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Archive for the ‘Cultura’ Category

Día Noche

Dia Noche es la nueva película de Pangea Films, dirigida por Marcos Miján, excelente director y gran amigo. El film muestra a través de cuatro historias individuales algunos de los aspectos de la realidad china. No es un documental de cifras y datos, sino de sensaciones, olores, conversaciones. Una película muy sugerente, con mucho estilo y con situaciones que el espectador no olvidará nunca.

DIA NOCHE from PANGEA FILMS on Vimeo.

Como habéis visto en el trailer, tengo algunos minutos de gloria.

En China se triunfa en el karaoke

[publicado en Soitu]

Olvídate de bares de copas y discotecas. En Pekín, la fiesta está en los karaokes. No importa tu edad ni tu condición social: desde adolescentes hasta mayores, pasando por pobres estudiantes y ricos empresarios, todos se lanzan al micrófono como principal forma de diversión. Según los hombres de negocios más experimentados, en China los contratos multimillonarios se firman en los karaokes. Si no has pasado por uno de ellos, se puede decir que no has estado en el país.

Para empezar, uno tiene que olvidarse de los pocos karaokes que ha visto en Occidente. En China, como casi siempre en Asia, los karaokes están formados por pequeñas salas privadas de unas diez personas. Aquí no se canta para todo el bar; se canta con y para los amigos. Aunque hay establecimientos de todo tipo, el equipo de sonido y equipamiento pueden sorprender a los más despistados: pantallas planas de más de 30 pulgadas, dos micrófonos por sala y ordenador para seleccionar las canciones. Todo muy moderno e informatizado.

Algunos locales, como el Tango de Pekín, ofrecen comida y bebida gratis (todo lo que tenga alcohol se paga aparte). En este excepcional local de la capital de China, que sorprende por su estilo vanguardista y espléndido servicio, se puede alquilar una sala por 360 yuanes (36 euros) desde las doce de la noche hasta las seis de la mañana. Seis horas durante las cuales disfrutas de buffet libre: hamburguesas, sushi, pastas, verduras, ensaladas y todos los refrescos que te puedas beber. Nada como algo de comida entre canción y canción.

¿Qué se puede cantar? Por suerte para los que no estamos demasiado familiarizados con la música china, la mayoría de karaokes suele tener una buena selección de canciones en inglés. The Beatles, Michael Jackson, The Eagles o Avril Lavigne están entre los clásicos que los expatriados no se cansan de cantar. El español suele sonar muy poquito, aunque siempre se puede probar con Shakira, Ricky Martín o Juanes. Y si quieres impresionar con tu chino y pasar por un lugareño, puedes aprenderte algunas de las canciones más emblemáticas de los karaokes chinos: entre ellas , la marchosa “La chica de enfrente, Amigos, la clásica Dulce amor o la romántica A los ratones les gusta el arroz.

Sea cantando en chino o en otro idioma (el japonés y coreano siempre están presentes), una experiencia auténtica en un karaoke (también llamados KTV) tiene que ser de la mano de los locales. Los karaokes son mucho más que un lugar para cantar: es un espacio privado donde divertirse y donde cabe todo. Bebidas, cigarrillos y ligues acompañan las canciones con naturalidad. Los karaokes, en cierto sentido, son como nuestros bares de copas. Y merece la pena descubrir como se lo montan los chinos.

En Pekín, uno de los lugares más impresionantes para darse a la canción es el Wain Wain, un desconocido karaoke y restaurante japonés situado en la planta número 35 de la parte más moderna de la ciudad. Las salas de este karaoke son como tatamis, muy acogedoras, y el local oferta servicios con comida y bebida hasta que te canses (en este caso, alcohol incluido). Pero lo más espectacular de este lugar son las vistas: con unas amplias cristaleras, puedes disfrutar de las luces de los rascacielos de Pekín mientras entonas la Macarena.

Antes de que os dejéis llevar por las luces de neón de los KTV, una advertencia: algunos de ellos disponen de señoritas que ofrecen servicios especiales. En la ciudad de Hangzhou, cerca de Shanghai, unos amigos recién hechos me llevaron al karaoke que ellos frecuentaban cada fin de semana. En cuanto nos instalamos en nuestra sala privada, y ante mi sorpresa mayúscula, la ‘mama’ del local comenzó a presentar a las chicas que estaban disponibles esa noche. No siempre se acaba en la prostitución, pero las señoritas de compañía (que cantan, beben y juegan a los dados con los clientes) son un fenómeno frecuente en China.

Una selección de los mejores de Pekín

  • Partyworld: la famosa Qiangui, una empresa de origen taiwanés que se ha hecho de oro en China, es casi sinónimo de karaoke. Bajo el nombre de Partyworld, disponen de uno de los mejores equipos de sonido, la mayor variedad de canciones en inglés y un buffet inacabable. El clásico de los clásicos.
  • Wain Wain: este local situado en las alturas de Pekín no sólo ofrece algunas de las mejores vistas de la capital, sino una buena selección de comida japonesa y occidental a precios razonables. A parte del karaoke, también se puede jugar a la Nintendo Wii.
  • Tango: cerca de El Templo de los Lama, es una opción diferente, elegante y con muy buena comida. El local ofrece la posibilidad de grabar en un CD tus actuaciones musicales. Si te cansas del KTV, siempre puedes cambiar a la discoteca de la primera planta o a la sala de conciertos de la tercera.
  • Melody: una de las cadenas de karaokes más famosas de Pekín, con varios locales en la capital. Ambiente agradable, un montón de canciones en inglés y excelente sonido. Como en el resto de karaokes, los horarios menos habituales (todo lo que no sea fin de semana por la noche) son los más económicos.

Nueve años en la universidad

La primera vez que pisé una Universidad tenía 18 años, había llegado a Madrid con dos cajas llenas de libros y mis padres me acompañaron hasta allí para sacarme una foto frente a la facultad. Hoy, nueve años más tarde y cinco universidades después, he escrito las últimas líneas de un examen. Paseando en torno a la pagoda y al lago de mi última escuela, la Universidad de Pekín, me ha entrado la nostalgia después de tantos años de lecturas, proyectos y profesores de todo tipo. Me ha parecido que hoy era un buen momento para compartir mis experiencias durante estos nueve años.

Universidad Complutense de Madrid, 2000 – 2004


Cuando con 18 año abandoné Gijón para estudiar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), no sabía muy bien qué era aquello de la universidad. Me sentía orgulloso de haber llegado a donde nunca tuvieron oportunidad mis padres. Incluso me imponía respeto. “La Universidad es otra cosa”, me decía todo el mundo. Allí los profesores serán más exigentes, tendrás que estudiar duro, “la universidad es otra dimensión”.

La realidad resultó bien distinta. Decir que la Facultad de Ciencias de la Información era un desastre sería un eufemismo. La burocracia era interminable, la eficacia de la administración inexistente, el nivel de los profesores mediocre y los medios de los que disponíamos insuficientes. Cada año entraban a la Facultad, sólo en la rama de periodismo, 900 alumnos. En cada clase había 150 estudiantes. En toda la Facultad (unos 10.000 estudiantes) disponíamos de cuatro cámaras de televisión. Yo una vez llegué a ver una, el cuarto año de carrera, cuando tuvimos cuatro horas de prácticas en una especie de plató de televisión.

Mucha gente (sobre todo aquellos que no han estudiado allí) considera la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM como uno de los mejores centros para estudiar periodismo en España. La plantilla de profesores está llena de nombres gloriosos y académicos ilustres, periodistas que han trabajado al más alto nivel en los mejores medios españoles. No dudo de que en determinados medios profesionales o académicos puedan ser brillantes, pero, como profesores universitarios, su nivel no llegaba al de mis profesores de instituto. La mayoría de ellos consideraba las clases como una ocupación secundaria (seguramente tendrían cosas más importantes que hacer) y la preparación y empeño que ponían en las clases era mínima. En los cuatro años que estudié allí, ningún profesor supo entregarnos el primer día un programa coherente (y seguirlo) de lo que íbamos hacer durante el año. Las clases se reducían a escuchar al profesor y tomar notas. El único método de evaluación que funcionaba en la Facultad era el de un examen al final del cuatrimestre.

La mayoría de profesores, que crecieron en una sociedad y educación muy diferentes a las de los estudiantes de entonces, estaban desfasados a todos los niveles, desde el educativo hasta el profesional. Llevaban décadas enseñando los mismos libros y dando las clases de la misma manera, sin darse cuenta de que el mundo a su alrededor había cambiado. Recuerdo que uno de nuestros profesores, en el primer año de carrera, todavía se empeñaba en defender la enseñanza del tipómetro para los periodistas de hoy. Los profesores vivían (y enseñaban) en una sociedad que ya no existía.

Toda la facultad giraba en torno a esta dinámica de dejadez e indiferencia. Los profesores faltaban a clase cuando les daba la gana (como los alumnos), mandaban leer y estudiar sus propios libros (que las editoriales sólo publicaban porque sabían que tenían un público fiel) y, sobre todo, tomaban muchos cafés. Después de haber pasado por otras cuatro universidades, en ningún sitio he visto tanta gente aprovechándose del estado y haciendo mal su trabajo. El objetivo de los profesores, una vez alcanzado cierto status y salario, estaba claro: vivir bien. Y en la Facultad de Ciencias de la Información se vivía muy bien.

Aunque es difícil encontrar algo positivo dentro del desastre de esa facultad, no me arrepiento ni un segundo de haber tomado ese camino. La media de los profesores pudo ser lamentable, pero hubo cuatro o cinco por los que mereció la pena hacer esa carrera. Hubo profesores que sí entendieron lo que era la universidad, y que supieron, a pesar de tener clases con 150 estudiantes, hacer pensar a sus alumnos, fomentar el diálogo y llamarte por tu nombre. Estos profesores me abrieron las puertas a tantas nuevas ideas, a tantos nuevos libros e inquietudes, que sin ellos el Dani que soy hoy no existiría. Fue con estos cuatro o cinco maestros que comprendí que España no era más que un país al sur de Europa, que ya estaba tardando demasiado tiempo en aprender inglés, y que para ser periodista, como decía Kapuckinski, hay que ser buena persona.

Uno de estos profesores, Pedro Sorela, abrió muchos de los caminos que todavía hoy siguen su curso. El primer día de clase, con su barba frondosa y su mirada intimidante, utilizó su tono más duro para dejarnos las cosas claras: “Yo no estoy aquí para daros las respuestas, como mucho estoy aquí para haceros las preguntas. Si hay alguien en este aula que sólo viene a esta clase para tener un aprobado, que me lo diga al salir de clase, se lo doy y punto. Espero que todos hayan venido aquí para otra cosa”. Sus asignaturas consistían en mandarnos un trabajo semanal, casi siempre la redacción de algún texto, con unos objetivos determinados. Durante la clase los estudiantes leían estos textos y el resto de estudiantes los comentaban. El profesor hablaba poco, pero cuando lo hacía cambiaba tu forma de entender el periodismo.

Fue él también el que supo hacerme ver lo bueno que tenía nuestra Facultad: “Te deja mucho tiempo libre para hacer lo que quieras”. Y así era. La Facultad me dio la oportunidad de dedicarme a muchas otras cosas: idiomas, deportes, prácticas, literatura. Decir que lo mejor de una Universidad es el poco tiempo que le tienes que dedicar es triste. Porque triste era la Facultad.

La ciudad de Madrid supuso para mí un cambio importante. Después de vivir 18 años en Gijón, una ciudad de 300.000 habitantes, dar el salto a la capital de España supuso un cambio de escala. La variedad de opiniones, la oferta la cultura, el cine en versión original, el teatro, el número de extranjeros… Cuando ahora pienso en mi ciudad natal la veo en blanco y negro, casi sin escala de grises, monótona. Madrid era el arco iris.

De todas las cosas que viví en mis años de estudiante en la UCM, tal vez la más importante fuera la de vivir por mi cuenta. Abandonar la casa de tus padres con 18 años tiene tantas ventajas que sólo los que lo hemos hecho nos damos cuenta de su importancia. Tienes que aprender a tomar decisiones por tu cuenta, buscarte la vida, ser responsable. Tienes tu propia casa y la compartes con gente distinta. Simplemente, vives tu propia vida. Y lo haces como quieres.

Que en España (a diferencia de muchos otros países occidentales) esto sea un fenómeno casi paranormal debería hacernos reflexionar. Que alguien con 25 o 30 años siga viviendo en casa de sus padres, que se encargan todavía de lavarle la ropa y darle de comer, no es precisamente un modelo de juventud independiente y creativa. Como decía Josep Ramoneda en El País, “el retraso en la emancipación mutila a los jóvenes, a los que se somete a una superprotección que no es la mejor escuela para moverse en la vida”. Desde entonces, y cada vez que he vuelto a España, descubro diferencias abismales entre aquellos que se han ido con 18 años de casa y los que todavía siguen viviendo con sus padres.

Aunque la facultad de Periodismo no se pueda considerar como una muestra real de la Universidad española, lo cierto es que la mayoría de informes vienen a corroborar lo mismo: ninguna de las universidades españoles está entre las 100 mejores del mundo. A veces, según los estudios, situamos cuatro o cinco entre las 500 mejores. Mi facultad era un buen ejemplo de los problemas de la universidad española: masificación, falta de medios, profesores desfasados, enchufismo, administración pesada, falta de investigación y uso de nuevas tecnologías… Cuando, en cuarto año de carrera, muchos estudiantes se iban de ERASMUS, el quinto curso se solía convertir para ellos en una pesadilla. Algunos decidieron no volver a la universidad española.

Simon Fraser University de Vancouver, 2004 – 2005

Otra de las ventajas que pude obtener de mi Facultad, una vez más colateral, fue la posibilidad de estudiar un año en Canadá. Desde el segundo año de carrera estaba convencido de que me quería ir a estudiar a otro país, y entre todas las becas que pedí conseguí una para la Simon Fraser University, en Vancouver. No está considerada una de las mejores universidades de Canadá, pero a mí me servió para convencerme de que otra universidad era posible. No era una utopía. Existían.

Cuando alguien me pregunta qué es lo que me gustó tanto de esta universidad, no sé por donde empezar. La forma en la que funcionaba allí la Universidad, desde el compromiso de los profesores hasta la encargada de los estudiantes extranjeros, era tan distinto a lo que yo había vivido que a veces su eficacia me sorprendía. El primer día de clase el profesor llegaba con el programa de la asignatura: los objetivos, las lecturas obligatorias (sí, había que leer), el contenido de cada una de las horas de clase, las fechas de entrega de trabajos y los horarios de las presentaciones. Y lo más sorprendente de todo es que el programa se cumplía a rajatabla. En los 8 meses que pasé en la Universidad, ni uno sólo de los profesores llegó tarde a clase.

En cuanto al método de enseñanza, te hacía pensar. El examen final suponía en la mayoría de los casos un 40% de la nota final, y el resto se repartía entre trabajos y presentaciones. Todas las semanas tenías una lectura obligatoria que hacer y todas las semanas había una presentación que corría a cargo de los estudiantes. Frente al método de enseñanza español, en el que sólo se estudiaba antes de los exámenes, aquí había que estudiar todos los días. Las asignaturas tenían dos partes, unas que se llamaban lectures (lo que se suele llamar clase magistral) y otras que se llamaban tutorials, donde sólo estábamos unos diez estudiantes y nos dedicábamos a debatir. En España, en la mayoría de las clases era el profesor el que habla. En Canadá, los protagonistas eran los estudiantes.

Internet y las nuevas tecnologías existían en la Simon Fraser University. Cada profesor tenía su propia página web, las asignaturas se seleccionaban a través de Internet y los profesores tenían email (y contestaban en menos de 24 horas). A los estudiantes se les ofrecía directamente una cuenta de correo electrónico y una página web propia. En la biblioteca de la Universidad se podían alquilar portátiles de forma gratuita.

De los canadienses, aprendí lo que era una sociedad creativa y volcada en el futuro. Vancouver había sido creada hacía poco más de 100 años y en la ciudad nadie miraba al pasado. La universidad fomentaba la creatividad y las ideas nuevas. No había miedo a equivocarse sino a no atreverse demasiado. El contraste con la vieja europa me resultó estimulante.

En Vancouver compartí vida con muchos otros estudiantes extranjeros y me sorprendió el nivel tan elevado de inglés que tenían ya antes de llegar a Canadá. Suecos, noruegos, alemanes, finlandeses, taiwaneses, holandeses, belgas… todos tenían un nivel excelente de inglés, y lo más curioso de todo es que la mayoría no había necesitado salir de su país para hablarlo sin dificultades. Cuando les comentaba que en todos mis años de estudio en España nunca en mi vida me habían hecho un examen oral de inglés… no se lo creían. Ellos me enseñaron que aprender un idioma en tu propio país es posible. Sólo hace falta un sistema de educación en el que esto sea una prioridad y una sociedad donde las películas en versión original no sean una cosa de intelectuales con gafas de pasta. España tiene en este sentido un lastre del que debería librarse cuanto antes.

Debido a mis carencias lingüísticas por aquel entonces, es a Canadá a quien le debo el poder hablar hoy inglés, una de esas cosas que todo el mundo me había dicho era tan importante y de la que yo nunca me había dado cuenta de verdad. En estas líneas que escribo, como decía Albert Camus, hay que diferenciar entre lo que “imaginamos saber y lo que sabemos de veras”. Una cosa es que todo el mundo te diga que el inglés es muy importante; otra sentirlo en tus propias carnes.

Una vez fuera de España, comprendí que el mundo hablaba inglés. Supe que en casi todos los hostales del globo había alguien que hablaba el idioma de Shakespeare, que la mayoría de traducciones de cualquier lengua se hacían al inglés y que la cantidad de gente de tantos países con los que podías hablar en este idioma era inmensa. Poder hablarlo y leerlo me abrió las puertas a tantas publicaciones, libros y nuevos medios de comunicación, me permitió hablar con tanta gente con tantas ideas distintas, que tengo la sensación de que en mi vida significó un antes y un después. El mundo se abrió para mí después de Canadá.

En Vancouver también sentí lo que era una ciudad multicultural. Ahora, cuando alguien me comenta que en España hay muchos inmigrantes, no puedo más que soltar una carcajada. Acabamos de empezar. En Canadá, un país de inmigrantes, todo el mundo es de otro lugar. Los matrimonios mixtos están a la orden del día y los acentos se asumen como algo normal. Viví en el barrio chino de Vancouver durante cuatro meses, y tal vez fue ahí cuando me comencé a inclinar hacia China.

Después de 8 meses en Vancouver, la sensación que invadía mi cuerpo era la de “quiero más”. Quería más de lo mismo, pero diferente. Quería aprender más idiomas para seguir ampliando mi mundo, conocer más países, hablar con más gente distinta. Renegué mucho de España, porque me decía a mí mismo que ya había vivido demasiado tiempo en el mismo país (¡22 años en el mismo país!). Quería más. Más lejos.

Universidad Autónoma de Madrid, 2005 – 2006

Con estas ganas de conocer mundo, volví en abril a España, saludé a mis amigos y mi familia, y después de un mes me fui a trabajar de camarero a París. Allí estuve tres meses, viajé otro mes por el centro de Europa y me volví a España en octubre. Para entonces mi vida se había convertido en lo que yo siempre había soñado: una sucesión de gente nueva, conversaciones en tres idiomas y una mochila a la espalda para recorrer mundo.

Estaba contento de volver a España, pero sobre todo porque sabía que era sólo una parada en el camino. En un email milagroso que nunca supe de donde llegó, me enteré de una nueva licenciatura de segundo ciclo en España que parecía encajar con lo que yo estaba buscando: Estudios de Asia Oriental (China). Durante mucho tiempo había estado convencido de que para ser periodista había que “saber un poco de todo y un mucho de algo”, así que volcarme en el estudio de China y aprender su idioma, ahora que estaban pasando tantas cosas en ese país, me pareció una idea excelente. Había que especializarse. Como periodista, quería estar en un lugar donde se estuviera decidiendo el futuro del siglo XXI. Me sentía cansado de Europa, quería irme más lejos. China parecía la salidad natural a todas estas inquietudes.

Como cada vez que he estado una temporada larga en el extranjero, mi idea de España cambió a la vuelta de Vancouver. No hay nada tan sano como viajar y aislarte de tu sociedad para poder verla con claridad. Fue entonces cuando comprendí de verdad que todas las cosas que había asumido como naturales (desde el modelo político, el idioma, las costumbres, la educación) no eran sino construcciones sociales. Yo lo había oído mucho antes, pero, una vez más, no es lo mismo cuando lo experimentas en persona.

Mi vuelta a la universidad española, en este caso la Autónoma de Madrid, fue mucho más exitosa de lo que esperaba. Mi experiencia anterior, los informes internacionales y los comentarios de compañeros de otras carreras me habían hecho pensar que me encontraría con la misma incompetencia que había sufrido en la Facultad de Periodismo. La sorpresa fue mayúscula. En el departamente de Estudios de Asia Oriental los profesores estaban motivados, se preocupaban por los alumnos, tenían un programa que seguían a rajatabla, las lecturas eran interesantes y se primaba algo más que los exámenes. En este sentido se parecía a lo que había vivido en Canadá, donde los trabajos y las presentaciones eran tan importantes como el examen final. Había debate.

Los motivos por los que esta Universidad (o al menos este departamento) era tan distinta eran varios. La Licenciatura de Estudios de Asia Oriental era una carrera de reciente creación (tan sólo 4 años), los profesores eran jóvenes, todos ellos habían estudiado en el extranjero y sólo había (como mucho) 30 estudiantes por clase. En el departamento no había ningún dinosaurio que llevara dando la misma asignatura durante 30 años. Había que estudiar mucho y no tenía tanto tiempo para dedicarme a otras cosas, pero estos eran precisamente los motivos por los que yo quería ir a la Universidad.

Otro de los detalles de este departamento es que había que leer en inglés. Durante mis cuatro años en la Facultad de Periodismo, a ningún profesor se le ocurrió mandarnos una lectura en un idioma que no fuera el español. En el departamento de Estudios de Asia Oriental no había otra solución, ya que las publicaciones en español sobre Asia o China son muy limitadas.

De todos modos, España debería reflexionar sobre la presencia del inglés (y otros idiomas) en nuestras universidades. Las carreras no tienen asignaturas obligatorias de idiomas extranjeros, con lo que la mayoría de estudiantes deja de estudiar inglés a los 18 años. Nos guste o no, el mundo de la investigación, los negocios y las nuevas tecnologías habla inglés. Y los universitarios españoles no.

Los Estudios de Asia Oriental me hicieron darme cuenta del eurocentrismo absoluto en el que había vivido hasta entonces. Las clases de historia, arte y religión en China me descubrían un mundo del que hasta entonces no había escuchado hablar. El desarrollo de esta civilización era tan diferente a todo lo que yo había estudiado, que cada hora de clase suponía un descubrimiento que replanteaba todo lo que había aprendido hasta entonces. Allí ya no había Grecia Clásica, Edad Media, Renacimiento ni Ilustración, lo que yo había considerado hasta entonces como historia universal. Recuerdo que en una clase llamada “Literatura Universal” en el instituto (con una profesora excelente, por cierto) no habíamos estudiado nada más que a escritores occidentales. El mundo era muchísimo más de lo que yo había aprendido hasta entonces. La educación que había recibido me había hecho asumir que universal era igual a occidental. En la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental pude comenzar a vislumbrar lo que había pasado en otros lugares del mundo, nada más y nada menos que lo que hoy supone un quinto de la humanidad (China).

Institut National de Langues et Civilizations Orientales de París, 2006 – 2007

A pesar de estar muy contento en la UAM, quería volver a salir de España. La experiencia internacional que había vivido en Canadá se había convertido en una droga. Quería seguir viajando y aprendiendo idiomas, quería seguir conociendo gente distinta y recibir otras influencias. Esta droga me había calado hasta los huesos, y la buscaba desesperadamente.

Durante mi año en Madrid busqué todas las posibilidades para irme a China, que ya se había convertido en mi único objetivo. Quería estar allí de profesor de español, estudiante de chino o bailador de flamenco. En el fondo me daba igual. Tras varios intentos fallidos y becas denegadas, la solución intermedia fue irme a París con una Beca Erasmus, al Institut National de Langues et Civilizations Orientales (INALCO), considerada como una de las mejores universidades europeas de lenguas orientales. Siempre había sido un amante de la cultura francesa, París era una ciudad maravillosa y los profesores de la UAM me recomendaron que no dejara escapar la oportunidad de estudiar en el INALCO. Volví a París.

El INALCO me hizo darme cuenta de lo atrasada que estaba España en el estudio de las lenguas y culturas orientales. Esta universidad se había fundado en 1795 y cubría 92 lenguas, desde el chino o el japonés, lo más normal de la universidad, hasta tibetano, tailandés, vietnamita, albanés, bieloruso, armenio, quechua o tamil. Recuerdo que muchos estudiantes, cuando les decía que estaba estudiando chino, me encasillaban directamente en el grupo de los mainstream, los convencionales. Allí no sorprendía que estudiaras chino. Era lo normal.

Si en Francia y en muchos otros países (Alemania, Suecia, Reino Unido) tienen una larga tradición de estudios orientales y sinología, en España todavía hay poca gente que haya oído hablar de la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental. Somos nuevos en esto y todavía nos queda un largo camino por recorrer. La sociedad paga esta enorme laguna en el mapa del mundo.

Después de un año estudiando chino en la UAM, cuando llegué a INALCO tuve que empezar otra vez en el nivel inicial. Todo lo que yo había visto en nueve meses se despachó en uno en París. Había más horas de clase, mejor preparadas, con profesores nativos y materiales propios. Recuerdo que los responsables del departamento de la UAM se quejaban de las dificultades administrativas para contratar un profesor chino durante dos años. En INALCO el 90% de los profesores de lengua eran nativos.

Mientras la Licenciatura de Estudios de Asia Oriental en la UAM duraba sólo dos años, en INALCO tenían planes de cinco años y decenas de másters y estudios complementarios. Muchos de los libros que había leído en España sobre China eran de profesores que todavía enseñaban en esta universidad. INALCO suponía una dimensión más profesional y más amplia de estudios asiáticos, con más experiencia y más recursos humanos.

De todos modos, al INALCO le pasaba un poco como a la Complutense, que era tan antigua que se había vuelto un dinosaurio que vivía del pasado. A la espera de la construcción de un nuevo edificio propio, la mayoría de clases se tenían que dar en otra universidad. Los profesores no tenían despacho propio, la burocracia era eterna, los horarios de conserjería ambiguos y el uso de Internet para jugar al solitario. En este sentido, a INALCO le faltaban las infraestructuras para aprovechar su enorme capital humano.

En Francia me di cuenta de que la administración y la burocracia todavía podían ser más pesadas que en España. Cosas tan sencillas como comprar un teléfono móvil, abrir una cuenta bancaria o alquilar una casa requerían una cantidad de tiempo y esfuerzo titánicas. Instalarte en Francia es complicado: para abrir una cuenta en una banco necesitas una dirección postal, para alquilar una casa necesitas una cuenta bancaria… y para comprar un móvil las dos cosas. Obtener una tarjeta de crédito, tras varias visitas al banco, suele llevar tres semanas. Para determinados comportamientos en ventanillas varias, uno no puede sino pensar en la supuestamente tan española frase de “vuelva usted mañana”.

Por otro lado, mi estancia en Francia coincidió con las elecciones presidenciales de 2007, que fueron un acontecimiento político fascinante. Si se suele decir que todo argentino lleva un filósofo dentro y que todo italiano es un poco artista, todos los franceses son un político en potencia. La implicación de los ciudadanos en las elecciones, el debate político y la profundidad de los medios de comunicación me mostraron una democracia como no había visto hasta entonces. Las propuestas presidenciales eran analizadas al detalle y un cambio en un impuesto desataba debates furibundos. Los políticos (no sólo dos, sino muchos) aparecían en los telediarios casi todos los días, los periodistas les cortaban cuando se enrollaban y les ponían siempre en aprietos. Que los franceses se quejaran (algo muy francés) del poco nivel de los candidatos no hizo sino aumentar mi impresión de la vitalidad democrática y social francesa.

Universidad de Pekín, 2007 – 2009

Durante todo el año en París no pensaba en otra cosa que en la mejor forma de saltar a China al año siguiente. De todas las oportunidades, la más atractiva era la beca de la Fundación ICO, que pagaba todos los gastos durante nueve meses para estudiar chino en Pekín. Durante el mes de mayo de 2007 la resolución de las becas se fue retrasando semana tras semana, y tenía tantas ganas de conocer el resultado, que la web de la Fundación ICO se convirtió en mi página de inicio durante varios días. Cuando vi mi D.N.I. entre los admitidos para el año 2007-2008, di tantos saltos y gritos por mi casa que el vecino subió para ver si necesitaba un médico. Tuve que sacar mi D.N.I. y ponerlo junto a la pantalla del ordenador para creerme que aquellos números se referían a mí. El sueño de China se hacía realidad.

La primera cosa que me sorprendió de China fue la gran hospitalidad de sus gentes hacia los extranjeros, sobre todo hacia los occidentales. No importaba donde fuera o donde estuviera, los chinos me invitaban a sus casas, alababan mi chino (que era penoso) e incluso te sentías un privilegiado en la vida diaria. En la Universidad teníamos las mejores habitaciones y notabas como, casi siempre, eran ellos los que se adaptaban a tus gustos y no al revés. Era un gran contraste con la prepotencia que la mayoría de extranjeros mostraban cuando llegaban a China. Y una diferencia abismal de como tratamos nosotros a los chinos cuando vienen a nuestro país.

Otra cosa que me sorprendió, dentro de todas las cadenas de estereotipos que se iban rompiendo día a día, fue la enorme influencia occidental en China. Casi siempre se presenta a este país como aislado del mundo y encerrado en sí mismo, y lo que yo he vivido en este país tiene muy poco que ver con esta descripción simplista. Los KFC, McDonald´s y sucedáneos se encuentran en todas las ciudades chinas, los éxitos de Hollywood lo son todavía más en China y la fiebre por aprender el inglés invade desde las guarderías hasta las universidades. Mi compañero de piso, un joven de 33 años originario de Pekín, se sabe de memoria los diálogos de series estadounidenses de las que yo ni siquiera había oído hablar (Wire, Heros). Cada vez que vuelvo a España y alguien me suelta la frase de “con lo cerrados que están los chinos al extranjero” me parece que están hablando de otro país. Cuando alguien me comenta que “los chinos nos van a invadir” yo sólo tengo una respuesta: “nosotros ya les hemos invadido”.

China me hizo desconfiar de los medios de comunicación occidentales como nunca lo había hecho hasta entonces. Mi primer año en Pekín coincidió con los altercados en Tibet, el terremoto de Sichuan y los Juegos Olímpicos. Lo que vi con mis ojos en torno a estos incidentes casi nunca se correspondía con lo que contaban los medios. Me di cuenta de que la línea editorial de los medios occidentales respecto a China consistía en resaltar sus puntos débiles y sus defectos, olvidando sus virtudes. La única respuesta que he podido encontrar a esta parcialidad es el desconocimiento que se tiene en España de este país y lo que Edward Said llamaba Orientalismo.

También me di cuenta de como funciona una maquinaria censora y propagandística, cosa que nunca antes había podido experimentar de verdad. Y pude comprobar como la mayoría de chinos no conocían las detenciones políticas, violaciones de derechos humanos o películas que trataban sobre temas sensibles. Si las conocían, tampoco les parecían algo importante. La lucha a la hora de navegar por Internet se convirtió en una batalla diaria. Pocos pensarán que vivir en este tipo de ambiente puede tener alguna ventaja, pero lo cierto es que las tiene.

Gracias a eso, supe apreciar muchos de los valores occidentales que yo había asumido hasta entonces como normales. La libertad de expresión, el carpe diem, el derecho a ser feliz, el debate político, la diversidad de ideas… Una de las cosas que más echo de menos en este país es el humor político. Mientras nosotros tenemos decenas de programas en los que se ridiculiza al Rey, al presidente o a los ministros (en prime time), en China estas cosas no existen. A mí me hizo falta llegar hasta Pekín para darme cuenta de su valor real y su contribución a una sociedad más abierta.

En la universidad, aprendí que la capacidad de esfuerzo en este país supera todo lo imaginable. Los profesores daban 6 horas seguidas de clase sin inmutarse, los exámenes se corregían al día siguiente y los estudiantes casi vivían en la biblioteca. Muchos de los alumnos chinos en el departamento de español conseguían manejar el idioma y comunicarse en un año de estudio. La única respuesta de su profesora española en la universidad era rotunda: “estudian mucho”. A sus ojos los estudiantes españoles pasábamos por unos vagos redomados.

Durante los primeros meses en la Universidad, tuve la sensación de que, en el fondo, las diferencias entre los jóvenes chinos y los occidentales no eran muy grandes. La globalización nos había acercado y, en cierto sentido, en los dos puntos del planeta se estaban viviendo fenómenos similares. Sin embargo, con el tiempo fue descubriendo que, en el fondo, veníamos de mundos muy distintos. Lo que Manel Ollé llama el “mobiliario mental” de los chinos es muy distinto al nuestro, desde los referentes culturales hasta la educación que hemos recibido, pasando por nuestra actitud ante la vida o nuestros valores.

Mi gran amigo Rafael Caro, que también estuvo en la universidad de Pekín estudiando dos años, me comentaba los problemas que había tenido a la hora de estudiar el erhu (instrumento tradicional chino): después de cierto tiempo, su técnica era perfecta y sabía tocar todas las notas al ritmo correcto, pero la profesora no le dejaba de repetir que “no sonaba a chino”. Había algo allí, la forma de entender la vida, de expresar las emociones, que delataba su procedencia española. Los chinos son muy chinos y siempre lo serán, y no conviene olvidar esto a la hora de hacer cálculos sobre el futuro del país. Será un futuro a su medida.

De estos nueve años en la universidad, me quedo con los pocos pero brillantes profesores que encontré en la Faculta de Periodismo, que supieron llenar de dudas, sembrar ilusión y abrir caminos a sus estudiantes. Mi impresión es que los universitarios españoles son capaces de casi todo, pero que las universidades no están a su altura. Me quedo con todas las posibilidades de becas e intercambios en el extranjero (bendita globalización), que me permitieron estudiar en el extranjero, abrir el mapa del mundo y conocer a un montón de personas que cambiaron mi visión de la vida. Me quedo con los pioneros en España de los Estudios de Asia Oriental, empeñados contra viento y marea en acercar esta parte del mundo a la sociedad española. Y me quedo con China y sus gentes, que me invitaron a sus casas y me hicieron no sólo descubrir su país, sino también conocerme a mí mismo.

Boda china (II): ceremonia occidental

[Antes de esto: Boda China (I): ceremonia tradicional]

Después de la parte tradicional de la boda, los novios y los invitados nos deplazamos hasta un hotel, que es donde se llevó a cabo esta parte de la ceremonia y donde comimos. Este ritual no tiene ninguna validez legal (los papeles ya los tenían arreglados desde hacía dos años) y se parece en cierto sentido a las ceremonias occidentales: la novia va de blanco y el novio de traje y corbata.

La ceremonia está dirigida por un joven contratado por la empresa que ha organizado la boda, una especie de showman que parece sacado de Operación Triunfo. Durante el ritual se mezclan canciones chinas y occidentales, el showman les desea la mayor de las felices más de diez veces, se encienden unas velas que forman un corazón, se lanza confeti y se monta una montaña con copas de vino. Para un occidental, la celebración está llena de estos elementos un tanto horteras, muy kitsch.

El hombre del fondo es el maestro de ceremonias, el showman

El showman aprovecha el momento para presentar un poco la historia de los novios y de como se conocieron. Frente a todos los invitados, un amigo por parte de cada uno de ellos dice unas palabras, así como el hermano mayor del novio. La ceremonia es un poco caótica, porque se hacen muchas cosas y sin una lógica aparente. Todo el mundo les desea la mayor de las felicidades, una larga vida juntos, se habla de lo buenas personas que son… El novio también tiene la oportunidad de decir que la primera vez que vio a Zhaochuan “ya sabía que era la mujer con la que quería pasar el resto de su vida”… Poco después, por supuesto, se intercambian los anillos (con rodilla al suelo incluida).

Pero la parte más emotiva de toda la boda llegó con la aparición en el escenario de los padres. Para escenificar la unión de las dos familias, los padres de él y de ella se sentaron frente a los novios, que les dedicaron unas palabras y les ofrecieron té para reconfortarles. Ella ofreció el té a los padres de él y viceversa. Fue muy emotivo porque, cuando el novio dijo unas palabras, lo hizo con lágrimas en los ojos y llamando a sus suegros de papá y mamá: “En su familia sólo han tenido dos hijas, pero a partir hoy yo me convierto en su hijo. Y pueden estar seguros de que voy a cuidar mucho de su hija”. Como os podéis imaginar, las lágrimas se contagieron con facilidad entre los padres, el novio y la novia.

Otra cosa que es interesante decir es que las bodas chinas en general suelen ser bastante informales y la gente no se arregla demasiado. Esto es diferente en familias que tienen mucho dinero y ganas de demostrarlo, pero en general, como podéis ver por las fotos, casi nadie va de traje y corbata y luciendo palmito. Se monta mucho follón, se bebe mucho, se fuma en todos lados…

Los invitados contemplan la boda

Después de esta ceremonia, que culmina con los novios caminando por la alfombra roja bajo la típica música occidental matrimonial, comienza el banquete. Una de las cosas que me sorprendió es que la mayoría de los invitados estaba en salas privadas de diez o quince personas. Durante la comida, cada uno se va a la mesa que le han dispuesto, de tal forma que es muy difícil que veas a los novios o al resto de invitados (que están en otra sala con sus padres y otros familiares cercanos).

Por cierto, que tras la ceremonia y antes de la comida, los novios se cambian por tercera vez de traje:

Respecto a la comida, pocas novedades en comparación con cualquier otra comilona en China. Mesas redondas, montones de platos para compartir, platos dulces mezclados con picantes, una gran variedad donde elegir… Como siempre, se comienza con los platos fríos y se acaba con los calientes.

El momento en el que uno ve a los novios durante la comida es cuando se pasan por tu sala para brindar. Esto es algo fundamental para la pareja, que tiene que ir mesa por mesa saludando a los comensales y tomándose un poquito de baijiu (el famoso licor blanco de arroz). El padre del novio también tuvo que ir brindado mesa por mesa, aunque debido a su edad sólo hacía un simulacro.

Y así, de repente, a las dos de la tarde, se acabó el gran día. De un momento a otro se pasó del alboroto al silencio. Los platos comenzaron a desaparecer y las señoras de la limpieza a hacer su trabajo. Al parecer, a las dos de la tarde la gente tenía que volver a trabajar. Es lo que tiene hacer la boda un viernes, aunque fuera el día más propicio según el horóscopo y la fecha de nacimiento de los novios.

Boda China (I): ceremonia tradicional

En un país tan grande como China, ya os podéis imaginar que las bodas varían mucho de una región a otra y de una familia a otra. En mi caso tuve la suerte de asistir a la boda de dos buenos amigos, An Guoyuan (él) y Zhaochuan (ella), en el pequeño y precioso pueblo de Wugang (provincia de Henan).

Tanto An Guoyuan como Zhaochuan decidieron celebrar su boda al estilo tradicional. No es algo frecuente en China, donde, sobre todo en las grandes ciudades, el estilo occidental se ha impuesto a la hora de hacer oficial el matrimonio. En Pekín, Shanghai o Guangzhou, casi todas las parejas visten el traje occidental, se han olvidado de la mayoría de rituales tradicionales y pasean por la alfombra roja bajo la tradicional música occidental de matrimonio. Muchos, aunque no sean cristianos, acuden frente a las iglesias de su ciudad para sacarse una foto que les recuerde a las bodas de Hollywood.

Antes de meternos de lleno con la ceremonia, conviene decir que Guoyuan y Zhaochuan ya estaban casados. Se conocieron en septiembre de 2005, se sacaron las primeras fotos vestidos de novios en julio de 2006 y obtuvieron la licencia de matrimonio (结婚证) en el verano de 2007. Es algo que hoy en día hacen muchas parejas chinas: primero acuden al juzgado y se casan y unos años después hacen la gran ceremonia. En su caso, el gran día fue el viernes cuatro de septiembre de 2009, que siguiendo la tradición china y de acuerdo a sus fechas de nacimiento y horóscopos, se presentaba como un día propicio para su matrimonio.

Sus certificados de matrimonio

Desde antes de las siete de la mañana, los novios y sus familias comienzan a prepararse para la celebración del gran día. Ella, que es originaria de Hanzhong (provincia de Shaanxi), se encuentra en un hotel con algunas amigas esperando su llegada; él agasaja con frutas, dulces, tabaco y bebidas a todo el que pasa por su casa.

El novio se pone su traje tradicional, que imita el estilo de la dinastía Song, con el bajo amarillo, sombrero azul y dragones como decoración. Antes de bajar a la calle, familiares y amigos despejan el camino con petardos, como forma de espantar a los malos espíritus y augurio de felicidad.

Ya debajo de su casa, le espera un grupo de músicos que entonan canciones tradicionales, el frente de la comitiva (compuesto por seis personas de amarillo que portan carteles de yingqin -迎亲-), un vehículo para la ocasión que lanzará petardos por todo el pueblo y un caballo que le tiene que llevar hasta la habitación de su futura mujer.

Un coche especial sólo para lanzar petardos

Frente a la casa, se ha montado tal revuelo que todos los vecinos se concentran allí para ver al novio. Aquí le espera también el vehículo en el que se deberá instalar la novia, un clásico de las bodas tradicionales chinas llamado huajiao -花轿-. Toda la ceremonia está coordinada por un joven de la empresa encargada de montar la boda, que se mueve entre el novio, los familiares y amigos dando instrucciones.

El famoso carruaje en el que va la novia

Después de salir de casa del novio y de organizarnos un poco, la comitiva se pone en marcha hasta llegar al hotel donde se encuentra la novia. Tradicionalmente el novio debe ir a casa de la novia para buscarla, pero como ella no es originaria de Wugang, se ha optado por la opción del hotel. A lo largo de la media hora de trayecto, con algunos pocos invitados siguiendo la comitiva y mucha expectación por las calles del pueblo, el novio y resto de organizadores lanzan caramelos a la gente.

Una vez frente a la puerta de la habitación de la novia, comienza una de las partes más divertidas de la ceremonia. Las acompañantes de Zhaochuan tienen el objetivo de ponerle las cosas difíciles al novio e impedir que entre, así que para eso le piden hacer determinadas pruebas. Primero el novio grita y pide que le dejen entrar; ellas se niegan. El novio les da un sobre (los famosos hongbao), una especie de soborno y muestra de que con él llega el dinero. Los acompañantes del novio gritamos el nombre de la novia desde el pasillo, iluminado sólo con unas pocas velas, intentando convencer a las acompañantes de la novia para que nos dejen entrar. No hay manera.

Al poco rato, las acompañantes piden al novio que cante una canción, y este se lanza con La luna muestra mi corazón (月亮表示我的心). Parece ser que su actuación las ha convencido, ya que éstas abren la puerta y finalmente el novio puede entrar en la habitación. Allí le está esperando su novia, vestida también con el vestido tradicional rojo chino y con un velo que le cubre el rostro.

Las acompañantes le piden al novio que levante el velo y compruebe que es ella y no le han engañado con otra mujer; no hay error. A los pocos segundos, otra prueba espera al futuro marido. La novia no tiene los zapatos puestos, así que hay que buscarlos por toda la habitación. La comitiva se pone manos a la obra y se encuentran rápidamente, recibiendo cada uno de ellos otro hongbao con unos pocos yuanes dentro.

Las acompañantes ayudan a la novia a ponerse los zapatos y la comitiva se dirige hacia la calle. La novia sigue llevando el velo puesto, con lo que no ve casi nada de lo que pasa a su alrededor. La música sigue sonando mientras el novio guía a su pareja con una tela roja por la que ambos van unidos.

Una vez abajo, Zhaochuan se instala en el carricoche y la comitiva se vuelve a poner en marcha, de vuelta a la casa del novio. Por el camino, más de lo mismo: petardos, confeti, caramelos. El novio sigue en el caballo y la novia en su carruaje.

Al llegar a la casa del novio, allí están esperandoles sus padres. Esta es la culminación de todo lo que hemos visto antes: la entrada en la familia de la novia. En la tradición china, la mujer es siempre la que abandona su familia para entrar a formar parte de la familia de su marido. Frente a los padres de él, ambos les muestran su respeto inclinándose ante ellos: el jefe de ceremonias culmina la unión deseándoles un matrimonio lleno de felicidad.

Después de esta breve ceremonia, en una casa adornada para la ocasión con globos y carteles de “felicidad” (el carácter xi, 囍, doble felicidad, que también se encuentra en el velo de la novia), los dos entran en la habitación conyugal, en la que de hecho ya llevan viviendo juntos más de un año. Ésta también ha sido preparada para la ocasión, con sábanas y cortinas nuevas, todo en color rojo.

Allí la novia se sienta, el marido le quita definitivamente el velo y comienza otra sesión de rituales. El primero de todos, y sin duda el más gracioso, es organizado por uno de los amigos de la pareja. La novia tiene que hacer pasar un huevo (con peligro de que se rompa) desde una pierna del pantalón hasta la otra, pasando, evidentemente, por las partes nobles de su pareja. El huevo simboliza la fertilidad y la consecución de esta prueba, para la que la novia necesitó por lo menos diez minutos.

A continuación, el novio le da de comer a ella una pasta (miantiao -面条-), también como símbolo de buen augurio y fertilidad. Ella repite la misma operación. Después de eso, un pequeño recipiente llega con agua, la cual utilizan los novios para lavarse la cara como símbolo de limpieza y renovación antes de entrar en el matrimonio.

Los rituales se han acabado y ahora llega la hora de las fotografías. Desde invitados hasta familiares, todos aprovechamos el momento para sacarnos fotos con la pareja. Será el único momento de toda la ceremonia en el que vistan el traje tradicional chino. Después de esto, los invitados y la pareja se preparan para el siguiente paso: cambio de traje, ceremonia en el hotel y banquete.

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