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Nueve años en la universidad

La primera vez que pisé una Universidad tenía 18 años, había llegado a Madrid con dos cajas llenas de libros y mis padres me acompañaron hasta allí para sacarme una foto frente a la facultad. Hoy, nueve años más tarde y cinco universidades después, he escrito las últimas líneas de un examen. Paseando en torno a la pagoda y al lago de mi última escuela, la Universidad de Pekín, me ha entrado la nostalgia después de tantos años de lecturas, proyectos y profesores de todo tipo. Me ha parecido que hoy era un buen momento para compartir mis experiencias durante estos nueve años.

Universidad Complutense de Madrid, 2000 – 2004


Cuando con 18 año abandoné Gijón para estudiar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), no sabía muy bien qué era aquello de la universidad. Me sentía orgulloso de haber llegado a donde nunca tuvieron oportunidad mis padres. Incluso me imponía respeto. “La Universidad es otra cosa”, me decía todo el mundo. Allí los profesores serán más exigentes, tendrás que estudiar duro, “la universidad es otra dimensión”.

La realidad resultó bien distinta. Decir que la Facultad de Ciencias de la Información era un desastre sería un eufemismo. La burocracia era interminable, la eficacia de la administración inexistente, el nivel de los profesores mediocre y los medios de los que disponíamos insuficientes. Cada año entraban a la Facultad, sólo en la rama de periodismo, 900 alumnos. En cada clase había 150 estudiantes. En toda la Facultad (unos 10.000 estudiantes) disponíamos de cuatro cámaras de televisión. Yo una vez llegué a ver una, el cuarto año de carrera, cuando tuvimos cuatro horas de prácticas en una especie de plató de televisión.

Mucha gente (sobre todo aquellos que no han estudiado allí) considera la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM como uno de los mejores centros para estudiar periodismo en España. La plantilla de profesores está llena de nombres gloriosos y académicos ilustres, periodistas que han trabajado al más alto nivel en los mejores medios españoles. No dudo de que en determinados medios profesionales o académicos puedan ser brillantes, pero, como profesores universitarios, su nivel no llegaba al de mis profesores de instituto. La mayoría de ellos consideraba las clases como una ocupación secundaria (seguramente tendrían cosas más importantes que hacer) y la preparación y empeño que ponían en las clases era mínima. En los cuatro años que estudié allí, ningún profesor supo entregarnos el primer día un programa coherente (y seguirlo) de lo que íbamos hacer durante el año. Las clases se reducían a escuchar al profesor y tomar notas. El único método de evaluación que funcionaba en la Facultad era el de un examen al final del cuatrimestre.

La mayoría de profesores, que crecieron en una sociedad y educación muy diferentes a las de los estudiantes de entonces, estaban desfasados a todos los niveles, desde el educativo hasta el profesional. Llevaban décadas enseñando los mismos libros y dando las clases de la misma manera, sin darse cuenta de que el mundo a su alrededor había cambiado. Recuerdo que uno de nuestros profesores, en el primer año de carrera, todavía se empeñaba en defender la enseñanza del tipómetro para los periodistas de hoy. Los profesores vivían (y enseñaban) en una sociedad que ya no existía.

Toda la facultad giraba en torno a esta dinámica de dejadez e indiferencia. Los profesores faltaban a clase cuando les daba la gana (como los alumnos), mandaban leer y estudiar sus propios libros (que las editoriales sólo publicaban porque sabían que tenían un público fiel) y, sobre todo, tomaban muchos cafés. Después de haber pasado por otras cuatro universidades, en ningún sitio he visto tanta gente aprovechándose del estado y haciendo mal su trabajo. El objetivo de los profesores, una vez alcanzado cierto status y salario, estaba claro: vivir bien. Y en la Facultad de Ciencias de la Información se vivía muy bien.

Aunque es difícil encontrar algo positivo dentro del desastre de esa facultad, no me arrepiento ni un segundo de haber tomado ese camino. La media de los profesores pudo ser lamentable, pero hubo cuatro o cinco por los que mereció la pena hacer esa carrera. Hubo profesores que sí entendieron lo que era la universidad, y que supieron, a pesar de tener clases con 150 estudiantes, hacer pensar a sus alumnos, fomentar el diálogo y llamarte por tu nombre. Estos profesores me abrieron las puertas a tantas nuevas ideas, a tantos nuevos libros e inquietudes, que sin ellos el Dani que soy hoy no existiría. Fue con estos cuatro o cinco maestros que comprendí que España no era más que un país al sur de Europa, que ya estaba tardando demasiado tiempo en aprender inglés, y que para ser periodista, como decía Kapuckinski, hay que ser buena persona.

Uno de estos profesores, Pedro Sorela, abrió muchos de los caminos que todavía hoy siguen su curso. El primer día de clase, con su barba frondosa y su mirada intimidante, utilizó su tono más duro para dejarnos las cosas claras: “Yo no estoy aquí para daros las respuestas, como mucho estoy aquí para haceros las preguntas. Si hay alguien en este aula que sólo viene a esta clase para tener un aprobado, que me lo diga al salir de clase, se lo doy y punto. Espero que todos hayan venido aquí para otra cosa”. Sus asignaturas consistían en mandarnos un trabajo semanal, casi siempre la redacción de algún texto, con unos objetivos determinados. Durante la clase los estudiantes leían estos textos y el resto de estudiantes los comentaban. El profesor hablaba poco, pero cuando lo hacía cambiaba tu forma de entender el periodismo.

Fue él también el que supo hacerme ver lo bueno que tenía nuestra Facultad: “Te deja mucho tiempo libre para hacer lo que quieras”. Y así era. La Facultad me dio la oportunidad de dedicarme a muchas otras cosas: idiomas, deportes, prácticas, literatura. Decir que lo mejor de una Universidad es el poco tiempo que le tienes que dedicar es triste. Porque triste era la Facultad.

La ciudad de Madrid supuso para mí un cambio importante. Después de vivir 18 años en Gijón, una ciudad de 300.000 habitantes, dar el salto a la capital de España supuso un cambio de escala. La variedad de opiniones, la oferta la cultura, el cine en versión original, el teatro, el número de extranjeros… Cuando ahora pienso en mi ciudad natal la veo en blanco y negro, casi sin escala de grises, monótona. Madrid era el arco iris.

De todas las cosas que viví en mis años de estudiante en la UCM, tal vez la más importante fuera la de vivir por mi cuenta. Abandonar la casa de tus padres con 18 años tiene tantas ventajas que sólo los que lo hemos hecho nos damos cuenta de su importancia. Tienes que aprender a tomar decisiones por tu cuenta, buscarte la vida, ser responsable. Tienes tu propia casa y la compartes con gente distinta. Simplemente, vives tu propia vida. Y lo haces como quieres.

Que en España (a diferencia de muchos otros países occidentales) esto sea un fenómeno casi paranormal debería hacernos reflexionar. Que alguien con 25 o 30 años siga viviendo en casa de sus padres, que se encargan todavía de lavarle la ropa y darle de comer, no es precisamente un modelo de juventud independiente y creativa. Como decía Josep Ramoneda en El País, “el retraso en la emancipación mutila a los jóvenes, a los que se somete a una superprotección que no es la mejor escuela para moverse en la vida”. Desde entonces, y cada vez que he vuelto a España, descubro diferencias abismales entre aquellos que se han ido con 18 años de casa y los que todavía siguen viviendo con sus padres.

Aunque la facultad de Periodismo no se pueda considerar como una muestra real de la Universidad española, lo cierto es que la mayoría de informes vienen a corroborar lo mismo: ninguna de las universidades españoles está entre las 100 mejores del mundo. A veces, según los estudios, situamos cuatro o cinco entre las 500 mejores. Mi facultad era un buen ejemplo de los problemas de la universidad española: masificación, falta de medios, profesores desfasados, enchufismo, administración pesada, falta de investigación y uso de nuevas tecnologías… Cuando, en cuarto año de carrera, muchos estudiantes se iban de ERASMUS, el quinto curso se solía convertir para ellos en una pesadilla. Algunos decidieron no volver a la universidad española.

Simon Fraser University de Vancouver, 2004 – 2005

Otra de las ventajas que pude obtener de mi Facultad, una vez más colateral, fue la posibilidad de estudiar un año en Canadá. Desde el segundo año de carrera estaba convencido de que me quería ir a estudiar a otro país, y entre todas las becas que pedí conseguí una para la Simon Fraser University, en Vancouver. No está considerada una de las mejores universidades de Canadá, pero a mí me servió para convencerme de que otra universidad era posible. No era una utopía. Existían.

Cuando alguien me pregunta qué es lo que me gustó tanto de esta universidad, no sé por donde empezar. La forma en la que funcionaba allí la Universidad, desde el compromiso de los profesores hasta la encargada de los estudiantes extranjeros, era tan distinto a lo que yo había vivido que a veces su eficacia me sorprendía. El primer día de clase el profesor llegaba con el programa de la asignatura: los objetivos, las lecturas obligatorias (sí, había que leer), el contenido de cada una de las horas de clase, las fechas de entrega de trabajos y los horarios de las presentaciones. Y lo más sorprendente de todo es que el programa se cumplía a rajatabla. En los 8 meses que pasé en la Universidad, ni uno sólo de los profesores llegó tarde a clase.

En cuanto al método de enseñanza, te hacía pensar. El examen final suponía en la mayoría de los casos un 40% de la nota final, y el resto se repartía entre trabajos y presentaciones. Todas las semanas tenías una lectura obligatoria que hacer y todas las semanas había una presentación que corría a cargo de los estudiantes. Frente al método de enseñanza español, en el que sólo se estudiaba antes de los exámenes, aquí había que estudiar todos los días. Las asignaturas tenían dos partes, unas que se llamaban lectures (lo que se suele llamar clase magistral) y otras que se llamaban tutorials, donde sólo estábamos unos diez estudiantes y nos dedicábamos a debatir. En España, en la mayoría de las clases era el profesor el que habla. En Canadá, los protagonistas eran los estudiantes.

Internet y las nuevas tecnologías existían en la Simon Fraser University. Cada profesor tenía su propia página web, las asignaturas se seleccionaban a través de Internet y los profesores tenían email (y contestaban en menos de 24 horas). A los estudiantes se les ofrecía directamente una cuenta de correo electrónico y una página web propia. En la biblioteca de la Universidad se podían alquilar portátiles de forma gratuita.

De los canadienses, aprendí lo que era una sociedad creativa y volcada en el futuro. Vancouver había sido creada hacía poco más de 100 años y en la ciudad nadie miraba al pasado. La universidad fomentaba la creatividad y las ideas nuevas. No había miedo a equivocarse sino a no atreverse demasiado. El contraste con la vieja europa me resultó estimulante.

En Vancouver compartí vida con muchos otros estudiantes extranjeros y me sorprendió el nivel tan elevado de inglés que tenían ya antes de llegar a Canadá. Suecos, noruegos, alemanes, finlandeses, taiwaneses, holandeses, belgas… todos tenían un nivel excelente de inglés, y lo más curioso de todo es que la mayoría no había necesitado salir de su país para hablarlo sin dificultades. Cuando les comentaba que en todos mis años de estudio en España nunca en mi vida me habían hecho un examen oral de inglés… no se lo creían. Ellos me enseñaron que aprender un idioma en tu propio país es posible. Sólo hace falta un sistema de educación en el que esto sea una prioridad y una sociedad donde las películas en versión original no sean una cosa de intelectuales con gafas de pasta. España tiene en este sentido un lastre del que debería librarse cuanto antes.

Debido a mis carencias lingüísticas por aquel entonces, es a Canadá a quien le debo el poder hablar hoy inglés, una de esas cosas que todo el mundo me había dicho era tan importante y de la que yo nunca me había dado cuenta de verdad. En estas líneas que escribo, como decía Albert Camus, hay que diferenciar entre lo que “imaginamos saber y lo que sabemos de veras”. Una cosa es que todo el mundo te diga que el inglés es muy importante; otra sentirlo en tus propias carnes.

Una vez fuera de España, comprendí que el mundo hablaba inglés. Supe que en casi todos los hostales del globo había alguien que hablaba el idioma de Shakespeare, que la mayoría de traducciones de cualquier lengua se hacían al inglés y que la cantidad de gente de tantos países con los que podías hablar en este idioma era inmensa. Poder hablarlo y leerlo me abrió las puertas a tantas publicaciones, libros y nuevos medios de comunicación, me permitió hablar con tanta gente con tantas ideas distintas, que tengo la sensación de que en mi vida significó un antes y un después. El mundo se abrió para mí después de Canadá.

En Vancouver también sentí lo que era una ciudad multicultural. Ahora, cuando alguien me comenta que en España hay muchos inmigrantes, no puedo más que soltar una carcajada. Acabamos de empezar. En Canadá, un país de inmigrantes, todo el mundo es de otro lugar. Los matrimonios mixtos están a la orden del día y los acentos se asumen como algo normal. Viví en el barrio chino de Vancouver durante cuatro meses, y tal vez fue ahí cuando me comencé a inclinar hacia China.

Después de 8 meses en Vancouver, la sensación que invadía mi cuerpo era la de “quiero más”. Quería más de lo mismo, pero diferente. Quería aprender más idiomas para seguir ampliando mi mundo, conocer más países, hablar con más gente distinta. Renegué mucho de España, porque me decía a mí mismo que ya había vivido demasiado tiempo en el mismo país (¡22 años en el mismo país!). Quería más. Más lejos.

Universidad Autónoma de Madrid, 2005 – 2006

Con estas ganas de conocer mundo, volví en abril a España, saludé a mis amigos y mi familia, y después de un mes me fui a trabajar de camarero a París. Allí estuve tres meses, viajé otro mes por el centro de Europa y me volví a España en octubre. Para entonces mi vida se había convertido en lo que yo siempre había soñado: una sucesión de gente nueva, conversaciones en tres idiomas y una mochila a la espalda para recorrer mundo.

Estaba contento de volver a España, pero sobre todo porque sabía que era sólo una parada en el camino. En un email milagroso que nunca supe de donde llegó, me enteré de una nueva licenciatura de segundo ciclo en España que parecía encajar con lo que yo estaba buscando: Estudios de Asia Oriental (China). Durante mucho tiempo había estado convencido de que para ser periodista había que “saber un poco de todo y un mucho de algo”, así que volcarme en el estudio de China y aprender su idioma, ahora que estaban pasando tantas cosas en ese país, me pareció una idea excelente. Había que especializarse. Como periodista, quería estar en un lugar donde se estuviera decidiendo el futuro del siglo XXI. Me sentía cansado de Europa, quería irme más lejos. China parecía la salidad natural a todas estas inquietudes.

Como cada vez que he estado una temporada larga en el extranjero, mi idea de España cambió a la vuelta de Vancouver. No hay nada tan sano como viajar y aislarte de tu sociedad para poder verla con claridad. Fue entonces cuando comprendí de verdad que todas las cosas que había asumido como naturales (desde el modelo político, el idioma, las costumbres, la educación) no eran sino construcciones sociales. Yo lo había oído mucho antes, pero, una vez más, no es lo mismo cuando lo experimentas en persona.

Mi vuelta a la universidad española, en este caso la Autónoma de Madrid, fue mucho más exitosa de lo que esperaba. Mi experiencia anterior, los informes internacionales y los comentarios de compañeros de otras carreras me habían hecho pensar que me encontraría con la misma incompetencia que había sufrido en la Facultad de Periodismo. La sorpresa fue mayúscula. En el departamente de Estudios de Asia Oriental los profesores estaban motivados, se preocupaban por los alumnos, tenían un programa que seguían a rajatabla, las lecturas eran interesantes y se primaba algo más que los exámenes. En este sentido se parecía a lo que había vivido en Canadá, donde los trabajos y las presentaciones eran tan importantes como el examen final. Había debate.

Los motivos por los que esta Universidad (o al menos este departamento) era tan distinta eran varios. La Licenciatura de Estudios de Asia Oriental era una carrera de reciente creación (tan sólo 4 años), los profesores eran jóvenes, todos ellos habían estudiado en el extranjero y sólo había (como mucho) 30 estudiantes por clase. En el departamento no había ningún dinosaurio que llevara dando la misma asignatura durante 30 años. Había que estudiar mucho y no tenía tanto tiempo para dedicarme a otras cosas, pero estos eran precisamente los motivos por los que yo quería ir a la Universidad.

Otro de los detalles de este departamento es que había que leer en inglés. Durante mis cuatro años en la Facultad de Periodismo, a ningún profesor se le ocurrió mandarnos una lectura en un idioma que no fuera el español. En el departamento de Estudios de Asia Oriental no había otra solución, ya que las publicaciones en español sobre Asia o China son muy limitadas.

De todos modos, España debería reflexionar sobre la presencia del inglés (y otros idiomas) en nuestras universidades. Las carreras no tienen asignaturas obligatorias de idiomas extranjeros, con lo que la mayoría de estudiantes deja de estudiar inglés a los 18 años. Nos guste o no, el mundo de la investigación, los negocios y las nuevas tecnologías habla inglés. Y los universitarios españoles no.

Los Estudios de Asia Oriental me hicieron darme cuenta del eurocentrismo absoluto en el que había vivido hasta entonces. Las clases de historia, arte y religión en China me descubrían un mundo del que hasta entonces no había escuchado hablar. El desarrollo de esta civilización era tan diferente a todo lo que yo había estudiado, que cada hora de clase suponía un descubrimiento que replanteaba todo lo que había aprendido hasta entonces. Allí ya no había Grecia Clásica, Edad Media, Renacimiento ni Ilustración, lo que yo había considerado hasta entonces como historia universal. Recuerdo que en una clase llamada “Literatura Universal” en el instituto (con una profesora excelente, por cierto) no habíamos estudiado nada más que a escritores occidentales. El mundo era muchísimo más de lo que yo había aprendido hasta entonces. La educación que había recibido me había hecho asumir que universal era igual a occidental. En la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental pude comenzar a vislumbrar lo que había pasado en otros lugares del mundo, nada más y nada menos que lo que hoy supone un quinto de la humanidad (China).

Institut National de Langues et Civilizations Orientales de París, 2006 – 2007

A pesar de estar muy contento en la UAM, quería volver a salir de España. La experiencia internacional que había vivido en Canadá se había convertido en una droga. Quería seguir viajando y aprendiendo idiomas, quería seguir conociendo gente distinta y recibir otras influencias. Esta droga me había calado hasta los huesos, y la buscaba desesperadamente.

Durante mi año en Madrid busqué todas las posibilidades para irme a China, que ya se había convertido en mi único objetivo. Quería estar allí de profesor de español, estudiante de chino o bailador de flamenco. En el fondo me daba igual. Tras varios intentos fallidos y becas denegadas, la solución intermedia fue irme a París con una Beca Erasmus, al Institut National de Langues et Civilizations Orientales (INALCO), considerada como una de las mejores universidades europeas de lenguas orientales. Siempre había sido un amante de la cultura francesa, París era una ciudad maravillosa y los profesores de la UAM me recomendaron que no dejara escapar la oportunidad de estudiar en el INALCO. Volví a París.

El INALCO me hizo darme cuenta de lo atrasada que estaba España en el estudio de las lenguas y culturas orientales. Esta universidad se había fundado en 1795 y cubría 92 lenguas, desde el chino o el japonés, lo más normal de la universidad, hasta tibetano, tailandés, vietnamita, albanés, bieloruso, armenio, quechua o tamil. Recuerdo que muchos estudiantes, cuando les decía que estaba estudiando chino, me encasillaban directamente en el grupo de los mainstream, los convencionales. Allí no sorprendía que estudiaras chino. Era lo normal.

Si en Francia y en muchos otros países (Alemania, Suecia, Reino Unido) tienen una larga tradición de estudios orientales y sinología, en España todavía hay poca gente que haya oído hablar de la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental. Somos nuevos en esto y todavía nos queda un largo camino por recorrer. La sociedad paga esta enorme laguna en el mapa del mundo.

Después de un año estudiando chino en la UAM, cuando llegué a INALCO tuve que empezar otra vez en el nivel inicial. Todo lo que yo había visto en nueve meses se despachó en uno en París. Había más horas de clase, mejor preparadas, con profesores nativos y materiales propios. Recuerdo que los responsables del departamento de la UAM se quejaban de las dificultades administrativas para contratar un profesor chino durante dos años. En INALCO el 90% de los profesores de lengua eran nativos.

Mientras la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental en la UAM duraba sólo dos años, en INALCO tenían planes de cinco años y decenas de másters y estudios complementarios. Muchos de los libros que había leído en España sobre China eran de profesores que todavía enseñaban en esta universidad. INALCO suponía una dimensión más profesional y más amplia de estudios asiáticos, con más experiencia y más recursos humanos.

De todos modos, al INALCO le pasaba un poco como a la Complutense, que era tan antigua que se había vuelto un dinosaurio que vivía del pasado. A la espera de la construcción de un nuevo edificio propio, la mayoría de clases se tenían que dar en otra universidad. Los profesores no tenían despacho propio, la burocracia era eterna, los horarios de conserjería ambiguos y el uso de Internet para jugar al solitario. En este sentido, a INALCO le faltaban las infraestructuras para aprovechar su enorme capital humano.

En Francia me di cuenta de que la administración y la burocracia todavía podían ser más pesadas que en España. Cosas tan sencillas como comprar un teléfono móvil, abrir una cuenta bancaria o alquilar una casa requerían una cantidad de tiempo y esfuerzo titánicas. Instalarte en Francia es complicado: para abrir una cuenta en una banco necesitas una dirección postal, para alquilar una casa necesitas una cuenta bancaria… y para comprar un móvil las dos cosas. Obtener una tarjeta de crédito, tras varias visitas al banco, suele llevar tres semanas. Para determinados comportamientos en ventanillas varias, uno no puede sino pensar en la supuestamente tan española frase de “vuelva usted mañana”.

Por otro lado, mi estancia en Francia coincidió con las elecciones presidenciales de 2007, que fueron un acontecimiento político fascinante. Si se suele decir que todo argentino lleva un filósofo dentro y que todo italiano es un poco artista, todos los franceses son un político en potencia. La implicación de los ciudadanos en las elecciones, el debate político y la profundidad de los medios de comunicación me mostraron una democracia como no había visto hasta entonces. Las propuestas presidenciales eran analizadas al detalle y un cambio en un impuesto desataba debates furibundos. Los políticos (no sólo dos, sino muchos) aparecían en los telediarios casi todos los días, los periodistas les cortaban cuando se enrollaban y les ponían siempre en aprietos. Que los franceses se quejaran (algo muy francés) del poco nivel de los candidatos no hizo sino aumentar mi impresión de la vitalidad democrática y social francesa.

Universidad de Pekín, 2007 – 2009

Durante todo el año en París no pensaba en otra cosa que en la mejor forma de saltar a China al año siguiente. De todas las oportunidades, la más atractiva era la beca de la Fundación ICO, que pagaba todos los gastos durante nueve meses para estudiar chino en Pekín. Durante el mes de mayo de 2007 la resolución de las becas se fue retrasando semana tras semana, y tenía tantas ganas de conocer el resultado, que la web de la Fundación ICO se convirtió en mi página de inicio durante varios días. Cuando vi mi D.N.I. entre los admitidos para el año 2007-2008, di tantos saltos y gritos por mi casa que el vecino subió para ver si necesitaba un médico. Tuve que sacar mi D.N.I. y ponerlo junto a la pantalla del ordenador para creerme que aquellos números se referían a mí. El sueño de China se hacía realidad.

La primera cosa que me sorprendió de China fue la gran hospitalidad de sus gentes hacia los extranjeros, sobre todo hacia los occidentales. No importaba donde fuera o donde estuviera, los chinos me invitaban a sus casas, alababan mi chino (que era penoso) e incluso te sentías un privilegiado en la vida diaria. En la Universidad teníamos las mejores habitaciones y notabas como, casi siempre, eran ellos los que se adaptaban a tus gustos y no al revés. Era un gran contraste con la prepotencia que la mayoría de extranjeros mostraban cuando llegaban a China. Y una diferencia abismal de como tratamos nosotros a los chinos cuando vienen a nuestro país.

Otra cosa que me sorprendió, dentro de todas las cadenas de estereotipos que se iban rompiendo día a día, fue la enorme influencia occidental en China. Casi siempre se presenta a este país como aislado del mundo y encerrado en sí mismo, y lo que yo he vivido en este país tiene muy poco que ver con esta descripción simplista. Los KFC, McDonald´s y sucedáneos se encuentran en todas las ciudades chinas, los éxitos de Hollywood lo son todavía más en China y la fiebre por aprender el inglés invade desde las guarderías hasta las universidades. Mi compañero de piso, un joven de 33 años originario de Pekín, se sabe de memoria los diálogos de series estadounidenses de las que yo ni siquiera había oído hablar (Wire, Heros). Cada vez que vuelvo a España y alguien me suelta la frase de “con lo cerrados que están los chinos al extranjero” me parece que están hablando de otro país. Cuando alguien me comenta que “los chinos nos van a invadir” yo sólo tengo una respuesta: “nosotros ya les hemos invadido”.

China me hizo desconfiar de los medios de comunicación occidentales como nunca lo había hecho hasta entonces. Mi primer año en Pekín coincidió con los altercados en Tibet, el terremoto de Sichuan y los Juegos Olímpicos. Lo que vi con mis ojos en torno a estos incidentes casi nunca se correspondía con lo que contaban los medios. Me di cuenta de que la línea editorial de los medios occidentales respecto a China consistía en resaltar sus puntos débiles y sus defectos, olvidando sus virtudes. La única respuesta que he podido encontrar a esta parcialidad es el desconocimiento que se tiene en España de este país y lo que Edward Said llamaba Orientalismo.

También me di cuenta de como funciona una maquinaria censora y propagandística, cosa que nunca antes había podido experimentar de verdad. Y pude comprobar como la mayoría de chinos no conocían las detenciones políticas, violaciones de derechos humanos o películas que trataban sobre temas sensibles. Si las conocían, tampoco les parecían algo importante. La lucha a la hora de navegar por Internet se convirtió en una batalla diaria. Pocos pensarán que vivir en este tipo de ambiente puede tener alguna ventaja, pero lo cierto es que las tiene.

Gracias a eso, supe apreciar muchos de los valores occidentales que yo había asumido hasta entonces como normales. La libertad de expresión, el carpe diem, el derecho a ser feliz, el debate político, la diversidad de ideas… Una de las cosas que más echo de menos en este país es el humor político. Mientras nosotros tenemos decenas de programas en los que se ridiculiza al Rey, al presidente o a los ministros (en prime time), en China estas cosas no existen. A mí me hizo falta llegar hasta Pekín para darme cuenta de su valor real y su contribución a una sociedad más abierta.

En la universidad, aprendí que la capacidad de esfuerzo en este país supera todo lo imaginable. Los profesores daban 6 horas seguidas de clase sin inmutarse, los exámenes se corregían al día siguiente y los estudiantes casi vivían en la biblioteca. Muchos de los alumnos chinos en el departamento de español conseguían manejar el idioma y comunicarse en un año de estudio. La única respuesta de su profesora española en la universidad era rotunda: “estudian mucho”. A sus ojos los estudiantes españoles pasábamos por unos vagos redomados.

Durante los primeros meses en la Universidad, tuve la sensación de que, en el fondo, las diferencias entre los jóvenes chinos y los occidentales no eran muy grandes. La globalización nos había acercado y, en cierto sentido, en los dos puntos del planeta se estaban viviendo fenómenos similares. Sin embargo, con el tiempo fue descubriendo que, en el fondo, veníamos de mundos muy distintos. Lo que Manel Ollé llama el “mobiliario mental” de los chinos es muy distinto al nuestro, desde los referentes culturales hasta la educación que hemos recibido, pasando por nuestra actitud ante la vida o nuestros valores.

Mi gran amigo Rafael Caro, que también estuvo en la universidad de Pekín estudiando dos años, me comentaba los problemas que había tenido a la hora de estudiar el erhu (instrumento tradicional chino): después de cierto tiempo, su técnica era perfecta y sabía tocar todas las notas al ritmo correcto, pero la profesora no le dejaba de repetir que “no sonaba a chino”. Había algo allí, la forma de entender la vida, de expresar las emociones, que delataba su procedencia española. Los chinos son muy chinos y siempre lo serán, y no conviene olvidar esto a la hora de hacer cálculos sobre el futuro del país. Será un futuro a su medida.

De estos nueve años en la universidad, me quedo con los pocos pero brillantes profesores que encontré en la Faculta de Periodismo, que supieron llenar de dudas, sembrar ilusión y abrir caminos a sus estudiantes. Mi impresión es que los universitarios españoles son capaces de casi todo, pero que las universidades no están a su altura. Me quedo con todas las posibilidades de becas e intercambios en el extranjero (bendita globalización), que me permitieron estudiar en el extranjero, abrir el mapa del mundo y conocer a un montón de personas que cambiaron mi visión de la vida. Me quedo con los pioneros en España de los Estudios de Asia Oriental, empeñados contra viento y marea en acercar esta parte del mundo a la sociedad española. Y me quedo con China y sus gentes, que me invitaron a sus casas y me hicieron no sólo descubrir su país, sino también conocerme a mí mismo.

Escuelas en el campo

Si pude descubrir el pequeño pueblo de Wugang, fue porque un amigo chino me invitó a su casa. Kevin (así le gusta que le llamen) estudió en Xian y en Pekín, pero, después de acabar dos carreras, decidió volver a su pueblo. Aunque en la capital de China podría haber tenido más oportunidades (Kevin estudió en la que está considerada la mejor universidad de China, la Universidad de Pekín), aún así decidió volver a Wugang. El motivo no fue otro que ayudar al desarrollo del campo en China, esos pueblos que se van quedando atrás en medio del gran despegue económico de las ciudades. Kevin quiere que los niños de su pueblo tengan las mismas oportunidades que los que viven en las ciudades. Por eso decidió volver.

Uno de los problemas más importantes en el campo y las regiones interiores de China es la fuga de cerebros. Los mejores estudiantes se van a las ciudades costeras, donde tienen salarios más altos y mejores condiciones de vida. “Nadie quiere volver a Wugang, al campo -me dice Kevin mitad cabreado mitad orgulloso de su decisión-. Aquí no hay McDonald´s. Sólo hay un sitio donde se puede tomar café y es carísimo. No hay pizza. Todo el mundo se queda en las grandes ciudades”.

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En el campo de la enseñanza, en el que Kevin está más implicado, esto repercute en la calidad del profesorado: casi todos los profesores son mayores, con ideas conservadoras y todavía pegados a los métodos tradicionales de enseñanza. Kevin y su mujer, Victoria (ellos siempre utilizan sus nombres en inglés, incluso entre ellos), decidieron montar en Wugang una academia de inglés. Alquilan un par de aulas en una guardería y una Universidad y dan clases privadas a niños desde los 3 hasta los 15 años. Cuando estuve allí les eche una mano con los niños más pequeños y me quedé prendado de una chica de cinco años, Mia, que era sin duda alguna la más espabilada de todos los alumnos. Su pronunciación en inglés era excelente, era la más activa, la primera en responder, la más lista; y aún así nunca era irritante, nunca impedía el desarrollo normal de la clase. Cuando le pregunte a Kevin por ella, se puso un poco triste: “A los profesores de la guardería no les gusta nada Mia. La critican muchísimo. Incluso hablan con sus padres y les echan la bronca”. Victoria y Kevin me explicaron que los profesores preferían a los estudiantes callados, que están siempre sentados en sus pupitres y nunca hacen preguntas. Este es todavía en muchas ocasiones el modelo de estudiante perfecto en China.

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La masificación en las aulas (no sólo en el campo) es otro de los factores claves para conocer la calidad de la enseñanza en China. Kevin me comentó que en algunos institutos de la zona llegaba a haber hasta 120 o 160 alumnos por clase. Los profesores tienen que hablar con micrófono (cuando lo hay)ya en el instituto. A pesar de la política del hijo único (que como sabéis tiene excepciones en el campo), cada vez más niños llegan al instituto y a la Universidad. Esto hace que muchas clases estén masificadas.

Pero, ¿qué pasa con todo el desarrollo económico chino? ¿no ayudan esas grandes cifras de crecimiento del PIB a mejorar la educación? Kevin me respondió con una frase lapidaria: “la educación no puede seguir el ritmo de la economía”.

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Otro de los problemas de la educación china, no sólo en el campo, es la diferencia que puede haber entre unas escuelas y otras, entre unos institutos y otros. En España prácticamente da igual a que instituto o incluso a que Universidad asistas. En China no. Hay institutos de primera e institutos de segunda, y tu puesto de trabajo va a depender en gran medida de la Universidad en la que hayas finalizado tus estudios. Por eso la competencia suele ser feroz ya desde el instituto. Aún así, no sólo las notas cuentan a la hora de tener una buena educación en China. “Los ricos siempre se las apañan para entrar en los mejores institutos. Por eso los ricos cada vez son más ricos y los pobres cada vez más pobres”.

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[Por cierto, que si alguien está interesado en echarle una mano a Kevin y a Victoria, no tiene más que ponerse en contacto conmigo. Organizan estancias de algunas semanas o meses en Wugang, donde poder ayudarles con las clases de inglés y al mismo tiempo conocer la región]

Orientalismo: ¿y eso qué es?

“No pueden representarse a sí mismos, deben ser representados”
Marx, en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.

Hace una semana, una estudiante de Periodismo en España se puso en contacto conmigo para hacerme una entrevista sobre la labor de los periodistas durante los Juegos Olímpicos de Pekín. A lo largo de la charla, le conté que la labor de los medios de comunicación había sido injusta con China, había mostrado un gran desconocimiento de este país, se había caracterizado por el doble rasero y el eurocentrismo (nada que no me hayáis escuchado decir antes). Como se necesita mucho tiempo para explicar todo esto, al final de la conversación sólo pude decirle una cosa: “Lee Orientalismo. Está todo ahí”.

Como sabéis, Orientalismo es el libro de Edward Said publicado en 1978, casi siempre envuelto en polémicas y que sigue dando que hablar 30 años después de su publicación. En este libro, Said pone a parir la tradición de estudios orientales en Europa y en Estados Unidos, acusándola de imperialista, eurocentrista y racista. Según su autor, el orientalismo nace en un contexto de colonización oriental y envuelto en los pensamientos de superioridad europea, lo cual marcará para siempre las ideas sobre los orientales. El discurso orientalista ha sido tan potente que ha contaminado cualquier intento por estudiar esos “otros”, desde películas y novelas hasta informes, reportajes y noticias. Al contrario de lo que pudiera parecer, defiende Said en 1995, las cosas han cambiado muy poco desde entonces.

Pero, ¿cómo justifica todo esto Said? ¿Cuáles son los principales argumentos de su libro?

1 – Limitación personal. Desde que somos pequeñitos, hay toda una serie de valores, historias, anécdotas y discursos que han ido conformando nuestra personalidad sin que nos demos cuenta. Said cita a Gramsci, que lo explica mucho mejor que yo:

El punto de partida de cualquier elaboración crítica es la toma de conciencia de lo que uno realmente es; es decir, la premisa “conócete a ti mismo” en tanto que producto de un proceso histórico concreto que ha dejado en ti infinidad de huellas sin, a la vez, dejar un inventario de ellas.

Es decir, que a la hora de abordar otras culturas, es imprescindible darse cuenta de que nuestras ideas no son algo ”natural”, sino fabricado por una tradición cultural determinada. Según Said, la tradición orientalista ha dejado muchas huellas que hacen imposible un trabajo justo y objetivo sobre los pueblos orientales.

2 – Orientalismo = Imperialismo. Cualquier escrito se produce en unas condiciones sociales y políticas determinadas, y el nacimiento del Orientalismo en el siglo XIX es producto de la época de mayor imperialismo europeo. Said dice:

El período en el que se produjo el gran progreso de las instituciones y del contenido del orientalismo coincidió exactamente con el período de mayor expansión europea; desde 1815 a 1914 el dominio colonial europeo directo se amplió desde más o menos un 35% de la superficie de la Tierra hasta un 85%.

El Orientalismo, por tanto, no fue una disciplina independiente y objetiva que se acercaba a las culturas orientales, sino una disciplina que dependía políticamente de la metrópoli y que como ella adoptaba una visión imperialista. Occidente administraba sus regiones y disponía de sus recursos; “Europa mantuvo siempre una posición de fuerza”; el Orientalismo fue reflejo de esas ideas eurocéntricas y el instrumento para llevarlas a cabo.

Como fruto de su contexto político y social, el Orientalismo asumió las ideas que eran consideradas como verdades en aquel momento: la superioridad de la cultura occidental y la inferioridad del resto de razas.

A este respecto, no conviene pensar que el Orientalismo ha sido un fenómeno sólo del siglo XIX. No hay más que pensar en los intereses que los países occidentales siguen teniendo en Oriente (el control del petróleo en Oriente Medio, la política respecto a Israel, Irán, el control del ascenso de China, etc…) para darse cuenta de que pocas cosas han cambiado y el conocimiento sigue siendo utilizado como arma política. “Las pautas de poder y dominación siguen siendo las mismas”, escribe Said en el epílogo de la edición de 1995.

3 – Hegemonía cultural. Por lo tanto, el dominio político y económico dio lugar a un dominio cultural. Una hegemonía que ha sido total y duradera, y que ha permitido instalar esos prejuicios y falsedades como verdades asumidas. El discurso sobre los chinos o sobre los árabes no nos ha llegado a través de sus producciones culturales, sino a través de la visión que los occidentales han tenido de ellos (de ahí el “no pueden representarse a sí mismos, tienen que ser representados”).

Said, apoyado en los discursos de los orientalistas Cromer y Balfour, lo explica así:

[...] el oriental es descrito como algo que se juzga (como en un tribunal), que se estudia y examina (como en un currículo), que se corrige (como en una escuela o una prisión), y que se ilustra (como en un manual de zoología). En cada uno de estos casos, el oriental es contenido y representado por las estructuras dominantes.

La mejor muestra de que el Orientalismo parte de una hegemonía cultural es que no “hay un campo similar al otro lado del globo”, es decir, un Occidentalismo.

4 – Exterioridad. Los orientalistas siempre juzgaron a Oriente desde fuera, sin identificarse realmente con los habitantes de los que hablaban. Los occidentales que vivían en las colonias no podían dejar de ser británicos, franceses o estadounidenses, y como tales vivían una vida que poco tenía que ver con las de los locales (embajadas, casas de lujo, etc…). [Nótese que muchas de estas cosas no han cambiado]

Ningún orientalista, escribe Said, “se ha identificado jamás, desde un punto de vista cultural y político, sinceramente con los árabes”. Es lo que el escritor denomina “idea de la exterioridad”. “Ninguno de los orientalistas de los que hablo parece haberse planteado el hecho de que un oriental pudiera leer sus libros”, dice el autor.

5 – Deshumanización. El mero calificativo de Oriente u oriental es una buena muestra del afán por la clasificación y la ausencia de historias personales. Cuando se construye el discurso orientalista no se está hablando de personas humanas como “nosotros”, con anhelos, sentimientos e ideas, sino de un conjunto de habitantes siempre pasivos.

Un aspecto sorprendente de la atención que las nuevas ciencias sociales estadounidenses prestan a Oriente es que evita la literatura. [...] [el objetivo es] mantenerlas deshumanizadas. Cualquier poeta o escritor árabe -que son muy numerosos- escribe sobre sus experiencias, sus valores y su humanidad (por muy extraño que pueda parecer), y de esta manera perturba de modo eficaz los diversos esquemas (imágenes, estereotipos y abstracciones) por los que representa a Oriente.

6 – Definición. Por si no ha quedado del todo claro, os dejo con algunos párrafos en los que Said explica el núcleo central de sus más de 400 páginas de libro :

Un campo como el orientalismo tiene una identidad acumulada y corporativa particularmente fuerte dadas sus asociaciones con la ciencia tradicional (los clásicos, la Biblia, la filología), con las instituciones públicas (gobiernos, compañías comerciales, sociedades geográficas, universidades) y con obras determinadas por su género (libros de viajes, libros de exploraciones, de fantasía o descripciones exóticas). Como resultado de todo esto, el orientalismo se ha constituido como un tipo de consenso: ciertos asuntos, ciertos tipos de enunciados, ciertos tipos de trabajos han sido correctos para el orientalista.

El orientalismo, en consecuencia, se puede considerar una forma regularizada (u “orientalizada”) de escribir, de ver y de estudiar dominada por imperativos, perspectivas y prejuicios ideológicos claramente adaptados a Oriente. Oriente es una entidad que se enseña, se investiga, se administra y de la que se opina siguiendo determinados modos.

El orientalismo mantiene una posición de autoridad tal que no creo que nadie que escriba, piense o haga algo relacionado con Oriente sea capaz de darse cuenta de las limitaciones de pensamiento y acción que el orientalismo le impone. En otras palabras, por el orientalismo, Oriente no fue (y no es) un tema sobre el que se tenga libertad de pensamiento o acción. [...] La cultura europea adquirió fuerza e identidad al ensalzarse a sí misma en detrimento de Oriente, al que consideraba una forma inferior y rechazable de sí misma.

Si esta definición de orientalismo parece sobre todo política, es simplemente porque considero que el orientalismo es en sí mismo el producto de ciertas fuerzas y actividades de carácter político.

EXTRANJERO EN TU PAÍS

En el artículo ($) de ayer de Monika Zgustova en El País, un párrafo me parece expresar perfectamente lo que sentimos a veces aquellos que vivimos fuera, volvemos, marchamos de nuevo y regresamos una vez más… Zgustova habla de Kundera y su difícil regreso a la República Checa, aunque creo que muchos habréis sentido lo mismo de regreso a vuestros países:

El retorno de un exiliado a su patria suele ser arduo. Durante su estancia en el país de adopción, el exiliado ha adquirido nuevos puntos de referencia y un nuevo sistema de valores. Después de haber desplegado un enorme esfuerzo por comprender y adoptar una nueva cultura, un nuevo contexto y una nueva orientación, la escala de valores de su país de origen resulta rara y obsoleta. Por otro lado, cambiado como está, a los ojos de los habitantes del país de origen el exiliado ya no es alguien como ellos, familiar, con el mismo código de comportamiento, sino alguien distinto a ellos, alguien distante y extranjero. En el país de origen el exiliado resulta ser el otro: el desconocido, el extraño, el forastero. Al igual que en su país de acogida. El exiliado nunca más pertenecerá a un lugar concreto. Su destino es flotar en el aire, su identidad está en el desarraigo.

REFORMAR LA UNIVERSIDAD

Miguel Delibes de Castro, apoyado por un grupo de profesores e investigadores, denuncia el amiguismo en la universidad y la necesidad de una reforma a fondo en nuestras universidades. Una reforma que ya es hora de afrontar sin especulaciones. La universidad española necesita una reorientación, y comenzar por los profesores y responsables tal vez no sea una mala idea:

Aunque apenas despierta interés en la sociedad, pocas cosas tienen tanta trascendencia para nuestras expectativas de vida como la selección del profesorado universitario. Elegir mal nos hace perder el tren del desarrollo y la innovación, disminuye las oportunidades de nuestros hijos en una sociedad tecnificada y compleja y dilapida de forma absurda nuestro dinero: un profesor malo cobra lo mismo que uno bueno y, no lo olvidemos, ellos formarán a los futuros médicos, jueces, arquitectos. Para que la universidad cumpla con su papel como motor del desarrollo, debe seleccionar a los mejores profesores en base a criterios de excelencia docente e investigadora. Por desgracia, en nuestro país los profesores universitarios se seleccionan con demasiada frecuencia por procedimientos poco transparentes, donde amiguismo y enchufe pesan sustancialmente más que la investigación y la docencia. [...]

Lo queramos o no vivimos en una sociedad de ciencia, tecnología e innovación. Si seguimos separando el grano de la paja para quedarnos con la paja nuestro país perderá el tren del futuro. Hay que hacer que la sociedad exija una universidad que se corresponda con nuestro nivel socioeconómico, en la que los criterios de excelencia científica y docente destierren a los sistemas de padrinazgo-servidumbre. Recordemos que durante la transición española se demostró que buena parte del sector industrial estaba obsoleto y era inviable. Con gran sacrificio, la sociedad afrontó una reconversión industrial dolorosa que afectó a miles de personas. Pese a sus grandes costes no perdimos el tren del progreso y la competitividad industrial. Quizás ahora ha llegado el momento de hacer una profunda reconversión en la universidad, sin duda difícil, pero necesaria.

Vía Nacho Escolar

EDUCACIÓN PARA LAS MUJERES

En India, como en tantos otros países, el descontrol demográfico y la discriminación de la mujer son dos de los problemas que impiden el crecimiento y la modernización del país. La población crece a un ritmo desorbitado mientras las mujeres tienen problemas para acceder a la educación y encontrar un puesto de trabajo. La mayoría de las familias indias no quieren tener hijas e incluso a veces acaban con la vida de sus futuras niñas en lo que se ha llamado “feticidio” femenino.

Para acabar con esta desigualdad y controlar el crecimiento demográfico, el gobierno indio quiere aprobar una serie de ayudas económicas a las familias con una sola niña. Estas hijas únicas dispondrían de educación gratuita en la Escuela Secundaria y de otros ingresos mensuales durante los años de universidad y posgrado (en principio unos 20 y 40 dólares al mes respectivamente).

Si la medida es adoptada y las mujeres acceden a una buena educación es de esperar que el número de sus hijos disminuya, las posibilidades de encontrar trabajo y ocupar puestos públicos aumenten y la imagen de la mujer en India mejore. Facilitar la educación de las mujeres puede solucionar algunos de los problemas que atraviesan los países en desarrollo.

MÁS ALLÁ DE LA ECONOMÍA

Contrariamente a la opinión general, creo que la economía no es el único motor del mundo. Es evidente que tiene un peso aplastante en la sociedad actual, como lo tienen las grandes multinacionales y todavía los estados, pero también hay que mirar un poco más allá. Las IDEAS siguen siendo importantes y aquellas cosas que llegan al corazón siguen marcando la vida de muchas personas.

Esto viene a cuento por la clasificación hecha por la revista Foreign Policy sobre los 100 intelectuales más influyentes del mundo. Entre ellos se encuentran Umberto Eco, Noam Chomsky, J.M. Coetzee, Gao Xingjian, Eric Hobsbawm o Samuel Huntington. Una interesante lista de sociólogos, economistas, escritores, artistas y filósofos que siguen marcando tendencias y siendo importantes en la sociedad actual. Echo de menos a algunos músicos y cineastas, en ocasiones auténticos mitos intelectuales, pero hay que reconocer que la clasificación es rigurosa y no se queda en el mundo occidental.

Ante tanto pesimismo y tanta visión eonomista de la vida, merece la pena intentar mirar un poco más alla.

INVERTIR EN INVESTIGACIÓN

Muy bueno el post de Kirai. Deberíamos enviarlo a nuestros queridos gobernantes. A ver si se enteran de una vez:

“¿ No es un desperdicio invertir en investigación ?¿ para qué quereis el dinero ? ¿ para iros a Japón una semanita a gastos pagados ? … ¿ así tú crees que algún empresario va a poner dinero ? – Kmela, Benito (Un visitante)

Justamente este es el problema en España!!!. La gente, las empresas son desconfiadas 100% y se piensan que los demás lo único que quieren es robarle el dinero. Por culpa de gente como tu, estamos como estamos! – Kirai (Yo mismo)

llevamos cinco días en Japón sin apenas dormir. Llevamos un año investigando, desarrollando software y publicando artículos. Parte de este trabajo será transferido a las empresas. Por ejemplo, la coordinación entre robots puede servir para coordinar sistemas de transportes. Nuestro líder (Humberto) tiene instalado un sistema de transporte inteligente en unos almacenes y por “debajo” es “casi” el mismo sistema que usamos nosotros en los perros. De Japón he visto el hotel (una mierda, equivalente a un 2* en España), el pabellón donde estoy y el recorrido del tranvía. Parte de los gastos (las comidas y el tranvía) me los pago yo. No son unas vacaciones.

Por otro lado, sin investigación no tendrías televisiones de plasma, teléfonos móviles (Telefónica dedica MUCHO dinero a I+D), coches que van más rápido y consumen menos (la fórmula 1 es un desperdicio?), Internet, sistemas de seguridad (en coches, vigilancia, etc.), sistemas para ayuda a minusválidos (sillas de ruedas inteligentes, sistemas de visión para ayudar a los ciegos, etc.), avances en medicina que te proporcionan una calidad de vida mejor, derecho, química, historia, filosofía, etc, etc, etc. Sólo te comento algunas de las cosas de las que controlo algo (robótica y visión). No confundas investigación seria con diversión. Me cuesta mucha pérdida de sueño y tiempo libre.

Por otro lado, cuando una empresa patrocina un evento de este tipo consigue dos cosas: publicidad y, caso de conseguir algún resultado, patentes. No pierde dinero. Lo que pasa en España es que tenemos la cultura del sol y la pandereta (y últimamente el ladrillo) y así nos va. Compara con Japón y EE.UU. – Miguel Cazorla (Uno de los miembros del equipo español de la Robocup 2005)”

EDUCACIÓN: LA CUENTA PENDIENTE

Si alguien me pregunta cuál es el principal problema de España, yo no dudaría en decantarme por uno: la educación. Nuestro sistema educativo, nuestras universidades y nuestros profesores necesitan un saneamiento urgente. Dentro de todos estos problemas destaca uno, la lectura, que es el camino para formar personas y profesionales. Aunque se ha avanzado mucho en este sentido, todavía nos queda mucho por mejorar. Las rémoras con las que España entró en el siglo XX no han sido superadas.

[Para hacerse una idea del retraso histórico, en 1920 sólo el 20% de la población española sabía leer. Mientras, en Francia la cifra llegaba ya al 80%].

- Gran editorial de El País, además sacado el domingo (estas son las cosas que todavía te hacen creer en un periódico):

España se ha saltado en su agenda de la modernización un capítulo casi entero, el de la lectura y de las bibliotecas. Entramos ahora en una informatización acelerada, preocupados con razón por incrementar las inversiones en I+D, pero no hemos completado, ni siquiera entrado a medias, en la agenda de la expansión del libro propia del siglo pasado. [...]

El problema es que todavía estamos lejos de superar el retraso histórico con que España entra en el siglo XXI. Varios indicadores ponen de manifiesto carencias graves. El número de títulos por habitante es de 1,1, la mitad de la media europea; el gasto corriente de las bibliotecas por habitante es de 6,22, euros frente a los 16,5 de la media europea; y se destina a la compra de libros por habitante 88 céntimos mientras la media europea dedica más de tres euros. Si se observa con más detalle la composición de las bibliotecas, se comprueba que el 42% de los libros tiene más de 25 años y sólo un tercio puede considerarse actual, justo el porcentaje inverso de lo recomendado.

COMUNICAR ES EDUCAR

Margarite Rivière lo deja muy claro en El malentendido: “los medios de comunicación son educación. Hay que decirlo con claridad”. La televisión lanza mensajes, formas de pensar y actitudes que llegan a millones de ciudadanos todos los días. Niños y jóvenes pasan casi tanto tiempo frente a la televisión como en clase, y es por eso que su responsabilidad en la sociedad es tan importante.

Rivière compara la televisión con el nuevo catedrático de la familia: “La televisión se ha convertido ya en el miembro más importante de la familia, en el más influyente y en el que reúne en torno suyo a todos los demás. La televisión deviene no sólo en un miembro de la familia o en un amigo para cualquier soledad, sino en un `catedrático´ todo terreno, activo a cualquier hora del día”.

Sin embargo, este aumento de la fuerza de los medios de comunicación no se ha visto acompañado por un aumento de las responsabilidades periodísticas. Los medios de comunicación parecen haberse olvidado de su función educadora. Los periodistas somos también, en cierta medida, profesores.

Estas reflexiones vienen a cuento de las declaraciones de Emilio Lledó a La Vanguardia, donde dice algunas cositas como esta:

La televisión es una corruptora de neuronas. El bien, la justicia, parecen un sueño utópico; en el momento en que desaparezcan quedará el imperio de la dentellada y de la metralleta. Me parece demencial que la televisión pueda trivializar las imágenes del horror aunque sea en directo. Se difunde la cultura del morbo, del cotilleo, y una cosa es entretener y otra degenerar.

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