de música y cafés para bohemios. Una marca de ropa popularizó el espíritu de estos jóvenes alternativos en una de sus camisetas, donde tres caracteres y un corazón lo resumían perfectamente: “Amo a Gulou”.

Mi amigo Lifu me hizo darme cuenta de una cosa: en Pekín, los lugares más cools están casi siempre relacionados con el Rock and Roll, un estilo de música que la mayoría de chinos consideran “demasiado ruidoso”. Es por eso que el Mao Livehouse, un local en Gulou que programa conciertos de miércoles a domingo y cuenta con el mejor equipo de sonido de la ciudad, se ha convertido en uno de los lugares más emblemáticos de Pekín. Por aquí han pasado algunos de los grupos chinos más conocidos (Carsick Cars, Brain Failure, Lonely China Day, Queen Sea Big Shark), que tocan con la imagen de fondo de Mao Zedong (otra paradoja más de la nueva China) y ante los que la audiencia se vuelve loca. En los grandes conciertos, no hay nada como el Mao para romper con los estereotipos de la juventud china: saltos, empujones, compañerismo, gritos… lo importante es dejarse llevar por la música.
En eso están muchos otros locales de Pekín, como The Star Live, 2 Kolegas, 13 Club o Yugong Yishan. Otro del que uno no puede olvidarse, a pesar de estar en la alejada zona de las universidades, es el D-22. Este local es un refugio con estilo, sin vanas pretensiones, con mucha personalidad y con el rock independiente chino como bandera
de su parrilla musical. El local tiene su propia discográfica, Maybe Mars, y se ha encargado de promocionar a algunos de los grupos underground más famosos del momento: Hedgehog, PK14, The Scoff o Joyside. “Dentro de 30 años, la gente en China va a pensar que estos años fueron una locura”, me comentó Michael Pettis, el trotamundos estadounidense que dirige el D-22. Este bar es uno de los causantes de mantener esa locura todos los fines de semana.
Lo bueno de la escena de música alternativa de Pekín es que todavía no se ha profesionalizado. Todos los grupos, a pesar de que alguno haya cosechado premios internacionales, no se pueden desprender de un aire amateur al subir al escenario. Al contrario de lo que pasa en algunas capitales europeas, las oportunidades para los principiantes son muchas: mi amigo Lifu, con su reciente grupo Oliver, ya ha tocado en los principales garitos de la capital de China.
De vuelta a Gulou, el rock ha dado paso a una nueva tendencia en el mundo de la moda. Los que quieren ser diferentes en Pekín acuden a las numerosas tiendas que han surgido en esta zona, donde hay establecimientos de ropa de segunda mano, marcas alternativas asiáticas y toda una nueva fiebre de diseñadores independientes. Entre estos últimos, que se han instalado hace tan sólo un par de años, se puede echar un vistazo a las nuevas creaciones de Zakka, Plastered-8, la retro Bye Bye Disco o Navel. En China es complicado encontrar gente rara, pero en Gulou el paisaje urbano es distinto: pantalones sueltos, tatuajes, piercings, fundas de guitarra, pelos teñidos de cualquier color, sombreros del siglo XIX, hombres que se meten mano y camisetas reivindicativas forman parte de un barrio lleno de historias nocturnas.
Cuatro siglas, NLGX, (que incluso se han convertido en otra marca de ropa) llevan a otro de los templos de lo cool en Pekín: Nanluoguxiang. Este antiguo hutong, aunque se haya convertido en una atracción turística de tercer orden, ofrece la oportunidad perfecta para imitar a los bohemios parisinos: puedes comprarte una pipa a lo Sherlock Homes, escribir tus notas sobre las libretas de tapas de cuero a 40 yuanes (4 euros) y apurar tu café en los cómodos sillones que dan a la calle. Nanluoguxiang, con una red wifi que recorre toda la calle gracias a sus restaurantes y cafeterías, se ha convertido en el refugio de corresponsales, artistas, escritores y bohemios.

Todos estos bares, cafeterías y tiendas de diseño de Gulou se encargan también de promocionar otro tipo de actividades underground: desde pequeños conciertos con guitarra en el Guitar Bar hasta lecturas de poesía china en el Jianghu, pasando por grupos de Xinjiang en el hispano Salud, películas todos los días en cinéfilo 16mm o exposiciones de fotografía en el Interesting Photo. También es un buen lugar para comprar películas chinas y rusas de la época comunista, posters de la Revolución Cultural o la música alternativa que se escucha en los locales cercanos y que es imposible conseguir en el resto de la ciudad (y del país).
Lejos de Gulou, al noreste de la ciudad, tres números dan la clave para descubrir otro de los lugares más chulos de Pekín: 798, el distrito artístico más famoso de China. Este antiguo complejo industrial se ha reconvertido en un agradable conjunto de galerías de arte, librerías y cafés, un lugar imprescindible para tomarle el pulso al movimiento cultural de Pekín. Para aquellos que todavía quieran explorar más, Songzhuang, un pueblo situado a las afueras de la ciudad, se ha convertido en el lugar de residencia y trabajo de los artistas más marginales y desconocidos. Y Sunzhuangcun, cerca de la estación de metro Liyuan, donde los salarios son más asequibles para aquellos que viven de sus creaciones artísticas, también se ha transformado en un reducto interesante de los rockeros más ruidosos.
Por si te has quedado con ganas, más sitios guapos:
* Bed and Bar: un local donde te puedes tomar una cerveza tumbado en la cama. Tendrás que tener cuidado de no quedarte dormido, porque el lugar es de ensueño: las habitaciones privadas, el patio interior tradicional chino y la vegetación hacen de este sitio uno de los más cools de Pekín.
* Jiangjinjiu Bar: a diez pasos de la Torre del Tambor, el Jiangjinjiu Bar es un lugar ideal para escuchar los sonidos de las minorías étnicas chinas: los grupos mongoles, tibetanos y de Xinjiang siempre se pasan por aquí.
* 2 kolegas: otro de los lugares más guays para escuchar música alternativa, innovadora y arriesgada. El local parece la casa desordenada de un adolescente (en el baño te puedes encontrar el cepillo de dientes de alguno de los trabajadores), pero ahí reside su encanto.
* Jianghu: como en muchos otros casos, lo más guay del momento está muchas veces relacionado con la vuelta al pasado. El Jianghu es buen ejemplo de ello: este local situado en las inmediaciones de Nanluoguxiang organiza lecturas de poesía china, piezas de teatro y conciertos con instrumentos tradicionales chinos.
* Yugon Yishan: de todas las actividades que organiza este local, una de las más interesantes son las películas de los domingos. La asociación Cherry Lanes se encarga de traer películas que no están a las salas comerciales, pero que casi siempre responden a las expectativas del cinéfilo más exigente.
* Music Space: situada en Nanluoguxiang, esta tienda es el lugar ideal para comprar los CD´s de los grupos más interesantes del momento.
* Festivales de música: son la mejor ocasión para disfrutar de los mejores grupos de rock del país y ver concentrados en unos pocos metros cuadrados a todos los locos (en el buen sentido) de Pekín. El más conocido es el Midi Festival, que normalmente se celebra en mayo. Otro que uno no puede perderse es el Modern Sky Festival, en octubre.
Nueve años en la universidad
La primera vez que pisé una Universidad tenía 18 años, había llegado a Madrid con dos cajas llenas de libros y mis padres me acompañaron hasta allí para sacarme una foto frente a la facultad. Hoy, nueve años más tarde y cinco universidades después, he escrito las últimas líneas de un examen. Paseando en torno a la pagoda y al lago de mi última escuela, la Universidad de Pekín, me ha entrado la nostalgia después de tantos años de lecturas, proyectos y profesores de todo tipo. Me ha parecido que hoy era un buen momento para compartir mis experiencias durante estos nueve años.
Universidad Complutense de Madrid, 2000 – 2004

Cuando con 18 año abandoné Gijón para estudiar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), no sabía muy bien qué era aquello de la universidad. Me sentía orgulloso de haber llegado a donde nunca tuvieron oportunidad mis padres. Incluso me imponía respeto. “La Universidad es otra cosa”, me decía todo el mundo. Allí los profesores serán más exigentes, tendrás que estudiar duro, “la universidad es otra dimensión”.
La realidad resultó bien distinta. Decir que la Facultad de Ciencias de la Información era un desastre sería un eufemismo. La burocracia era interminable, la eficacia de la administración inexistente, el nivel de los profesores mediocre y los medios de los que disponíamos insuficientes. Cada año entraban a la Facultad, sólo en la rama de periodismo, 900 alumnos. En cada clase había 150 estudiantes. En toda la Facultad (unos 10.000 estudiantes) disponíamos de cuatro cámaras de televisión. Yo una vez llegué a ver una, el cuarto año de carrera, cuando tuvimos cuatro horas de prácticas en una especie de plató de televisión.
Mucha gente (sobre todo aquellos que no han estudiado allí) considera la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM como uno de los mejores centros para estudiar periodismo en España. La plantilla de profesores está llena de nombres gloriosos y académicos ilustres, periodistas que han trabajado al más alto nivel en los mejores medios españoles. No dudo de que en determinados medios profesionales o académicos puedan ser brillantes, pero, como profesores universitarios, su nivel no llegaba al de mis profesores de instituto. La mayoría de ellos consideraba las clases como una ocupación secundaria (seguramente tendrían cosas más importantes que hacer) y la preparación y empeño que ponían en las clases era mínima. En los cuatro años que estudié allí, ningún profesor supo entregarnos el primer día un programa coherente (y seguirlo) de lo que íbamos hacer durante el año. Las clases se reducían a escuchar al profesor y tomar notas. El único método de evaluación que funcionaba en la Facultad era el de un examen al final del cuatrimestre.
La mayoría de profesores, que crecieron en una sociedad y educación muy diferentes a las de los estudiantes de entonces, estaban desfasados a todos los niveles, desde el educativo hasta el profesional. Llevaban décadas enseñando los mismos libros y dando las clases de la misma manera, sin darse cuenta de que el mundo a su alrededor había cambiado. Recuerdo que uno de nuestros profesores, en el primer año de carrera, todavía se empeñaba en defender la enseñanza del tipómetro para los periodistas de hoy. Los profesores vivían (y enseñaban) en una sociedad que ya no existía.
Toda la facultad giraba en torno a esta dinámica de dejadez e indiferencia. Los profesores faltaban a clase cuando les daba la gana (como los alumnos), mandaban leer y estudiar sus propios libros (que las editoriales sólo publicaban porque sabían que tenían un público fiel) y, sobre todo, tomaban muchos cafés. Después de haber pasado por otras cuatro universidades, en ningún sitio he visto tanta gente aprovechándose del estado y haciendo mal su trabajo. El objetivo de los profesores, una vez alcanzado cierto status y salario, estaba claro: vivir bien. Y en la Facultad de Ciencias de la Información se vivía muy bien.
Aunque es difícil encontrar algo positivo dentro del desastre de esa facultad, no me arrepiento ni un segundo de haber tomado ese camino. La media de los profesores pudo ser lamentable, pero hubo cuatro o cinco por los que mereció la pena hacer esa carrera. Hubo profesores que sí entendieron lo que era la universidad, y que supieron, a pesar de tener clases con 150 estudiantes, hacer pensar a sus alumnos, fomentar el diálogo y llamarte por tu nombre. Estos profesores me abrieron las puertas a tantas nuevas ideas, a tantos nuevos libros e inquietudes, que sin ellos el Dani que soy hoy no existiría. Fue con estos cuatro o cinco maestros que comprendí que España no era más que un país al sur de Europa, que ya estaba tardando demasiado tiempo en aprender inglés, y que para ser periodista, como decía Kapuckinski, hay que ser buena persona.
Uno de estos profesores, Pedro Sorela, abrió muchos de los caminos que todavía hoy siguen su curso. El primer día de clase, con su barba frondosa y su mirada intimidante, utilizó su tono más duro para dejarnos las cosas claras: “Yo no estoy aquí para daros las respuestas, como mucho estoy aquí para haceros las preguntas. Si hay alguien en este aula que sólo viene a esta clase para tener un aprobado, que me lo diga al salir de clase, se lo doy y punto. Espero que todos hayan venido aquí para otra cosa”. Sus asignaturas consistían en mandarnos un trabajo semanal, casi siempre la redacción de algún texto, con unos objetivos determinados. Durante la clase los estudiantes leían estos textos y el resto de estudiantes los comentaban. El profesor hablaba poco, pero cuando lo hacía cambiaba tu forma de entender el periodismo.
Fue él también el que supo hacerme ver lo bueno que tenía nuestra Facultad: “Te deja mucho tiempo libre para hacer lo que quieras”. Y así era. La Facultad me dio la oportunidad de dedicarme a muchas otras cosas: idiomas, deportes, prácticas, literatura. Decir que lo mejor de una Universidad es el poco tiempo que le tienes que dedicar es triste. Porque triste era la Facultad.
La ciudad de Madrid supuso para mí un cambio importante. Después de vivir 18 años en Gijón, una ciudad de 300.000 habitantes, dar el salto a la capital de España supuso un cambio de escala. La variedad de opiniones, la oferta la cultura, el cine en versión original, el teatro, el número de extranjeros… Cuando ahora pienso en mi ciudad natal la veo en blanco y negro, casi sin escala de grises, monótona. Madrid era el arco iris.
De todas las cosas que viví en mis años de estudiante en la UCM, tal vez la más importante fuera la de vivir por mi cuenta. Abandonar la casa de tus padres con 18 años tiene tantas ventajas que sólo los que lo hemos hecho nos damos cuenta de su importancia. Tienes que aprender a tomar decisiones por tu cuenta, buscarte la vida, ser responsable. Tienes tu propia casa y la compartes con gente distinta. Simplemente, vives tu propia vida. Y lo haces como quieres.
Que en España (a diferencia de muchos otros países occidentales) esto sea un fenómeno casi paranormal debería hacernos reflexionar. Que alguien con 25 o 30 años siga viviendo en casa de sus padres, que se encargan todavía de lavarle la ropa y darle de comer, no es precisamente un modelo de juventud independiente y creativa. Como decía Josep Ramoneda en El País, “el retraso en la emancipación mutila a los jóvenes, a los que se somete a una superprotección que no es la mejor escuela para moverse en la vida”. Desde entonces, y cada vez que he vuelto a España, descubro diferencias abismales entre aquellos que se han ido con 18 años de casa y los que todavía siguen viviendo con sus padres.
Aunque la facultad de Periodismo no se pueda considerar como una muestra real de la Universidad española, lo cierto es que la mayoría de informes vienen a corroborar lo mismo: ninguna de las universidades españoles está entre las 100 mejores del mundo. A veces, según los estudios, situamos cuatro o cinco entre las 500 mejores. Mi facultad era un buen ejemplo de los problemas de la universidad española: masificación, falta de medios, profesores desfasados, enchufismo, administración pesada, falta de investigación y uso de nuevas tecnologías… Cuando, en cuarto año de carrera, muchos estudiantes se iban de ERASMUS, el quinto curso se solía convertir para ellos en una pesadilla. Algunos decidieron no volver a la universidad española.
Simon Fraser University de Vancouver, 2004 – 2005

Otra de las ventajas que pude obtener de mi Facultad, una vez más colateral, fue la posibilidad de estudiar un año en Canadá. Desde el segundo año de carrera estaba convencido de que me quería ir a estudiar a otro país, y entre todas las becas que pedí conseguí una para la Simon Fraser University, en Vancouver. No está considerada una de las mejores universidades de Canadá, pero a mí me servió para convencerme de que otra universidad era posible. No era una utopía. Existían.
Cuando alguien me pregunta qué es lo que me gustó tanto de esta universidad, no sé por donde empezar. La forma en la que funcionaba allí la Universidad, desde el compromiso de los profesores hasta la encargada de los estudiantes extranjeros, era tan distinto a lo que yo había vivido que a veces su eficacia me sorprendía. El primer día de clase el profesor llegaba con el programa de la asignatura: los objetivos, las lecturas obligatorias (sí, había que leer), el contenido de cada una de las horas de clase, las fechas de entrega de trabajos y los horarios de las presentaciones. Y lo más sorprendente de todo es que el programa se cumplía a rajatabla. En los 8 meses que pasé en la Universidad, ni uno sólo de los profesores llegó tarde a clase.
En cuanto al método de enseñanza, te hacía pensar. El examen final suponía en la mayoría de los casos un 40% de la nota final, y el resto se repartía entre trabajos y presentaciones. Todas las semanas tenías una lectura obligatoria que hacer y todas las semanas había una presentación que corría a cargo de los estudiantes. Frente al método de enseñanza español, en el que sólo se estudiaba antes de los exámenes, aquí había que estudiar todos los días. Las asignaturas tenían dos partes, unas que se llamaban lectures (lo que se suele llamar clase magistral) y otras que se llamaban tutorials, donde sólo estábamos unos diez estudiantes y nos dedicábamos a debatir. En España, en la mayoría de las clases era el profesor el que habla. En Canadá, los protagonistas eran los estudiantes.
Internet y las nuevas tecnologías existían en la Simon Fraser University. Cada profesor tenía su propia página web, las asignaturas se seleccionaban a través de Internet y los profesores tenían email (y contestaban en menos de 24 horas). A los estudiantes se les ofrecía directamente una cuenta de correo electrónico y una página web propia. En la biblioteca de la Universidad se podían alquilar portátiles de forma gratuita.
De los canadienses, aprendí lo que era una sociedad creativa y volcada en el futuro. Vancouver había sido creada hacía poco más de 100 años y en la ciudad nadie miraba al pasado. La universidad fomentaba la creatividad y las ideas nuevas. No había miedo a equivocarse sino a no atreverse demasiado. El contraste con la vieja europa me resultó estimulante.
En Vancouver compartí vida con muchos otros estudiantes extranjeros y me sorprendió el nivel tan elevado de inglés que tenían ya antes de llegar a Canadá. Suecos, noruegos, alemanes, finlandeses, taiwaneses, holandeses, belgas… todos tenían un nivel excelente de inglés, y lo más curioso de todo es que la mayoría no había necesitado salir de su país para hablarlo sin dificultades. Cuando les comentaba que en todos mis años de estudio en España nunca en mi vida me habían hecho un examen oral de inglés… no se lo creían. Ellos me enseñaron que aprender un idioma en tu propio país es posible. Sólo hace falta un sistema de educación en el que esto sea una prioridad y una sociedad donde las películas en versión original no sean una cosa de intelectuales con gafas de pasta. España tiene en este sentido un lastre del que debería librarse cuanto antes.
Debido a mis carencias lingüísticas por aquel entonces, es a Canadá a quien le debo el poder hablar hoy inglés, una de esas cosas que todo el mundo me había dicho era tan importante y de la que yo nunca me había dado cuenta de verdad. En estas líneas que escribo, como decía Albert Camus, hay que diferenciar entre lo que “imaginamos saber y lo que sabemos de veras”. Una cosa es que todo el mundo te diga que el inglés es muy importante; otra sentirlo en tus propias carnes.
Una vez fuera de España, comprendí que el mundo hablaba inglés. Supe que en casi todos los hostales del globo había alguien que hablaba el idioma de Shakespeare, que la mayoría de traducciones de cualquier lengua se hacían al inglés y que la cantidad de gente de tantos países con los que podías hablar en este idioma era inmensa. Poder hablarlo y leerlo me abrió las puertas a tantas publicaciones, libros y nuevos medios de comunicación, me permitió hablar con tanta gente con tantas ideas distintas, que tengo la sensación de que en mi vida significó un antes y un después. El mundo se abrió para mí después de Canadá.
En Vancouver también sentí lo que era una ciudad multicultural. Ahora, cuando alguien me comenta que en España hay muchos inmigrantes, no puedo más que soltar una carcajada. Acabamos de empezar. En Canadá, un país de inmigrantes, todo el mundo es de otro lugar. Los matrimonios mixtos están a la orden del día y los acentos se asumen como algo normal. Viví en el barrio chino de Vancouver durante cuatro meses, y tal vez fue ahí cuando me comencé a inclinar hacia China.
Después de 8 meses en Vancouver, la sensación que invadía mi cuerpo era la de “quiero más”. Quería más de lo mismo, pero diferente. Quería aprender más idiomas para seguir ampliando mi mundo, conocer más países, hablar con más gente distinta. Renegué mucho de España, porque me decía a mí mismo que ya había vivido demasiado tiempo en el mismo país (¡22 años en el mismo país!). Quería más. Más lejos.
Universidad Autónoma de Madrid, 2005 – 2006

Con estas ganas de conocer mundo, volví en abril a España, saludé a mis amigos y mi familia, y después de un mes me fui a trabajar de camarero a París. Allí estuve tres meses, viajé otro mes por el centro de Europa y me volví a España en octubre. Para entonces mi vida se había convertido en lo que yo siempre había soñado: una sucesión de gente nueva, conversaciones en tres idiomas y una mochila a la espalda para recorrer mundo.
Estaba contento de volver a España, pero sobre todo porque sabía que era sólo una parada en el camino. En un email milagroso que nunca supe de donde llegó, me enteré de una nueva licenciatura de segundo ciclo en España que parecía encajar con lo que yo estaba buscando: Estudios de Asia Oriental (China). Durante mucho tiempo había estado convencido de que para ser periodista había que “saber un poco de todo y un mucho de algo”, así que volcarme en el estudio de China y aprender su idioma, ahora que estaban pasando tantas cosas en ese país, me pareció una idea excelente. Había que especializarse. Como periodista, quería estar en un lugar donde se estuviera decidiendo el futuro del siglo XXI. Me sentía cansado de Europa, quería irme más lejos. China parecía la salidad natural a todas estas inquietudes.
Como cada vez que he estado una temporada larga en el extranjero, mi idea de España cambió a la vuelta de Vancouver. No hay nada tan sano como viajar y aislarte de tu sociedad para poder verla con claridad. Fue entonces cuando comprendí de verdad que todas las cosas que había asumido como naturales (desde el modelo político, el idioma, las costumbres, la educación) no eran sino construcciones sociales. Yo lo había oído mucho antes, pero, una vez más, no es lo mismo cuando lo experimentas en persona.
Mi vuelta a la universidad española, en este caso la Autónoma de Madrid, fue mucho más exitosa de lo que esperaba. Mi experiencia anterior, los informes internacionales y los comentarios de compañeros de otras carreras me habían hecho pensar que me encontraría con la misma incompetencia que había sufrido en la Facultad de Periodismo. La sorpresa fue mayúscula. En el departamente de Estudios de Asia Oriental los profesores estaban motivados, se preocupaban por los alumnos, tenían un programa que seguían a rajatabla, las lecturas eran interesantes y se primaba algo más que los exámenes. En este sentido se parecía a lo que había vivido en Canadá, donde los trabajos y las presentaciones eran tan importantes como el examen final. Había debate.
Los motivos por los que esta Universidad (o al menos este departamento) era tan distinta eran varios. La Licenciatura de Estudios de Asia Oriental era una carrera de reciente creación (tan sólo 4 años), los profesores eran jóvenes, todos ellos habían estudiado en el extranjero y sólo había (como mucho) 30 estudiantes por clase. En el departamento no había ningún dinosaurio que llevara dando la misma asignatura durante 30 años. Había que estudiar mucho y no tenía tanto tiempo para dedicarme a otras cosas, pero estos eran precisamente los motivos por los que yo quería ir a la Universidad.
Otro de los detalles de este departamento es que había que leer en inglés. Durante mis cuatro años en la Facultad de Periodismo, a ningún profesor se le ocurrió mandarnos una lectura en un idioma que no fuera el español. En el departamento de Estudios de Asia Oriental no había otra solución, ya que las publicaciones en español sobre Asia o China son muy limitadas.
De todos modos, España debería reflexionar sobre la presencia del inglés (y otros idiomas) en nuestras universidades. Las carreras no tienen asignaturas obligatorias de idiomas extranjeros, con lo que la mayoría de estudiantes deja de estudiar inglés a los 18 años. Nos guste o no, el mundo de la investigación, los negocios y las nuevas tecnologías habla inglés. Y los universitarios españoles no.
Los Estudios de Asia Oriental me hicieron darme cuenta del eurocentrismo absoluto en el que había vivido hasta entonces. Las clases de historia, arte y religión en China me descubrían un mundo del que hasta entonces no había escuchado hablar. El desarrollo de esta civilización era tan diferente a todo lo que yo había estudiado, que cada hora de clase suponía un descubrimiento que replanteaba todo lo que había aprendido hasta entonces. Allí ya no había Grecia Clásica, Edad Media, Renacimiento ni Ilustración, lo que yo había considerado hasta entonces como historia universal. Recuerdo que en una clase llamada “Literatura Universal” en el instituto (con una profesora excelente, por cierto) no habíamos estudiado nada más que a escritores occidentales. El mundo era muchísimo más de lo que yo había aprendido hasta entonces. La educación que había recibido me había hecho asumir que universal era igual a occidental. En la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental pude comenzar a vislumbrar lo que había pasado en otros lugares del mundo, nada más y nada menos que lo que hoy supone un quinto de la humanidad (China).
Institut National de Langues et Civilizations Orientales de París, 2006 – 2007

A pesar de estar muy contento en la UAM, quería volver a salir de España. La experiencia internacional que había vivido en Canadá se había convertido en una droga. Quería seguir viajando y aprendiendo idiomas, quería seguir conociendo gente distinta y recibir otras influencias. Esta droga me había calado hasta los huesos, y la buscaba desesperadamente.
Durante mi año en Madrid busqué todas las posibilidades para irme a China, que ya se había convertido en mi único objetivo. Quería estar allí de profesor de español, estudiante de chino o bailador de flamenco. En el fondo me daba igual. Tras varios intentos fallidos y becas denegadas, la solución intermedia fue irme a París con una Beca Erasmus, al Institut National de Langues et Civilizations Orientales (INALCO), considerada como una de las mejores universidades europeas de lenguas orientales. Siempre había sido un amante de la cultura francesa, París era una ciudad maravillosa y los profesores de la UAM me recomendaron que no dejara escapar la oportunidad de estudiar en el INALCO. Volví a París.
El INALCO me hizo darme cuenta de lo atrasada que estaba España en el estudio de las lenguas y culturas orientales. Esta universidad se había fundado en 1795 y cubría 92 lenguas, desde el chino o el japonés, lo más normal de la universidad, hasta tibetano, tailandés, vietnamita, albanés, bieloruso, armenio, quechua o tamil. Recuerdo que muchos estudiantes, cuando les decía que estaba estudiando chino, me encasillaban directamente en el grupo de los mainstream, los convencionales. Allí no sorprendía que estudiaras chino. Era lo normal.
Si en Francia y en muchos otros países (Alemania, Suecia, Reino Unido) tienen una larga tradición de estudios orientales y sinología, en España todavía hay poca gente que haya oído hablar de la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental. Somos nuevos en esto y todavía nos queda un largo camino por recorrer. La sociedad paga esta enorme laguna en el mapa del mundo.
Después de un año estudiando chino en la UAM, cuando llegué a INALCO tuve que empezar otra vez en el nivel inicial. Todo lo que yo había visto en nueve meses se despachó en uno en París. Había más horas de clase, mejor preparadas, con profesores nativos y materiales propios. Recuerdo que los responsables del departamento de la UAM se quejaban de las dificultades administrativas para contratar un profesor chino durante dos años. En INALCO el 90% de los profesores de lengua eran nativos.
Mientras la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental en la UAM duraba sólo dos años, en INALCO tenían planes de cinco años y decenas de másters y estudios complementarios. Muchos de los libros que había leído en España sobre China eran de profesores que todavía enseñaban en esta universidad. INALCO suponía una dimensión más profesional y más amplia de estudios asiáticos, con más experiencia y más recursos humanos.
De todos modos, al INALCO le pasaba un poco como a la Complutense, que era tan antigua que se había vuelto un dinosaurio que vivía del pasado. A la espera de la construcción de un nuevo edificio propio, la mayoría de clases se tenían que dar en otra universidad. Los profesores no tenían despacho propio, la burocracia era eterna, los horarios de conserjería ambiguos y el uso de Internet para jugar al solitario. En este sentido, a INALCO le faltaban las infraestructuras para aprovechar su enorme capital humano.
En Francia me di cuenta de que la administración y la burocracia todavía podían ser más pesadas que en España. Cosas tan sencillas como comprar un teléfono móvil, abrir una cuenta bancaria o alquilar una casa requerían una cantidad de tiempo y esfuerzo titánicas. Instalarte en Francia es complicado: para abrir una cuenta en una banco necesitas una dirección postal, para alquilar una casa necesitas una cuenta bancaria… y para comprar un móvil las dos cosas. Obtener una tarjeta de crédito, tras varias visitas al banco, suele llevar tres semanas. Para determinados comportamientos en ventanillas varias, uno no puede sino pensar en la supuestamente tan española frase de “vuelva usted mañana”.
Por otro lado, mi estancia en Francia coincidió con las elecciones presidenciales de 2007, que fueron un acontecimiento político fascinante. Si se suele decir que todo argentino lleva un filósofo dentro y que todo italiano es un poco artista, todos los franceses son un político en potencia. La implicación de los ciudadanos en las elecciones, el debate político y la profundidad de los medios de comunicación me mostraron una democracia como no había visto hasta entonces. Las propuestas presidenciales eran analizadas al detalle y un cambio en un impuesto desataba debates furibundos. Los políticos (no sólo dos, sino muchos) aparecían en los telediarios casi todos los días, los periodistas les cortaban cuando se enrollaban y les ponían siempre en aprietos. Que los franceses se quejaran (algo muy francés) del poco nivel de los candidatos no hizo sino aumentar mi impresión de la vitalidad democrática y social francesa.
Universidad de Pekín, 2007 – 2009

Durante todo el año en París no pensaba en otra cosa que en la mejor forma de saltar a China al año siguiente. De todas las oportunidades, la más atractiva era la beca de la Fundación ICO, que pagaba todos los gastos durante nueve meses para estudiar chino en Pekín. Durante el mes de mayo de 2007 la resolución de las becas se fue retrasando semana tras semana, y tenía tantas ganas de conocer el resultado, que la web de la Fundación ICO se convirtió en mi página de inicio durante varios días. Cuando vi mi D.N.I. entre los admitidos para el año 2007-2008, di tantos saltos y gritos por mi casa que el vecino subió para ver si necesitaba un médico. Tuve que sacar mi D.N.I. y ponerlo junto a la pantalla del ordenador para creerme que aquellos números se referían a mí. El sueño de China se hacía realidad.
La primera cosa que me sorprendió de China fue la gran hospitalidad de sus gentes hacia los extranjeros, sobre todo hacia los occidentales. No importaba donde fuera o donde estuviera, los chinos me invitaban a sus casas, alababan mi chino (que era penoso) e incluso te sentías un privilegiado en la vida diaria. En la Universidad teníamos las mejores habitaciones y notabas como, casi siempre, eran ellos los que se adaptaban a tus gustos y no al revés. Era un gran contraste con la prepotencia que la mayoría de extranjeros mostraban cuando llegaban a China. Y una diferencia abismal de como tratamos nosotros a los chinos cuando vienen a nuestro país.
Otra cosa que me sorprendió, dentro de todas las cadenas de estereotipos que se iban rompiendo día a día, fue la enorme influencia occidental en China. Casi siempre se presenta a este país como aislado del mundo y encerrado en sí mismo, y lo que yo he vivido en este país tiene muy poco que ver con esta descripción simplista. Los KFC, McDonald´s y sucedáneos se encuentran en todas las ciudades chinas, los éxitos de Hollywood lo son todavía más en China y la fiebre por aprender el inglés invade desde las guarderías hasta las universidades. Mi compañero de piso, un joven de 33 años originario de Pekín, se sabe de memoria los diálogos de series estadounidenses de las que yo ni siquiera había oído hablar (Wire, Heros). Cada vez que vuelvo a España y alguien me suelta la frase de “con lo cerrados que están los chinos al extranjero” me parece que están hablando de otro país. Cuando alguien me comenta que “los chinos nos van a invadir” yo sólo tengo una respuesta: “nosotros ya les hemos invadido”.
China me hizo desconfiar de los medios de comunicación occidentales como nunca lo había hecho hasta entonces. Mi primer año en Pekín coincidió con los altercados en Tibet, el terremoto de Sichuan y los Juegos Olímpicos. Lo que vi con mis ojos en torno a estos incidentes casi nunca se correspondía con lo que contaban los medios. Me di cuenta de que la línea editorial de los medios occidentales respecto a China consistía en resaltar sus puntos débiles y sus defectos, olvidando sus virtudes. La única respuesta que he podido encontrar a esta parcialidad es el desconocimiento que se tiene en España de este país y lo que Edward Said llamaba Orientalismo.
También me di cuenta de como funciona una maquinaria censora y propagandística, cosa que nunca antes había podido experimentar de verdad. Y pude comprobar como la mayoría de chinos no conocían las detenciones políticas, violaciones de derechos humanos o películas que trataban sobre temas sensibles. Si las conocían, tampoco les parecían algo importante. La lucha a la hora de navegar por Internet se convirtió en una batalla diaria. Pocos pensarán que vivir en este tipo de ambiente puede tener alguna ventaja, pero lo cierto es que las tiene.
Gracias a eso, supe apreciar muchos de los valores occidentales que yo había asumido hasta entonces como normales. La libertad de expresión, el carpe diem, el derecho a ser feliz, el debate político, la diversidad de ideas… Una de las cosas que más echo de menos en este país es el humor político. Mientras nosotros tenemos decenas de programas en los que se ridiculiza al Rey, al presidente o a los ministros (en prime time), en China estas cosas no existen. A mí me hizo falta llegar hasta Pekín para darme cuenta de su valor real y su contribución a una sociedad más abierta.
En la universidad, aprendí que la capacidad de esfuerzo en este país supera todo lo imaginable. Los profesores daban 6 horas seguidas de clase sin inmutarse, los exámenes se corregían al día siguiente y los estudiantes casi vivían en la biblioteca. Muchos de los alumnos chinos en el departamento de español conseguían manejar el idioma y comunicarse en un año de estudio. La única respuesta de su profesora española en la universidad era rotunda: “estudian mucho”. A sus ojos los estudiantes españoles pasábamos por unos vagos redomados.
Durante los primeros meses en la Universidad, tuve la sensación de que, en el fondo, las diferencias entre los jóvenes chinos y los occidentales no eran muy grandes. La globalización nos había acercado y, en cierto sentido, en los dos puntos del planeta se estaban viviendo fenómenos similares. Sin embargo, con el tiempo fue descubriendo que, en el fondo, veníamos de mundos muy distintos. Lo que Manel Ollé llama el “mobiliario mental” de los chinos es muy distinto al nuestro, desde los referentes culturales hasta la educación que hemos recibido, pasando por nuestra actitud ante la vida o nuestros valores.
Mi gran amigo Rafael Caro, que también estuvo en la universidad de Pekín estudiando dos años, me comentaba los problemas que había tenido a la hora de estudiar el erhu (instrumento tradicional chino): después de cierto tiempo, su técnica era perfecta y sabía tocar todas las notas al ritmo correcto, pero la profesora no le dejaba de repetir que “no sonaba a chino”. Había algo allí, la forma de entender la vida, de expresar las emociones, que delataba su procedencia española. Los chinos son muy chinos y siempre lo serán, y no conviene olvidar esto a la hora de hacer cálculos sobre el futuro del país. Será un futuro a su medida.
De estos nueve años en la universidad, me quedo con los pocos pero brillantes profesores que encontré en la Faculta de Periodismo, que supieron llenar de dudas, sembrar ilusión y abrir caminos a sus estudiantes. Mi impresión es que los universitarios españoles son capaces de casi todo, pero que las universidades no están a su altura. Me quedo con todas las posibilidades de becas e intercambios en el extranjero (bendita globalización), que me permitieron estudiar en el extranjero, abrir el mapa del mundo y conocer a un montón de personas que cambiaron mi visión de la vida. Me quedo con los pioneros en España de los Estudios de Asia Oriental, empeñados contra viento y marea en acercar esta parte del mundo a la sociedad española. Y me quedo con China y sus gentes, que me invitaron a sus casas y me hicieron no sólo descubrir su país, sino también conocerme a mí mismo.
Construyendo "casitas" en China
Aunque parezca mentira, la Costa del Sol en España y decenas de ciudades chinas tienen una cosa en común: la construcción. Si en las costas españolas el medio ambiente no es respetado y se alzan cientos de edificios nuevos, en China la cosa alcanza dimensiones gigantescas. El país, en su vertiginoso proceso de modernización, lleva ya varios años lanzado a la reconstrucción masiva de sus ciudades.
Este que veis aquí abajo es el carácter chino que se escribe en los edificios que se van a demoler en los próximos meses o semanas.
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Paseando por las ciudades chinas, es posible ver estos edificios a los que tan sólo les quedan algunos días de vida. Estas fotos de aquí abajo corresponden a Taiyuan, la capital de Shanxi.
Una vez que un edificio ha recibido esta marca, su suerte está echada. A veces, uno camina entre edificios, comercios y restaurantes, y se encuentra con un agujero inmenso en medio de la ciudad a la espera de que lleguen las grúas.
Esto que he intentado explicar en cuatro fotos y diez líneas es en realidad un proceso muy complejo y con infinidad de implicaciones. Por un lado, tenemos el problema de la preservación del patrimonio cultural chino, que en muchas ocasiones ha sido olvidado y destruido para levantar nuevos edificios en su lugar. Muchos de los antiguos barrios de Beijing, templos, casas tradicionales o incluso trozos de la Gran Muralla han sido destruidos para construir edificios o autopistas.
Pero tampoco se puede olvidar que China es un país en pleno proceso de crecimiento, que quiere modernizarse, construir nuevas casas y acoger a los millones de ciudadanos que todos los años llegan a la ciudad. Los chinos no quieren vivir en casas antiguas, sin baño ni calefacción, y prefieren vivir en estos edificios que crecen como setas:
Beijing
Beijing
A todo esto se suma el problema del medio ambiente, cada vez más importante en China. China consumía en 2004 cerca de un 30% del carbón, cemento, acero y hierro del mundo. La forma en la que el país organice sus ciudades y construya sus edificios será fundamental para saber el destino del planeta.
¿Cuál es el resultado de todo esto? Pues de momento, enormes edificios residenciales que dan miedo. Aquí tenéis un vídeo de la zona noreste de Beijing: uno de los paisajes más característicos de la China de hoy.
[Si quieres saber más sobre la construcción en China y sus implicaciones en el medio ambiente, puedes ver el documental China: from Red to Green (25 minutos)]
GRANDES CIUDADES
Desde que comencé a vivir en Madrid hace ya 5 años siento una fascinación especial por las grandes ciudades, por su vida, por su movimiento. Si las ciudades son mejores o peores, más o menos importantes, el principal motivo son sus gentes, las personas que la habitan. Son ellas las que transforman las ciudades y las que le dan vida.
Por eso las grandes ciudades suelen ser tan mágicas y tan especiales, porque allí confluyen miles de personas de distinta procedencia, un mayor número de inmigrantes, gentes de todos los tipos, con varias lenguas. Esto produce una cultura y una vida en la ciudad sensacionales.
Víctor Hugo, en Notre Dame de París (un gran libro para conocer París y tantas otras cosas), explica brevemente el fenónemo de las grandes ciudades:
Una ciudad como París está sometida a un crecimiento continuo y es precisamente este tipo de ciudades el que se convierte en capital del país pues son como embudos en donde convergen todas las vertientes geográficas, políticas morales a intelectuales de un país; en ellas desembocan todas las pendientes naturales de un pueblo; son como pozos de civilización, por decirlo de algún modo, o sumideros en donde el comercio, la industria, la inteligencia, la población y en fin, todo lo que es savia, todo lo que es vida y alma en una nación se va filtrando y amasando sin cesar, gota a gota, siglo a siglo.
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